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ROSA CHACEL: El siglo XX, en escritora

El Mundo, 30 de noviembre de 1997

Su vocación primera y última fue la Estética como materia, pasión y religión. Se exilió en Brasil, donde prosiguió su ambiciosa obra. En los años 70 comenzó su reconocimiento oficial en España. Murió sin que la tribu literaria soportara su ancianidad altiva.

ROSA CHACEL: El siglo XX, en escritora«Empiezo por confesar mi orgullo más pueril, el de haber nacido en el 98». Estas son las primeras palabras de una de las mejores novelas españolas del siglo, Desde el amanecer, que continúa: «La fecha es suficientemente señalada para que sea necesario explicarlo. Por aquel entonces unos cuantos españoles pensaban, hablaban, escribían, luchaban; otros, engendraban criaturas que tenían sentido y misión de compensaciones. Ya se ha señalado que en ese año fueron muchos los trabajadores que nacieron en España: todos con más méritos que yo: ninguno con más ganas -ganas, entiéndase bien, de acudir-. Así, pues, nacía en Valladolid ese año, día de Santa Clotilde, por eso es el segundo de mis cuatro nombres: Rosa, Clotilde, Cecilia, María del Carmen». Hará, pues, un siglo del nacimiento de Rosa Chacel en 1998. Y este siglo lo pasó casi entero entre nosotros, aunque la mitad, de grado o por fuerza, lejos del territorio español, que no de España. Pocas escritoras han cumplido tan cabalmente el dicho de Ortega: «Nada moderno y muy siglo XX», pero uno de los desastres de tan preclara hija del Desastre ha sido el que no se haya entendido su obra precisamente así. Ahí ha quedado, dura y solitaria, como piedra sobre piedra en mitad de la tierra de Castilla.

Desde el amanecer (1972), autobiografía de sus primeros diez años -que había sido preludiada por su primera obra redonda, Memorias de Leticia Valle (1945) y proseguida por Barrio de Maravillas (1976) -rememora la vida de la niña que siempre fue Rosa Chacel. En un ambiente familiar cargado de lecturas y vacío de medios, con una madre que, por la salud frágil y caprichosa de su hija, fue su maestra y un padre que no colmó el hueco que su hija le guardaba, anadea una criatura que se entera a la vez de lo que piensa y de lo que siente. Padece esa enfermedad de la memoria que convierte en predicción lo sucedido y a certidumbre tan equívoca la llama recuerdo. Ese afán de dar por sabidas todas las cosas le acompañará siempre, en su vida y en su obra, pero la fatalidad como forma de luchar contra el tiempo funciona sólo en Literatura. En la vida no da más que disgustos.

La vocación primera y última de Rosa Chacel fueron las Formas, la Estética como materia, pasión y religión. Estudió Escultura en la Escuela de Bellas Artes porque quizás las tres dimensiones de lo físico le acercaban más al espejismo de la Belleza. Allí conoció a Timoteo Pérez Rubio, con quien se casó en 1922 y tuvo un único hijo: Carlos, con quien guardó relación más estrecha, más difícil y más larga -hasta el final- que con el propio padre.

«Timo», como le llamaban todos, era hombre veraz, seco, austero y pintor notable. Es también acreedor a la gratitud de todos los españoles como responsable de la evacuación de los cuadros del Museo del Prado durante la Guerra Civil, primero de Madrid a Valencia, y luego de Cataluña a Francia y Suiza, en medio de grandes dificultades y con una probidad sin límites. Baste decir que cuando Timoteo Pérez Rubio terminó de dejar a salvo las obras maestras de Velázquez o de Goya, centenares de cuadros de valor incalculable, todo lo que le quedó en el bolsillo fue un par de francos.

Pero antes de la guerra, e incluso antes de la República, Rosa y Timo vivieron los primeros años de su unión en Roma, gracias a una beca de estudios de Timoteo, que iba poco a poco ganando nombre y prestigio. Mientras, la literatura iba ganándole terreno dentro de Rosa a la escultura. Sobre todo tras la lectura del Retrato del artista adolescente, de James Joyce, única influencia confesada y fructífera. Sin embargo, su obra primera, Estación. Ida y Vuelta, quedó un tanto apenumbrada por situarse en la estela de Ortega y Gasset, errático emperador estético y acuñador de la fórmula huera y contraproducente de La deshumanización del Arte. Decía Ortega que la novela de Rosa era plasmación de sus ideas estéticas. Castigo duradero. A cambio, le encargó Teresa -biografía de la célebre amante de Espronceda- para una colección inteligentemente pergeñada y que produjo un libro, curioso entre los de su autora, que sólo vio la luz en 1941 y en Buenos Aires. Miguel Altolaguirre le publicó en la colección Héroe, la mejor de entonces, su libro de sonetos A la orilla de un pozo, huella de sus amistades en 1936: Concha de Albornoz, Cernuda, Alberti... El prólogo es de Juan Ramón Jiménez. Por padrinos no quedaba. Pero la guerra acabó con todo.

En julio del 36, Timoteo se alista voluntario mientras Rosa, con Carlos aún muy pequeño, la pasa casi toda en Francia, descontando una temporada en Grecia, con Concha de Albornoz, en casa de Nikos Kazantzakis, luego célebre autor de Zorba el Griego y La última tentación de Cristo. En sus diarios y en el libro Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín, Rosa Chacel evoca brevemente, con una mezcla de verg|enza y alegría salvaje, nietzscheana, haciendo casi ostentación de lo que calla, esa estadía en el espacio más hermoso durante el tiempo más horrible. Su relación con Timoteo aparece siempre bajo un mismo aspecto de respeto y lejanía, de formal adhesión y fatal desviación; antes, durante y después de la guerra.

Se exilia en un lugar aislado del exilio mismo: Brasil, con un paréntesis en Buenos Aires para que Carlos no perdiese el idioma español. Allí, Timoteo se gana la vida para todos haciendo retratos y Rosa afronta el reto de una obra ambiciosísima, para la que se siente a la vez sobrada de fuerza y mermada de falcultades. Tan narcisista como cruel, se ve demasiado pobre, gorda -comió y bebió siempre con apetito feroz-, mal vestida, sin amigos ni relaciones sociales, incapaz de hacer todo lo que quiere, literaria y vitalmente. Pero a la vez se muestra inteligente, segura de sí misma, altiva hasta la exasperación, sincera hasta hacer daño, autosuficiente... en suma, insoportable. Los dos volúmenes de su diario Alcancía, titulados también Ida y Vuelta (1982)> desgranan con dureza descarnada, sin precedentes en España, este desvivirse infernalmente doméstico.

En 1960 publica en Buenos Aires La Sinrazón, para algunos su novela más importante, para otros sólo la más orteguiana, trabajada y trabajosa de las suyas. Julián Marías le dedicó atención y elogio en la España franquista. Pero 15 años antes, en Memorias de Leticia Valle, había ya dado pruebas de una categoría literaria que se bastaba a sí misma, aunque poco popular. En los años 70, con la Transición política, comienza su recuperación. La generación de los novísimos -Gimferrer, Ana María Moix- la descubre y reivindica. Publica un ensayo -La Confesión (1970)- sobre la diferencia entre confesiones y memorias a la sombra de la Culpa. Kierkegaard, San Agustín, Unamuno, Cervantes y Galdós son sus referentes, biblioteca de lecturas fijas, aunque lo que nunca dejó de leer fueron novelas policiacas. Al año siguiente sale Saturnal, sobre el sexo en la sociedad occidental, por decirlo marcusianamente. Es algo más. Sobreviene un éxito de minorías. La crítica la adopta pero el público tardea. Publica los relatos de Sobre el piélago (1951) y Ofrenda a una virgen loca en un solo volumen: Icada, Nevda, Díada. Y en 1976 sale Barrio de Maravillas, que en cierto modo supone su consagración. Se abren las puertas al reconocimiento oficial, se pronostican todos los premios y honores. Pero comienza entonces, con 80 años y buena salud, la gran decepción. Le dan en 1986 el Premio Nacional de las Letras, pero antes la Academia se le cierra. Peor: prefiere a Carmen Conde. El Cervantes tampoco llegó a alcanzarlo. Y lo más grave, lo que amargó sus últimos días: el ministro de Cultura, Javier Solana, le había prometido el oro y el moro si volvía definitivamente a España con su hijo Carlos, ingeniero, y su nuera Yamilla. Vuelve y llegan los tres, pero de lo dicho no hay nada. Anuncia que se vuelve a Brasil. Escándalo. Valladolid la reclama como hija ilustre, le concede una pensión y promete trabajo a su hijo. Muerta la madre, los políticos de turno traicionan todas las promesas. Preocupada por el dinero y por el futuro de los suyos, Rosa escribe los guiones para RVE de una serie basada en su novela Teresa. Pero la serie, ya aprobada, se queda sin filmar.

En 1984 publica Acrópolis -evocación narrativa de la Residencia de Estudiantes- y, por fin, casi a empujones Ciencias Naturales, que cierra el ciclo de Barrio de Maravillas. Previamente, Los Titulos y Novelas antes de tiempo muestran la trastienda de un trabajo implacable. Aparecen también sus artículos en Rebañaduras y hasta un libro de cuentos infantiles, con el Asno -de Balaam, de Buridán, de Juan Ramón- en portada. Soledad. Penuria. Al cruzar la raya de los 90 empieza a flaquear su salud, no su espíritu. Se queda con Carlos, Yamilia y los amigos fijos: Clara Janés, Alberto Porlan, Maya Altolaguirre, pocos más, La tribu literaria no soportaba la ancianidad altiva de una mujer que lo pretendía todo y no sabía pedir nada. Murió en Madrid, un día de calor y nubes, y fue enterrada en Valladolid, bajo un cielo perfecto.

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