Federico Jiménez Losantos

Intelectuales Segunda República

Víctor LLano

La Navaja de Ockham

Servicios

Noticas en directo

AL HAKEM II: El califa bibliotecario

El Mundo, 10 de enero de 1999

Sucesor de Abderramán III, murió el 1 de octubre de 976. Su reinado dio al Al Andalus un largo periodo de paz. Amplió la mezquita de Córdoba. Contrario al alcohol, quiso arrancar todos los viñedos.

AL HAKEM II: El califa bibliotecarioSi el siglo X es el único en que puede hablarse de un auténtico Estado hispanomusulmán -esto es, andalusí, porque Al Andalus llamaban los musulmanes a la Hispania romana y goda que conquistaron casi por completo en el siglo VIII- los años de califato de Al Hakem II, hijo y sucesor del primer califa Abderramán III, constituye la auténtica Edad de Oro del Islam español.

Con la hegemonía militar lograda por su padre sobre todos los caudillos militares andalusíes, incluido el peligrosísimo cristiano Omar Ben Hafsún, se produjo la unidad política que, en vano, buscaron los omeyas desde el primer emir independiete Abderramán I (756) y creyeron alcanzar con Abderramán II (850).

El califato se basaba en la igualdad de todos los grupos étnicos y religiosos para acceder a los puestos de gobierno, acabando con la nobleza militar árabe, berberisca, eslava o de cualquier otro origen. El respeto a los cristianos, a los judíos y a la inmensa parte e la población cuya identidad religiosa estaba a merced de los conquistadores de turno, así como la constitución de una burocracia meritocrática y una clase media comercial y administrativa fueron las bases de ese Estado que duró un siglo y en el que se pusieron las bases para una cultura que, por el hundimiento del sistema político en la guerra civil, la disgregación de las taifas y la devastadora invasión de los africanos almorávides y almohades, apenas tuvo tiempo de dar sus frutos. Aunque los que dio fueron brillantísimos.

El símbolo de esa cultura andalusí, pluralista, tolerante, universalista y todo lo original que puede serlo el saber, es, sin duda, la biblioteca de Al Haken II. Si la Córdoba que cantó Hroswita en la criatura de Abderramán III, su bliblioteca es el hijo por el que siempre suspiró este califa inteligente, ilustrado, sensible y extremadamente piadoso, del que sólo cabe lamentar que reinara apenas 15 años. También que su figura haya quedado oscurecida por su predecesor Abderramán III y su sucesor de hecho, Almanzor, las dos figuras más importantes de la historia de Al Andalus.

Cuando el 16 de noviembre de 961 murió Abderramán III y Al Hakem ocupó el trono, tenía ya 46 años. Hasta entonces, y pese a su unión con la bellísima Radhia, no tuvo hijos. Es bastante probable que se dedicase primordialmente a los efebos, según costumbre musulmana de esa y otras épocas. Pero al llegar al trono la descendencia se hacía necesaria y Al Hakem desconfiaba de conseguirla. Logró dársela una concubina esclava, de origen vascongado llamada Sobh, la Aurora de Dozy, a quien significativamente Al Hakem dio el nombre masculino de Chafar.

Nunca tuvo buena salud Al Hakem, ni tampoco una belleza irresistible. Rubio, como casi todos los omeyas, pero tirando a pelirrojo, con grandes ojos negros, nariz aguileña, paticorto y huésped de todos los males, sólo escapó del más común en la Córdoba de entonces: el alcoholismo. Tanto se preocupó por esta costumbre que concibió la peregrina idea de implantar la Ley Seca de raíz, esto es, arrancando todos los viñedos de Al Andalus. Menos mal que lo convencieron de que el aguardiente de higos emborrachaba más que el vino y abandonó la idea. En cambio, promovió la ampliación de la mezquita en lo que hoy es su cuerpo central.

En lo político, pretendía vivir en paz pero los cristianos del Norte, que conocían ese vicio, tuvieron la osadía de negarse a entregar ciertas fortalezas y a pagar los tributos acordados con Abderramán III. Al Hakem entabló entonces una guerra en la que brilló el liberto Gálib.

El éxito fue tan contundente que ya no volvieron a la armas mientras vivió Al Hakem. Hubo una excepción, la de Fernán González, en prisión cuando el califa llegó al trono y lo reclamó, pero que fue liberado por García de Navarra y su madre Toda, suegra del conde catellano, el cual no dejó de organizar cuantos estropicios pudo en los dominios musulmanes. Cuando murió en 970 el califa creyó descansar al fin de los cristianos y así fue en general, con la excepción de Castilla, donde Garci Fernández hizo honor a su antecesor y enredó cuanto pudo.

Dos graves ofensivas marítimas tuvo que afrontar: la de los daneses que, como los normandos, recorrían los puertos de Europa sembrando el terror; y posteriormente la de los fatimíes, nuevamente en pie de guerra desde las costas africanas. Con Almería como base naval, Al Hakem pudo deshacer la flota danesa gracias a la pericia de su almirante Ibn al Rumahis, pero tuvo más problemas con las revueltas del Magreb y las continuas ambiciones fatimíes. Tras fracasar y morir su general Ben Tumlus en la represión de la enésima horda aficana, tuvo que enviar al propio Gálib, con tanta libertad para sobornar como para combatir enemigos. Tanto y tan bien sobornó que venció sin apenas combatir, pero gastó tanto y de forma tan poco controlable que el califa envió a Ibn abi-Amir para controlar las cuentas. Esa fue la primera vez que Almanzor supo realmente lo que era un ejército.

En 974, cuando Galib volvió triunfante de Africa, Al Hakem sufrió un ataque de hemiplejía del que nunca se recuperó. Muerto su primogénito Abderramán en 970, hizo jurar a Hixem II como sucesor y se dedicó a preparar el tránsito emancipando un centenar de esclavos, rebajando una sexta parte los impuestos y garantizando la existencia de los maestros de las 25 escuelas para niños pobres que había creado en Córdoba. Pero sobre todo, visitó el que, aparte de la mezquita, era su templo favorito: la inmensa biblioteca que desde sus tiempos de príncipe había creado. Allí funcionaba un taller de copistas, encuadernadores y miniaturistas. Tenía agentes para ojear y comprar libros en El Cairo, Bagdad, Damasco y Alejandría. Desde la biblioteca subvencionaba no sólo a los escritores y estudiosos de Al Andalus sino de todo el mundo. Cuando supo que Abu el-Faraj Isfahani había comenzado su célebre antología de poesía y canción árabes le envió mil monedas de oro paa tener una copia. El Isfahani le envió una especial, con la genealogía de los omeyas.

Y es que Al Hakem, que leyó y anotó muchos de los miles de libros de su biblioteca era un genealogista consumado, el más importante que haya tenido esa disciplina. Todavía hoy es la máxima autoridad y pasaron siglos antes de que se reuniera en España una biblioteca como la suya, sólo porque escribía, perdonaba, protegía a los filósofos y pagaba a los poetas más desvergonzados. El 1 de octubre de 976 murió en brazos de Fagil y Djahad, sus eunucos, Al Hakem II, el califa biblitecario. El mundo perdió un lector.

Encuesta


©