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NICOMEDES PASTOR-DIAZ: Un olvidado magnífico

El Mundo, 25 de enero de 1998

Su poema «La inspiración» se ha considerado el paradigma del romanticismo. Durante la regencia de María Cristina, fraguó la escisión del liberalismo entre progresistas y moderados. A los 21 años y con una carpeta de versos bajo el brazo llegó a «El Parnasillo» para conocer a Larra y Espronceda.

NICOMEDES PASTOR-DIAZ: Un olvidado magníficoA mediados del siglo pasado era Nicomedes-Pastos Díaz Corbelle, nacido en Vivero, Lugo, en 1811, uno de los españoles más leídos, importantes y respetados. Cuando murió en 1863, todavía joven pero muy gastado por el continuo ajetreo político y literario en que desarrolló su vida, había alcanzado casi todos los honores políticos, excepto el de Jefe del Gobierno. Fue Consejero de Estado, ministro de muchas cosas, embajador en Italia y Lisboa, diputado continuo y Rector de la Universidad de Madrid. También fue conferenciante de éxito, poeta de renombre y en dos lenguas, novelista, parlamentario vigoroso y periodista de los más influyentes. Alcanzó en vida el aprecio de los mejores españoles de su tiempo y en su desaparición, como cumple a las tradiciones patrias, se otorgaron a su cadáver elogios infinitos. Para variar, eran sinceros y, lo que resulta más notable, merecidos. Nicomedes-Pastor Díaz es uno de los españoles más eminentes y respetables del siglo XIX. Pero no seríamos lo que somos si hoy su vida y su obra no padecieran un olvido casi total. El casi hay que apuntarlo a la reciente edición de sus Obras políticas por José Luis Prieto Benavent, con prólogo de Guillermo Gortázar y bajo los auspicios de Anthropos y la Fundación Cajamadrid. hasta ahora sólo era frecuentable en las antologías poéticas del romanticismo en español -por sus Poesías de 1840- o más recientemente en gallego, como adelantado del Rexurdimento. Pero hacer un precursor del nacionalismo gallego a Don Nicomedes es una tomadura de pelo al ilustre difunto. Porque Pastor Díaz fue un patriota español, liberal hasta la médula de su pensamiento y de su sentimiento, que quiso dedicar sus escritos precisamente «a la juventud española», para que constase su filiación pasada y por venir. En español, su poema La inspiración se ha considerado el paradigma del romanticismo, pero aunque doctrinalmente así sea, oscila entre lo pedregoso y lo estrepitoso. En gallego, en cambio, es amable y menor, costumbrista, pastoril y un poco dominguero. Su novela larga De Villahermosa a la China (1855), historia de un donjuán madrileño que acaba convirtiendo paganitos, puede considerarse abuela de Pequeñeces, del padre Coloma. Su novela corta anterior Una cita (1837), fina, galaica y sentimental, resultaría hoy más a la moda.

Sin embargo, su prosa de ficción queda lejos del valor de su obra de pensamiento y reflexión políticas. Porque si bien otros desconocidos ilustrísimos de su cuadrilla alcanzan en el periodismo -Borrego- o en el Derecho -Pacheco- un nivel semejante al suyo, Díaz como figura intelectual completa, dominadora de todos los géneros y con una extraordinaria autoridad moral, no tiene comparación.

Nació en familia modesta y numerosa; su padre, Antonio Díaz era oficial de la Armada en la rama administrativa y su madre, María Corbelle, era buena y prolífica: nueve hermanos le dio, con mayoría femenina. Tomó nombre del santo del día de su nacimiento -15 de septiembre, San Nicomedes- y de su madrina Pastora. Aprendió mucho latín y concibió robusta Fe -cosa rara- en el seminario. Estudió Leyes en Santiago, con aprovechamiento. Vivió ajetreado y soltero, atendiendo a su populosa familia y seguramente padeció un gran amor, tan imposible que se le quedó en los versos  del que algún día sabremos los detalles. Sobre todo fue virtuoso en política, donde tan difícil resulta. Don Nicomedes-Pastor perteneció a una generación que saltó a la arena política al concluir la abyecta vida y horrible reinado de Fernando VII. Tenían la experiencia del fracaso progresista en el Trienio Constitucional (1820.1823) y de la vía muerta reaccionaria tras la abolición de la Constitución de Cádiz (1814-1820) y otra vez en la Ominosa Década (1823-1833), que terminó cuando Tirano legó a España en su testamento una bonita guerra civil.

Durante la regencia de María Cristina por minoría de edad de Isabel II, fraguó la escisión trágica del liberalismo que había de marcar todo el siglo: la de los progresistas y moderados, ambos militaristas, intransigentes, cainitas y peritos en incompetencia. En 1836, las primeras elecciones dieron el triunfo a los moderados, pero los progresistas no lo admitieron y tras el motín de los sargentos de La Granja obligaron a la regente a imponer la Constitución del 12, derogando el Estatuto Real. Tras duro forcejeo, se alcanzó la Constitución del 37, obra del progresista Olózaga pero de contenidos moderados y, lo más importante, razonables. Esa Constitución define bien a Díaz y a sus amigos, liberales escarmentados, primos hermanos de los doctrinarios franceses, que no se contentaban con el Himno de Riego y tampoco admitían volver al Absolutismo.

Su modelo no era Francia sino Inglaterra. No aspiraban a grandes proclamaciones de libertad sino a garantías sólidas de su ejercicio. Defendían la Religión y el Trono, pero también la libertad de conciencia y la Constitución. Fervorosos partidarios de la propiedad individual y el libre comercio, apreciaban el modesto cielo protector de los humildes en el Antiguo Régimen, aunque querían ver a España en el Nuevo y a salvo de los carlistas. Patriotas, cultos y ambiciosos, estaban, en fin, condenados al chasco.

Cuando a los veintiún años y con una carpeta de versos bajo el brazo, el joven Nicomedes llegó a El Parnasillo para conocer a Larra y Espronceda, alimentaba tantas ambiciones litararias como políticas; cuando entró en la tertulia de Quintana, trabando amistas con Blanco Whitae y el Abate Marchena, recibió protección y afecto entre gente de muy diverso credo; cuando ejerció la secretaría de Javier de Burgos, verdadero creador de la Administración Civil en el Nuevo Régimen, aprendió lo que era la política como acontecimiento diario, fruto de la negociación; y, al cabo, rozó lo heroico a los veintiocho años, como Jefe Político -luego Gobernador Civil- de Segovia, cuando salvó las joyas de la Catedral y el dinero del Erario escondiéndose de las tropas carlistas nada menos que en los hornos del Alcázar. Este episodio es una metáfora casi perfecta de cómo lo nuevo se albergaba obligadamente en lo viejo y el Estado Liberal naciente debía acogerse a las viejas piedras históricas.

La ajetreada y tumultuosa era Isabelina tuvo la virtud, poco apreciada, de levantar un Estado para que España sobreviviera en lo económico a la pérdida del Imperio, en lo político al absolutismo y en lo militar a la destrucción del Ejército tradicional por Napoleón. Se enfrentó sin fondos a una larga guerra civil y la ganó. No existía tradición electoral ni partidos políticos, pero se fueron creando; tampoco Administración, que hubo de hacerse; se echó a perder la Educación por los disparates desamortizadores; el doctrinarismo cegato acabó también con la protección social que la Iglesia brindaba, mal que bien, a los menesterosos: todo ello dio base popular a los carlistas, nostálgicos del Antiguo Régimen y defensores de la Tradición asociada a la Religión. Y para colmo, en Italia tuvieron la feliz idea de crear un Estado Nacional acabando con el poder temporal del Papa y fue España la que más padeció esa guerra espiritual. ¡Milagro es que no nos fuera peor!

El Manifiesto a los electores de 1839 es una obra modélica como exposición de los principios del régimen liberal y participativo. Pero al llegar los puritanos al Poder en 1847, con Pachecho, Salamanca, Istúriz, Estébanez, Calderón y un joven llamado Cánovas del Castillo, fracasaron por completo. Tuvieron la ocurrencia de amnistiar al viejo Godoy, que llevaba en el exilio cuarenta años, y al foven progresista Olózaga. Naturalmente, unos y otros les perdieron el respeto. Fue Díaz ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, pueba de la confianza que le tenían el presidente, Pacheco, y el hombre clave, Salamanca. Pero llegaron al Poder por el lecho de Isabel II, a la sazón ocupado por Serrano, y por él cayeron, pocos meses después. Pero es en 1848, el año sangriento de la Revolución en Europa y del Manifiesto Comunista, donde brilla más como intelectual. Pronuncia en el Ateneo Viejo unas conferencias publicadas como Los problemas del Socialismo y en ellas muestra su conocimiento de Saint Simon, Owen y Fourier, expone sus ideas, las discute, avizora los peligros de un régimen socialista o comunista y le opone tanto la libertad como la moral católica. Hete aquí que el primer conocedor del socialismo en España fue su primer detractor. Y que, liberal sin neo, tras ser académico y pentaministro, murió con sólo 52 años en la más digna y absoluta pobreza. Con razón se le tiene cuidadosamente olvidado. Resulta demasido ejemplar.

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