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RECAREDO: El primer rey católico

El Mundo, 28 de diciembre de 1997

Inició los catorce siglos de catolicismo oficial en España. Su hermano, el primogénito Hermenegildo, fue ejecutado por levantarse en armas contra su padre. A su merte, en el 601, la unificación territorial, política y religiosa era un hecho. Su sucesor, el joven Lieva, no alcanzó el año y medio de reinado.

RECAREDO: El primer rey católicoNo tendríamos belenes en Navidad si no fuéramos un país de hondísima tradición católica. No tendríamos más de 1.400 años de catolicismo oficial si en el año 589 no se hubiera celebrado el III Concilio de Toledo. Y no se habría celebrado ese concilio si dos años antes no se hubiera convertido al catolicismo el rey de España, Recaredo, hijo pequeño de Leovigildo y su sucesor en el 586, un año después de la ejecución en Tarragona del primogénito Hermenegildo, que se había alzado en armas contra su padre y había provocado una cruenta guerra civil de casi un lustro.

Pero al morir Leovigildo la antigua Hispania de los romanos había dado los pasos sustanciales para su reunificación visigoda. El reino suevo del noroeste había sido vencido y absorbido por el de Toledo. La rebelión de Hermenegildo en la Bética no había dejado secuelas. Los bizantinos del noreste habían quedado reducidos a una franja costera tras la conquista de la estratégica región de la Orospeda (con casi toda la Penibética, incluida Granada).

En cuanto a los pueblos también bárbaros del norte y el este, los francos, los borgoñones y los ostrogodos, el propio Recaredo los había combatido con éxito en vida de su padre.

Desde el punto de vista miliar, nadie antes ni después pudo comparase con Leovigildo en la larga lista de los reyes godos. Pero después del brillante militar, del victorioso estratega y del audaz reformador, llegaba la hora de las instituciones, de consolidar lo conquistado y reforzar lo asentado. La hora de Recaredo. En las monedas, Recaredo aparece con un perfir mucho menos elegante que el de Leovigildo y el de su hermano mayor Hermenegildo.

El padre parece de huesos largos, frente despejada, nariz larga y un punto aguileña, mentón y boca bien dibujados, aire todo de águila. A su lado, Hermenegildo, con un perfil similar pero más difuminado: un alcotán que quiso ser águila. Recaredo, en cambio, no tiene perfil de ave de presa, sino más bien de animal doméstico. Es chato, de nariz respingona, boca algo sumida y barbilla remangada. Parece apuntar una sonrisa de quemasdá y de estoesloquehay. La frente, más corta, abombada, no se adorna más que ritualmente con la banda guerrera que no sujeta los cabellos demasiado cortos sino que los acompaña con resignación.

Desde que heredó el trono, Recaredo continuó la tarea que había emprendido su padre y que tenía como fin la unificación o, por lo menos, la paulatina fusión de las dos etnias hispanas: la indígena romanizada y la germánica invasora, menos romanizada y de distinta confesión religiosa, aunque también cristiana: el arrianismo.

Hasta Leovigildo, estuvieron separadas incluso legalmente, con prohibición expresa del matrimonio, la mayoría hispanorromana y la minoría hispanogoda. Como su padre fracasó en la unificación religiosa en torno al arrianismo, tanto por las malas como por las buenas, Recaredo, después de convocar un concilio arriano en el 587 y de promover un acuerdo entre los obispos arrianos y los católicos, dio el paso decisivo bautizándose católico y proclamando el catolicismo religión de Estado en el III Concilio toledano, cuya máxima figura en lo religioso fue san Leandro, obispo de Sevilla que había respaldado la rebelión de Hermenegildo e Ingunda y que había resistido los ofrecimientos de Leovigildo para una fusión teológica entre arrianismo y catolicismo aceptando la divinidad de Cristo pero no la del Espíritu Santo. No cedieron los católicos y se rindieron los arrianos.

En ese concilio abjuraron expresamente el arrianismo y consagraron una especie de cesaropapismo que si, en un primer momento, trajo la paz y la promesa de una prosperidad tanto política como religiosa, años más tarde y bajo otros reyes supuso la corrupción tanto de la Iglesia como del Estado.

En toda la historia de España no hay mejor episodio que argumente en favor de la separación de la Iglesia y el Estado que los resultados del III Concilio de Toledo.

Pero eso no podían saberlo aún Leandro ni Recaredo, ni la mayoría de los nobles visigodos ni los grandes terratenientes hispanorromanos, que sólo veían el final de una división religiosa que constituía una base perfecta para interminables contiendas civiles.

Sin embargo, los elementos del compromiso eran de tanta confusión entre lo civil y lo religioso, entre lo espiritual o lo temporal que unos y otros podían haber adivinado que la cosa tenía que acabar mal. El rey podía convocar concilios, los nobles godos podían ser obispos, los obispos podían ejercer iniciativas judiciales en materia civil y así sucesivamente.

Lo que también quedó claro era que los judíos podían ser perseguidos en determinadas situaicones extremas. Eran los únicos que quedaban fuera del consenso y sólo porque eran el enemigo común monoteísta en materia religiosa de arrianos y católicos, hasta entonces a la greña por culpa de la Trinidad.

Pero en un primer momento, devueltas a los católicos las iglesias y rentas adjuntas que les había arrebatado Leovigildo, establecida la paz civil en lo religioso y viceversa, indiscutible la influencia del sevillano Leandro en la corte de Toledo, que parecía ya totalmente romana dentro de la moda bizantina, sólo una nube aparecía en el horizonte: la posible rebeldía de los arrianos irreductibles.

El cesaropapismo que mostraba Recaredo tenía otros obstáculos: judíos y paganos en lo religioso, incluyendo el priscilianismo residual en el territorio suevo recién incorporado; bizantinos y francos, en lo militar.

Pronto descargó la nube. El obispo Sunna de Mérida, con abundante respaldo civil, entre ellos el posible candidato al trono Segga, se alzó en armas. Recaredo los venció, los desterró a Africa y le cortó la mano a Segga, todo un signo que le imposibilitaba simbólicamente para reinar. Sus dos arietes contra la gran conspiración fueron el duque Claudio y el Obispo Masona.

El conjurado traidor fue Witerico, que pasó a las filas de Recaredo sin abandonar su condición ofidia. Luego se rebeló Godsuinda, viuda de Leovigildo y antes de Atanagildo, arriana que maltrató a Ingunda y luego animó a la rebelión a su marido Hermenegildo. Ahora animaba a los arrianos de Toledo, pero también fracasó y murió, no sabemos si como merecía tan gran intrigante.

También en Septimania se rebelaron algunos nobles arrianos con el apoyo exterior de Gontrán de Borgoña. Claudio los venció tras cruentos combates. Por último, Argimundo quiso también hacerse con el trono de Recaredo y se quedó sin cabellera y manco, según la reciente costumbre.

Más trabajo le llevó pastorear al episcopado católico, bastante pervertido no sólo por la incorporación de nobles visigodos, que fue escasa, sino por la capacidad de intriga que le conferían sus atribuciones civiles, amén de las luchas por rentas y bienes raíces. Ni el Papa ni el propio Leandro las tenían todas consigo con Recaredo.

Tampoco Recaredo se fiaba del Papa, del que sospechaba que podía estar en relaciones con los bizantinos. Finalmente, después de casi una década desde el III Concilio de Toledo y cuando ya llevaba otros seis y le quedaba uno más, el del 599, le escribió al Papa en tono simpático y filial. Era que unos y otros habían ido acercándose como los erizos: con muchísimo cuidado. En los últimos años de su reinado, firmó con el emperador bizantino Mauricio un pacto que puso fin a la lucha en torno a las presiones del litoral andaluz.

En diciembre del año 601 murió en Toledo el Rey. En ese momento, la unificación territorial, política y religiosa del reino era un hecho y la conciliación étnica un proyecto avanzado. Hubiera hecho falta una dinastía y unos obispos de categoría para consolidar la obra de Leovigildo y su hijo, pero el sucesor de Recaredo, el joven Liuva, no alcanzó el año y medio de reinado. El prototraidor Witerico, invocando la ley germánica y poseído del morbo gothorum, lo destronó, le cortó la mano y reanudó la nefasta tradición de la monarquía electiva. La Iglesia católica se portó mejor: el hermano de Leandro de Sevilla, san Isidoro -que, por cierto, eran de Cartagena- fue el hombre más brillante del siglo VII y dejó para la posteridad, dentro de su inmensa obra, el celebérrimo Laus Hispaniae. En él tenían cabida muchos reyes godos, pero ninguno mejor que Recaredo, acaso el más importante de nuestra Historia. Por lo menos, así debe parecérnoslo en Navidad.

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