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TORQUEMADA: El gran inquisidor

El Mundo, 26 de octubre de 1997

Fue un producto típico de la endiablada sociedad española de la segunda mitad del s. XV. El inquisidor entorpeció la vida intelectual española de forma trágica. Nunca se arrepintió de quemar herejes ni de expulsar judíos. Su tumba fue profanada durante la Guerra de la Independencia.

TORQUEMADA: El gran inquisidorTomás de Torquemada entra en la Historia por haber sido el primer Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio y el que puso a la firma de los Reyes Católicos el decreto de expulsión de los judíos, pero no sabemos bien quién fue. Las referencias sobre su vida provienen de la crónica de los dominicos que Fray Juan de la Cruz escribió en 1567 y cuya credibilidad es limitada. Como a casi toda persona conocida del siglo XV, se le atribuye linaje judaico pero no sabemos si el regidor Don Pedro Fernández de Torquemada o su señora Doña Mencía Ortega, sus padres, eran cristianos nuevos. Hay tanto empeño en afirmarlo hoy como en borrarlo ayer. Y de linaje converso encontramos personajes con tanta variedad de conductas como en el resto de la sociedad española de la época. El origen no hace la trayectoria.

Torquemada, hombre de religión más que fe, es en realidad un producto típico de la endiablada sociedad española de la segunda mitad del siglo XV. Pero por muy decidido que fuese, nunca resultó decisivo, aunque a veces pareciera decisorio. Desde el nacimiento, en 1420, hasta la muerte en el convento abulense de Santo Tomás, en 1498 -otro aniversario para el zurrón noventayochista: quinientos años de la muerte de Torquemada-, su vida se parece a la de muchos hombres de aquella Castilla con tanta fuerza en su gente como indefinición en sus caminos. Isabel la Católica es el imán de los cambios y realizaciones trascendentales de ese final del Cuatrocientos y no es casualidad que Torquemada sea uno de los tres confesores importantes de su vida: un dominico, un jerónimo y un franciscano; el duro Torquemada, el santo Talavera, el severo Cisneros. Para llegar al nivel de Cisneros le faltaba a Torquemada categoría intelecutal -sólo era bachiller en Teología, mientras don Francisco Jiménez era amigo de Nebrija y trató de fichar a Erasmo para su Universidad Complutense-, pero le sobraban, como al futuro cardenal regente, ambición, seguridad en sí mismo y una austeridad que rondaba el exhibicionismo. Más que una ética, el rigor de esta minoría de la iglesia castellana, reformista antes del protestantismo, era casi una estética. Torquemada representaba una línea dura con respecto a los conversos sospechosos de judaizar -es decir, de mezclar la fe de Moisés con la de Cristo mediante dobles ritos o síntesis heréticas-, mietnras Talavera representaba la línea moderada, tradicional y mayoritaria en el alto clero, la naciente burguesía ciudadana y la nobleza. Fueron los disturbios creados a propósito de los conversos los que hicieron cambiar lentamente y siempre detrás de los acontecimientos esta política. Y fue Fernando, de linaje converso por su madre, Juana Enríquez, el que más decididamente encabezó el movimiento cuando lo consideró irreversible, aunque para ello tuviera que recurrir al Papa -que detestaba- y al antiguo confesor de su esposa, amén de pelearse con todo el reino de Aragón.

Cuerpo doctrinal no posee Torquemada, ni tampoco encabeza una facción política. Es la expresión de una conyuntura histórica, casi siempre mal entendida o manipulada, y cuya explicación sigue resultando difícil. Se podría resumir diciendo que el proyecto de los Reyes Católicos para acabar con los enfrentamientos de la aristocracia e incorporar clérigos y laicos sin títulos ni riquezas a la alta administración tropieza con el problema de los conversos, instalados en la cúspide social. Estos cristianos nuevos provocan o sufren feroces campañas a propósito del Poder que tienen, no por su fe, pero sí con la fe, ligada a un nebuloso racismo, como elemento de conflicto. Lo que lleva al establecimiento de la Inquisición es, pues, el problema de los conversos y no, como suele decirse, el de los judíos, que eran poco más de cien mil, marginales desde el punto de vista social y bastante respetados por su fidelidad religiosa tras las grandes conversiones de épocas anteriores. En realidad, sólo había un grupo que odiaba más a los conversos que los cristianos viejos, y éste era precisamente el de los judíos, que los consideraba traidores a su fe y a su raza. En ambos casos el odio era muy popular y entre la plebe católica asociaba imputaciones de crímenes rituales, como el inventado del Niño de La Guardia, con la usura y los impuestos. Pero ese odio estaba groseramente manipulado por gente sin escrúpulos que lo utilizaba en sus intrigas políticas y quizá por eso nunca fue considerado legítimo entre los grupos dirigentes ilustrados, incluidos muchos religiosos.

Sin embargo, la existencia de conspiraciones políticas en las que se mezclaban prácticas rituales judaizantes o heréticas, así como los conflictos cada vez mayores entre cristianos viejos y nuevos, decidieron a los reyes a pedir al Papa la creación de una Inquisición nueva, ya que la tradicional era absolutamente ineficaz por su propensión al soborno. No era en su origen una forma de persecución racial -en España la mezcla racial es tan grande como antigua- sino religiosa y antiherética. Cuando Sixto IV concedió la bula de rigor y nombró los dos primeros inquisidores, a los que sucedió Torquemada al año siguiente, ya como Inquisidor General a propuesta de la corona, la máquina en marcha tenía tres objetivos: luchar contra la herejía, pacificar los grupos sociales y facilitar a los reyes un mecanismo que les permitiera unificar su acción de Aragón y Castilla mediante el instrumento que más los ligaba y que menos discutían: la religión católica.

La aportación de Torquemada consistió en convertir lo que era un proyecto político para la religión en un proyeco religioso para la política. Si esa mutación se hubiera previsto, seguramente la nueva Inquisición no habría nacido. Pero cuando se puso en marcha, no hubo forma de detenerla. Los 10 años de torquemadismo, desde el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio hasta la orden de expulsión de los judíos en 1492, escrita seguramente por el propio Fray Tomás, muestran la evolución del problema de los conversos bajo la actividad inquisidora. Ambos hechos están pensados para preservar la pureza de la fe y asegurar la posición social de los cristianos nuevos, pero desembocan en 3.000 ejecuciones mediante la hoguera y un número varias veces superior de encarcelamientos, confiscaciones, torturas y degradaciones públicas. Torquemada, detrás de la Corona, es quien siembra el terror.

El establecimiento de Torquemada como Inquisidor General, fácil en Castilla, fue dificultosísimo en Aragón. Los catalanes aceptaron la Inquisición a regañadientes, pero pidieron que fueran ellos los que nombraran al Inquisidor. Fernando no quiso. Los aragoneses fueron más lejos y Teruel llegó a alzarse en armas contra el Santo Oficio, caso primero y último. Los turolenses cerraron las puertas de la ciudad a los inquisidores que venían de Zaragoza; el Rey pidió que los funcionarios aragoneses acudiesen armados a proteger la entrada de los inquisidores. No lo consiguió y tuvo que recurrir a tropas de Castilla para que tomaran la ciudad. Pero la caída de Teruel desesperó y radicalizó a conversos, a judíos y a muchos cristianos viejos que veían que la Inquisición acababa con sus fueros y libertades. Empezaron las conjuras en Zaragoza y una desembocó en el asesinato del inquisidor Pedro de Arbués. La represión fue rápida y feroz. Torquemada empezó a llevar una escolta de hasta doscientas lanzas y a tener siempre en su mesa un cuerno de rinoceronte, para prevenir envenenamientos. Los judíos, al principio, colaboraron con él como delatores de los despreciados conversos. Sólo cuando ya era tarde se dieron cuenta de que iban a ser víctimas de un sistema que no sólo eliminaba a los que no terminaban de ser ni judíos ni cristianos sino que imponía por la fuerza la existencia de una sola fe. La obligación no terminó con la devoción pero sí con la libertad de conciencia. La Inquisición española, creada en todos sus detalles por Torquemada, provocó muchas menos víctimas que otros tribunales europeos similares.

Eso es indudable, pese a todas las leyendas negras acumuladas. También es cierto que los católicos franceses mataron más protestantes en una sola noche, la de San Bartolomé, que el Santo Oficio en tres siglos y que los alemanes quemaron más brujas en un año que la Inquisición en toda su historia. Pero la máquina de intolerancia, sospecha, terror y delación accionada por Torquemada entorpeció la vida intelectual española de forma trágica. Duró más en la memoria que en el tiempo. Nos marcó. Torquemada no murió arrepentido ni de quemar herejes ni de expulsar judíos, como se ha dicho, pero sí viejo, paranoico, avariento y miserable Tras lograr la expulsión de los judíos, perdió la salud y volvió a Avila. Negó su hacienda al convento de San Pablo y tuvo que desenterrar a sus padres para llevárselos a Santo Tomás. Consiguió del Papa Alejandro VI una bula para que allí rigieran estatutos de limpieza de sangre y pasó sus últimos años rapaceando fondos para la que fue su tumba. Durante la guerra de la Independencia ésta fue profanada y aventadas sus cenizas. No se averiguó la identidad de los autores del hecho. Demasiados sospechosos.

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