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ARGANTONIO: El mito real

El Mundo, 11 de enero de 1998

Monarca centenario, gobernó sobre el reino de Tartesos. Se ofreció a ayudar a los foceos en su lucha contra los persas y a admitirles en su reino si eran vencidos. Anacronte lo pintó como símbolo de la felicidad terrestre. Rigió patriarcalmente los destinos de su pueblo.

ARGANTONIO: El mito realVivimos en un lugar de sol y sombra que los fenicios llamaron Ispania; los griegos, Hespería; otros pueblos, Opshixia; los cartagineses, Ibería; y finalmente los romanos, de vuelta a los orígenes fenicios, Hispania, con elegante H latina que no oculta su significado de tierra de conejos; por cierto, mejor que Ophixia, que significa tierra de serpientes. Y este lugar, desde antes de ser España, que es el nombre que resume todos los anteriores, tiene, entre otros, tres reyes míticos: Gerión, Gárgoris y Habis. Gerión, según el mito griego, pastoreaba bravos toros y pacientes bueyes, era fuerte y rico, y vino a matarlo Hércules, que se quedó con las Columnas y con el Estrecho. Gárgoris, además de pastor, fue apicultor; descubrió la miel y con ella el vicio, porque tuvo con una de sus hijas un crío, obviamente incestuoso, llamado Habis. Arrepentido o avergonzado, pero políticamente irresponsable, Gárgoris dejó a su hijo en el monte para que las fieras proveyeran, pero unas ciervas, incomparablemente más gentiles que la loba que tuvo que hacer otro tanto con Rómulo y Remo, lo amamantaron.

Esta Habis, superado el pequeño problema de su crianza, estaba tocado por la mano de todos los dioses: se bañaba cubierto de tatuajes y no perdía los colores; seguía corriendo por el monte a los ciervos sus parientes; era sabio y siempre joven; la suerte sonreía a cuantos se le acervaban (también, como se sabe, llenó de envidia a Sánchez Dragó, que para curarse escribió sus cuatro libros Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España).

Lo que ya realmente lo consagró en el empíreo mediterráneo fue que acertó a inventar el arado, que, con el yugo de Gerión, hizo feraz y mítico el Jardín de las Hespérides, Hesperia, Ibería, Hispania o Ispania.

Pero estos tres reyes pertenecen al ámbito del mito, aunque algunos, como Schulten, hayan querido ver en ellos la versión mítica de personajes reales, en todos los sentidos del término. El primer rey histórico, es decir, que existió en una época determinada según relato del gran Herodoto y que dominaba un vasto territorio en la Península Ibérica cuando llegaron los fenicios a llamarla Ispania, fue Argantonio. Para ser también agradecidos con los griegos que lo introdujeron en la Historia, Arganthonios. Y su reino era Tartesos, en griego clásico Tartessós.

El imperio tartesio o tertésico se extendía desde el Algarve hasta las montañas de Alicante y sus límites naturales eran la cordillera mariánica al norte y el río Segura al este. Constaba de varias ciudades grandes y tenía su centro en la capital.

Tartesos, en la desembocadura del Guadalquivir, disponía de muy buenas tierras cultivables y era un próspero centro minero y comercial que mantenía contacto permanente con focios y fenicios desde el final de la Edad del Bronce y el comienzo de la Edad del Hierro, hace de eso 3.000 años largos.

Argantonio no fue un Rey Fundador típicamente mediterráneo y mítico, como Gerión, Gárgoris o Habis, sino que vivió, pero vivió tanto que su propia edad se convirtió en mito, hasta el punto de hacer de su figura uno de esos relieves tartésicos en los que lo humano y lo simbólico coexisten con maravillosa sencillez.

Herodoto dice que nuestro Argantonio vivió 120 años, de ellos 80 como rey. Y su fama de hombre rico y venturoso estaba tan extendida que su contemporáneo Anacreonte, seis siglos antes de Cristo, presumió en unos versos: «Yo no desearía el cuerno de Amaltea ni reinar 50 años en Tartesos». Bien es verdad que, a cambio, le subió a 150 años la edad. En su gran capítulo de la Historia de Menéndez Pidal dedicado a la Protohistoria, García y Bellido recorre con minuciosidad los límites imprecisos de este rey histórico que vivió en una ciudad de la que sólo sabemos el nombre y en un reino del que tenemos más leyendas que datos.

Es evidente que las noticias sobre Tartesos tienen una base real en el comercio que, por ejemplo, mantenía Salomón con las naves de Tershesch, cuyo viaje de ida y vuelta a los confines occidentales del Mediterráneo duraba tres años. Y es igualmente indiscutible que el nombre de Argantonio y el de Tartesos respondían para los griegos a una realidad. Sin embargo, esa realidad se mezclaba de forma que hoy nos parece armoniosa y mágica con los mitos creadores de la civilización, a la vez descubrimientos y explicaciones del mundo recién nacido.

Otros reyes que fueron historia, como Minos en Creta, son al tiempo creaciones míticas. Y eso sucede también con Argantonio: que tenemos dos vías para llegar a él: la historia y el mito, y ambas son verdaderas aunque no tengan una misma existencia real.

Siguiendo en lo fundamental a García y Bellido pero corrigiendo a Schulten, uno de los más sugestivos averiguadores sobre Argantonio fue Julio Caro Baroja. Deslindando en su libro España antigua conocimientos y fantasías sobre el concepto de realeza en la Antigüedad, defiende el valor de los mitos porque nos suministran datos inapreciables conservados por la tradición y elevados a un orden que tiene tanto de arte como de religión y ciencia. Un orden ilimitado e impreciso, pero rico en datos, evocaciones e interpretaciones, y en todo caso propio de un mundo en el que la sabiduría sobre las cosas procedía acaso más de la adivinación que de la observación.

Los focenses, predecesores de los fenicios, cuentan que la vida de Argantonio llega del año 670 al 550 a.C. y que su reinado comenzó en 630. Todos estos datos, aunque con base real, ilustran, sobre todo, el valor de la longevidad como fuente de paz y riqueza. Argantonio habría sido un gran rey porque fue viejo, muy viejo, y fue mejor porque empezó ya viejo a ser rey.

Esta valoración de la edad en un monarca no es propia de Tartesos sino de otras muchas civilizaciones mediterráneas: no hay sino recordar a los patriarcas de Israel y de otros pueblos vecinos.

La edad, asociada a la sabiduría y a la duración o estabilidad retratan a nuestro Argantonio como típico Rey Legislador. No es el que funda, el que inventa, el que conquista ni el que crea un reino a través de un acto de valor o de astucia; se trata del hombre capaz de organizar la convivencia de pueblos distintos bajo una misma ley que garantiza las diferencias pero permite a todos prosperar juntos. Es el modelo de Rey Civilizador.

Julio Caro contrapone su figura a la de un rey mítico de toda Ibería: Crisaor, «el de la espada de oro». No sabemos cuál fue la base real para la figura de Crisaor. Pero en él, como en Gerión y Habis, siempre aparece la riqueza asociada a los reyes iberíacos o ispánicos. También en Argantonio, cuyo nombre evoca precisamente la plata.

La explicación radica sin duda en que el conocimiento y comercio con los pueblos orientales se debe a la riqueza en cobre de la zona de Huelva y al comercio de estaño y otros metales que llegaban a la ciudad de Tartesos dede Galicia por el interior y desde las Islas Británicas, precisamente llamadas Casitérides por el estaño que de allí sacaron los romanos, antes los cartagineses y fenicios y, antes, los tartesios, que además de comerciar con los minerales de la Península también lo hacían con los de otras partes.

Es probable que la fundación fenicia de Cádiz tuviera lugar frente a Tartesos y que, después de muerto Argantonio o los dos o tres Argantonios que con el mismo nombre se sucedieran en el trono durante el siglo VI antes de Cristo, el imperio tartesio se fuera integrando dentro de una estructura fenicia, luego cartaginesa, que se mantuvo hasta el triunfo definitivo de Roma sobre Cartago, en buena parte decidido en Ispania, Ibería o Hispania.

Así pasó a Roma, desde Grecia, el nombre y el recuerdo de Argantonio, aquel rey longevo, sabio, rico y venerable que gobernó las ricas tierras tartésicas y a una tribu de tribus, desde el Atlántico al Mediterráneo, bajo un mismo sistema legal y mediante un comercio próspero.

Fue quizá, por su larga labor civilizadora, el primer aliado objetivo de la romanización. Fue también mítico en riquezas, como su contemporáneo Creso y guarda todavía oculta, en alguna de las desembocaduras olvidadas del Guadalquivir, el tesoro de su inencontrable y magnífica ciudad. Hoy la Historia se alimenta del mito. Quizá mañana el Mito alimentará la Historia. y desde el confín del mundo, en la bruma de las marismas, Argantonio, nuestro Rey de Plata Antigua, verá llegar de nuevo las naves de Oriente a Cádiz, futura capital de la Ley, de la Libertad, de la Curiosidad y del Comercio para sus numerosos y lejanos descendientes. Apenas 2.500 años depués.

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