Federico Jiménez Losantos

Intelectuales Segunda República

Víctor LLano

La Navaja de Ockham

Servicios

Noticas en directo

ENCARNACION LOPEZ JULVEZ: «La Argentinita»

El Mundo, 26 de julio de 1998

Tenía una voz corriente, pero mucha gracia y picardía. Su peculiar estilo renovó el baile español. Tuvo una estrecha relación con los poetas del 27, sobre todo con Lorca. Sus dos grandes amores, los toreros «Joselito» y Sánchez Mejías, murieron en el ruedo. Bailó por última vez ante Indalecio Prieto.

ENCARNACION LOPEZ JULVEZ: «La Argentinita»En 1898, ocho años después de Antonia Mercé, La Argentina, vino al mundo en Buenos Aires, también por casualidad, Encarnación López Júlvez, llamda La Argentinita, como lo fue en sus orígenes la Pavlova española. Pero Antonia ascendió a Argentina y Encarnación se quedó con el diminutivo cariñoso. Era también hija de artistas, aunque su padre era guitarrista y no bailarín, y su madre aragonesa y no andaluza. Para más semejanza, empezó a ganarse la vida en el mundo de las variedades, pero Antonia Mercé no pasó de un triunfo tangencial, escapando del género, mientras que Encarnación López fue una verdadera estrella del cuplé. López Ruiz, en su evocación del popularísimo género musical, recuerda que su primer gran éxito fue Niña, ¿de qué te las das?, de Susillo y Font de Anta, Y la verdad es que aquello podrían haberlo dicho las cupletistas de La Argentinita, porque siendo bailarina, empezó a cantar para ser estrella del género, y con una voz sólo corriente pero con su picardía, su gracia para el baile y su apabullante personalidad dentro y fuera del escenario logró desbancar a todas las grandes figuras, incluida Raquel Meller. Campúa , el empresario más famoso de la época, la sacó del Romea y la llevó al teatro Maravillas pagándole un fortunón: cien mil pesetas del año 20. Nadie en aquel entonces había cobrado cifras así.

Pero Encarnación no se contentó con el dinero. había estudiado con grandes bailaoras como La Macarrona o La Coquinera para llegar a la raíz más genuina del baile español. Era constante y perfeccionista. Tenía la ambición de hacer cosas grandes y ciertamente las hizo. Con su hermana Pilar formó una pareja de baile español que poco a poco fue ascendiendo peldaños en la vía que el talento de Antonia Mercé había abierto para artistas nuevos. La raíz era el folclore tradicional, con claro predominio de lo andaluz y el flamenco, pero sin olvidar otras variantes regionales que permitieran una adaptación moderna y elegante para el público internacional. Es admirable cómo un grupo relativamente pequeño de artistas consiguió dar en poco tiempo un cambio tan grande al panorama artístico español y a la imagen misma de España, tanto en la música como en las letras, la puesta en escena, la coreografía y la interpretación. Falla es el compostior más destacado, aunque Granados y Albéniz, entre otros, suministran piezas a Pastora Imperio, Antonia Mercé, las hermanas López Júlvez y otras artistas de lo que podríamos denominar la Generación del 27 del baile español. En el caso de La Argentinita la relación con los poetas de ese grupo es estrechísima, en especial con García Lorca.

Las dos etapas de éxito de Encarnación López, que se fundieron durante la década de los 20, como convenía a sus negocios y a su proyección artística, van asociadas a los dos amores de su vida, dos toreros de tronío, de la máxima importancia en la Fiesta: José Gómez Ortega Joselito e Ignacio Sánchez Mejías. Bien pudo decir La Argentinita que tenía entre sus pretendientes a lo mejor del mundo de los toros: el Número Uno, el incomparable Joselito; y el más atractivo galán de cuantos se vestían de luces, Ignacio Sánchez Mejías, el gran amor de su vida. La relación con ambos fue distinta, pero acabó de igual forma trágica.

De su noviazgo con Joselito tenemos muy pocos datos. En la biografía que Antonio García-Ramos y Francisco Narbona -padre de Cristina- dedicaron a Ignacio Sánchez Mejías se cuenta que en el invierno de 1919, cuando para huir de la depresión que la muerte de su madre le había producido al siempre melancólico Joselito, éste se fue a torear a América, le envió una carta desde Lima al padre de Encarnación anunciándole que a su vuelta tenían que hablar de un «asunto importante». Todos los que estaban en el secreto de sus relaciones, incluyendo a Encarnación, lo entendieron como el anuncio de una petición de mano. La cogida mortal del 16 de mayo de 1920 en Talavera acabó con Joselito y también con la pareja.

La Argentinita se fue a Amércia para olvidar. Pero aquel largo viaje que empezó en Buenos Aires y terminaba en México comenzó buscando el olvido de un amor y terminó encontrando lo que se buscaba olvidar. En la capital mexicana se encontró casualmente con Ignacio Sánchez Mejías, que toreaba allí, y se hicieron inseparables. Tal vez el respeto a Joselito, al que Ignacio veneraba, les había impedido confesarse antes la atracción apasionada que sentían. Y aunque Ignacio no podía conseguir el divorcio de Lola Ortega, hermana de Joselito, se fue a vivir con Encarnación, su antigua prometida. Eso sí, guardando las formas: cuando estaba en Madrid tenía reservada habitación en el hotel Palace, aunque se le encontraba casi siempre en la casa de la calle General Arrando que había comprado Encarnación.

La relación duró más de una década y fue magnífica para ambos, no sólo en el aspecto sentimental sino también en el artístico. Gracias a Encarnación, el torero entró en contacto con los poetas jóvenes del 27: Alberti, Gerardo Diego y sobre todo García Lorca, que llamaba «comadre» a La Argentinita y colaboró con ella en distintos proyectos artísticos. Para Encarnación preparó Lorca las versiones musicales de canciones populares como Los Cuatro muleros o Los pelegrinitos. De su colaboración salió el espectáculo musical Café de Chinitas que se estrenó en Nueva York, con éxito. A Ignacio, apartado de los toros y dedicado a un sinfín de actividades, incluyendo la de autor dramático, le gustaba mucho pasear con Encarnación por Manhattan y sentarse en algún banco de los pequeños parques bajo los rascacielos, donde nadie conocía al torero ni a la artista famosa.

Después de mucho darle vueltas, Ignacio Sánchez Mejias decidió escribir el libreto de una obra para La Argentinita, que firmó con el pseudónimo de Jiménez Chávarri y que tituló Las calles de Cádiz. Las canciones eran de García Lorca, sobre base popular, y el resto de la música, de Falla; la coreografía de Encarnación López, los bocetos de Ontañón y los artistas eran gitanillos de verdad que Ignacio, productor y director, trajo de Cádiz, La Isla o Jerez. También rescataron para la escena a las más famosas bailaoras gitanas que a finales del XIX triunfaron en el sevillano Café del Burrero: La Macarrona, La Ferananda y La Malena. Las estrellas eran Encarnación y su hermana Pilar, alternándose, pero con acompañamiento de Manolita la Maora, Paquita la del Morao, Curro y Pablo Jiménez, El Churri y El Titi.. entre otros cantaores y bailaores, con destacada actuación de chiquillería. El espectáculo, que trataba de insertar en un poema dramático formas genuinas y antiguas de folclore popular andaluz, desde la canción de corro a los villancicos pasando por diversos palos del cante, se estrenó en octubre de 1933 y el éxito fue total, tanto de crítica como de público. Es el momento mejor, en lo personal y en lo profesional, de La Argentinita, que si bien no llega a eclipsar a Antonia Mercé, se equipara a La Argentina en mérito y reconocimiento. Y que forma con Ignacio una de las parejas más famosas de España, sólo comparable a la de Rafael El Gallo con Pastora Imperio.

Pero la nostalgia de los aplausos y acaso un oscuro deseo de terminar su vida en la plaza en plena gloria, como su ídolo Joselito, lleva a Sánchez Mejías de nuevo a los ruedos en 1934. Y llega la muerte, tras la cogida del 11 de agosto en Manzanares. A La Argentinita ni siquiera le quedó el consuelo de acompañarle en sus últimos instantes. Su esposa legítima y sus hijos pasaron por la clínica madrileña donde entró consciente y salió cadáver, tras una atroz agonía. Encarnación huyó a Buenos Aires, como 13 años antes, y por lo mismo.

Volvió a España en vísperas de la Guerra Civil, cuyo estallido la sorprendió en Madrid. Claridad, periódico de la izquierda del PSOE, denunció en portada que La Argentinita se había negado a actuar para los soldados heridos, noticia falsa pero que encerraba una condena cierta al paseo y la muerte. Encarnación colocó una bandera argentina en su casa y, en cuanto pudo, huyó con su hermana Pilar y su cuñado Tomás Ríos, a Alicante. Tras angustiosa espera viajaron a Orán, Casablanca y París. Con la victoria de Franco, La Argentinita pudo regresar a Madrid, aunque no perdió todos sus contactos con el exilio. Y la muerte le llegó tras bailar por última vez, sevillanas y en bañador, ante Indalecio Prieto, en la casa del oftalmólogo Castroviejo en Nueva York. Quería Encarnación que Don Inda le devolviera sus joyas robadas del banco en 1936 y que podían estar entre las el «Vita», pero Indalecio Prieto le remitía a Negrín. Terminada la fiesta, Encarnación se sintió mal. Tenía un tumor en el vientre del que no había querido operarse para no abandonar la danza, como La Pavlova, y que finalmente le costó la vida. Era el 5 de agosto de 1945 y aún vivió 20 días terribles. Su cadáver llegó a España en diciembre y el entierro fue casi tan espectacular como los de Sánchez Mejías y Joselito, enterrados en el mismo panteón sevillano. La Argentinita, definitivamente sola, se quedó en Madrid.

Encuesta


©