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MANUEL MACHADO: El hermano poeta

El Mundo, 7 de diciembre de 1997

Tenía la gracia del Modernismo pasado por Triana. Fue mejor estudiante que Antonio y tuvo más éxito de público; ambos fueron borrachos, mujeriegos y trasnochadores. Demostró un conocimiento profundo de los metros cortos, de la copla popular y del desplante estético. Trabajó de bibliotecario.

MANUEL MACHADO: El hermano poetaMientras vivieron, Manuel fue siempre «el mayor de los Machado». Muerto el menor, se convirtió en «el hermano de Antonio», pena pequeña comparada con la de su mala muerte en Colliure. Cuando el culto a San Antono Machado alcanzó límites grotescos, con Alfonso Guerra de Sumo Sacerdote, Borges, que los había conocido a los dos en sus años mozos, respondió así en Barajas a la pregunta de un plumífero oficioso: «¿Dice usted Antonio Machado? ¡No sabía que Manuel tenía un hermano!». El desdén hacia la poesía de Manuel en nombre de la de Antonio, aún vigente, es propio de facinerosos del espíritu, analfabetos en poesía y desalmados en política, indiferentes a la tragedia real y simbólica de estos dos hermanos separados, nunca enfrentados, por la Guerra Civil.

No hay en toda la historia de la poesía en lengua española un caso de calidad tan soberbia y distinta bajo el mismo apellido. Ni ayer, con los Argensola, ni hoy, con los Panero, ha llegado nadie -nadies- al nivel que alcanzan Manuel y Antonio al publicar, con unos meses de diferencia, que son los que se llevaban en edad, Alma y Soledades. El primero, arrasó. El segundo, anonadó. El de Manuel tenía la gracia del Modernismo pasado por Triana, la hondura del flamenco con dejes de Verlaine. Antonio salía también del modernismo tal y como lo recreó Rubén Darío, pero se adentraba en una nota grave, tan sencilla y profunda como no se veía desde Jorge Manrique o Fray Luis de León. Tuvo más éxito de público Manuel, aunque en el de crítica le superase Antonio, pero ambos ganaron de golpe crédito de poetas grandes, en estilos no siempre distintos. Hay poemas en los que no se adivina el autor.

Manuel nació en 1874, en Sevilla, hijo del folclorista más acreditado de su tiempo: Antonio Machado y Alvarez, que firmaba como Demófilo sus recopilaciones de coplas y cantares. El padre no les vivió muchos años; la madre era un tanto manirrota, así que los seis hermanos -Manuel, Antonio, José, Joaquín, Francisco y Cipriana- estuvieron bajo la jurisdicción económica del abuelo, don Antonio Machado Núñez, catedrático y, lo que resultaba más nutritivo, casado con una rentista. De aquella renta, no precisamente babilónica, tiraba la parentela cuando no llegaba a fin de mes, que era casi todos los meses. El abuelo consiguió la cátedra de la Universidad de Madrid, la familia marchó tras él y Demófilo consiguió un puesto casi milagroso, como catedrático de folclor. Sus padrinos fueron Manuel Bartolomé Cossío y Francisco Giner de los Ríos, apóstoles de la Institución Libre de Enseñanza. Allí estudiaron los tres hermanos mayores, que le guardaron siempre devoción.

El mejor estudiante fue Manuel, enfermo de literatura. Antonio, víctima del mismo mal, no llegó a entrar en la Universidad. Llevaban muy mal camino los dos hermanos: borrachos, mujeriegos, trasnochadores y, encima, poetas. Verlaine, Baudelaire y los simbolistas franceses les llegaban destilados por Rubén Darío, el nicaragüense genial que alumbró una nueva época de oro en la poesía española. Pero el material humano no podía ser mejor. Manuel, siempre precoz, se apresuró a publicar en compañía de Enrique Paradas, un par de libros a dúo: Tristes y Alegres, en 1894, y Versos, un año después. Luego se metió en un lío de faldas y la familia lo devolvió a Sevilla, donde pasó un año a la vera de Bombita y otros toreros asiduos del Café de Silverio Franconetti.

Volvió a Madrid, se sentó en la tertulia de Fornos y en 1899 marchó a París, viaje iniciático y decisivo. Allí, a la sombra de Verlaine, disfrutó de la amistad, del coñac Carlos Martel y de la absenta generosa del gran Rubén Darío, con Amado Nervo o el prestigioso golfante modernista Gómez Carrillo, que vivía con la cantante Raquel Meller. Diversos artículos sobre «la moderna estética» acompañan su vuelta a la patria. Por fin, en 1902, publica Alma. Y sale a hombros.

Convertido en escritor y personaje de fama, durante siete años anda dando tumbos eróticos y estéticos por España y el extranjero, mayormente París. Publica casi anualmente. Caprichos, La fiesta Nacional. Rojo y Negro, Alma, Museo, Los Cantares -prologado por Unamuno- y El mal poema, para algunos el mejor libro y para otros sólo el mejor título. Se dibuja con nitidez un estilo entre Bécquer y Verlaine, entre Rubén y la soleá, con un conocimiento profundo de los metros cortos, de la copla popular y del desplante estético. Lo que cala en el público son hallazgos llenos de majeza popular, propia de quien decía haber aprendido a leer en el Romancero. Hace honor a su autorretrato: «Esta es mi cara y ésta es mi alma. Leed:  / Unos ojos de hastío y una boca de sed... / Lo demás... Nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe... / Calaveradas, amoríos... Nada grave. / Un poco de locura, un algo de poesía. / Una gota del vino de la melancolía...»

Nadie hasta él había intentado este quiebro: «Y mas que un buen poeta, mi deseo primero /  habría sido ser un buen banderillero». Tampoco semejante natural: «Mi voluntad se ha muerto una noche de luna / en que era muy hermoso no pensar ni querer... / Mi ideal es tenderme sin ilusión ninguna... / De cuando en cuando un beso y un nombre de mujer». Ni rematado con este volapié: «Que la vida se tome la pena de matarme / ya que yo no me tomo la pena de vivir». ¿Cómo no iba a rendirse el Respetable?

En 1910, conquistada la cima y a orillas del vértigo, sienta la cabeza. Se casa con Eulalia Cáceres, una prima conocida de siempre, algunos años mayor que él, que puso orden en su vida y le salvó de la gloria efímera de los cafés, de la sífilis y de la cirrosis. Al año siguiente, mientras se le critica por su «aburguesamiento», publica Apolo. Museo Pictórico, cuyos sonetos son, para su hermano Antonio, lo mejor desde Calderón. Bien es verdad que para Manuel, su hermano Antonio era no sólo el mejor poeta de España sino «tal vez de Europa». En 1912 Cante hondo tiene un éxito pasmoso: según la leyenda, vendió mil ejemplares el primer día. Ahí ha quedado la marca. Gana las oposiciones a bibliotecario, que acabarán instalándolo en el Museo Municipal de Madrid, del que fue su primer director. Pero antes prueba la novela, sin insistencia, y finalmente se consagra como crítico teatral del influyente periódico El Liberal. Publica Sevilla y otros poemas y de la crítica, generosa y sin baba, pasa a la creación teatral.

Con Antonio, forma la pareja de más éxito desde 1926, fecha de Julianillo Valcárcel, hasta 1932, La duquesa de Benamejí. Representan sus obras lo mejorcito del teatro nacional: en la dirección, Rivas Cherif; en los papeles, Margarita Xirgu, María Fernanda Ladrón de Guevara... Su obra más ambiciosa es Las Adelfas. La más popular, La Lola se va a los puertos, basada en una copla del propio Manuel. Gran banquete en el Ritz que preside el dictador Primo de Rivera, con su hijo José Antonio como orador. Anótese.

Llega la República y, al principio, Manuel se entusiasma casi tanto como su hermano. Hata compone un himno nacional republicano con música de Esplá. Pero en 1932, en del No es esto, no es esto, se muestra desengañado y se proclama liberal, «tan ajeno al fascismo como el comunismo». La radicalización política distancia a los hermanos. Tras La duquesa de Benamejí sólo consiguen terminar El hombre que murió en la guerra en 1936. ¡Terrible premonición! Se estrenará en 1941, cuando ese hombre puede llamarse Antonio. Manuel estaba en Burgos, de visita familiar, el 18 de julio, cuando estalló la guerra. Denunciado por un tal Daranas y detenido, lo salvaron algunas amistades literarias. Se adhiere a la causa nacional o franquista. En 1938 publica Horas de oro. Devocionario y entra en la Academia de la Lengua avalado por Pemán y Eugenio D´Ors.

A comienzos del 39 lee una mañana en el periódico que Antonio ha muerto. Consigue pasar a Francia y cuando llega al cementerio de Colliure, para darle el último adiós, se entera de que su madre ha muerto también. Allí, ante las tumbas de su madre y su hermano, Manuel Machado es la viva estampa de la catástrofe civil, de la guerra entre hermanos, de la desolación de España. Vuelve, al terminar la guerra, al Museo Municipal, cuya Biblioteca cuida con esmero. Publica su Opera Omnia y alguna antología. En 1944 se jubila y en 1947 muere en Madrid. Silencio. Olvido. Pequeño milagro: cincuenta años después, en un noviembre tormentoso, al cuidado de Andrés Amorós, el Ayuntamiento abre en su Museo la exposición: «Manuel Machado, poeta modernista». Sí: el que escribió: «Que la vida se tome la pena de matarme / ya que yo me tomo la pena de vivir». ¡Siempre la pena!

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