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¿Quién protege a Antonio Toro Castro?

Asturias Liberal, 2004-09-26

Las próximas semanas se me antojan apasionantes para todos aquellos que no nos conformamos con que se nos intente dormir con el cuento de Pulgarcito. Después de leer hoy domingo 26 de septiembre la Carta del Director que Pedro J. Ramírez publica en el periódico que dirige, estoy convencido de que no tendremos que esperar muchos días para saber quién es Antonio Toro y quién le protege. El asturiano sabe mucho más que su amigo Rafá de la masacre de Madrid. Jamás entenderé por qué el juez Del Olmo le ha excarcelado. Menos mal que dicen que es un magistrado“serio y competente”, si no llega a serlo, estaríamos un poco peor de lo que ya estamos. Que ya sería estar mal. Espantosamente mal.

En cualquier caso, no debemos perder toda esperanza. Confiemos -más que en el Juez- en las investigaciones de El Mundo. Mucho me temo que no nos queda otra. Hoy su director nos anuncia nuevas revelaciones. Por favor, deténganse en el penúltimo párrafo de su carta:

“De los cuatro confidentes policiales hasta ahora conocidos en la trama del 11-M –Zouhier, Trashorras, Antonio Toro y Carmen Toro- los dos primeros están en la trena y los dos segundos en la calle. Hemos hablado tanto del moro cantarín y del minero suministrador de explosivos que casi nos hemos olvidado de esta fraternal parejita, inauditamente imputados en el sumario de la matanza y, al mismo tiempo, puestos en libertad por el juez Del Olmo. Si, como expliqué la semana pasada, Zouhier “era el hombre que siempre estaba ahí”, y por lo tanto puede contar muy bien lo que pasó en la cárcel de Villabona, en la reunión del McDonald‘s o en la mariscada de la infamia, Antonio Toro Castro nunca dejaba de aparecer en los mismos sitios. ¿Seguía indicaciones de alguien cuando puso en marcha en la prisión la subasta de explosivos entre los del Norte y los del Sur? ¿Daba luego cuentas a los suyos de las negociaciones que, una vez en libertad mantuvo con los del Sur y con los del Norte? ¿Por qué tenía su hermana el teléfono de un importante policía de Madrid? ¿Estimuló alguien la credulidad del juez cuando dio por buena su escueta versión de que todas sus llamadas a miembros de la trama del 11-M se circunscribían al tráfico de drogas? ¿Qué vino a hacer a la capital dos días antes de la masacre y por qué asistió al festejo de la Sirena Verde dos días después? Averigüemos quién protege a este hombre frío y calculador donde los haya, y por qué lo hace, y estaremos más cerca de la verdad que perseguimos.”

Como ustedes saben, cuando el director del diario El Mundo pregunta es que de algún modo ya conoce las respuestas. Pronto las compartirá con sus lectores. Menos relevante que las informaciones que se nos anuncian sobre Antonio Toro, nos parece lo que hoy asegura el rotativo madrileño del juez Garzón. Nada nos sorprende que su juzgado -por orden suya y pocos días antes de la barbarie- siguiera los pasos de Zougam y del Tunecino. A estos dos pájaros los seguían casi todos los policías de Madrid. Garzón no podía ser menos. Lástima que jamás se investigara tanto con tan poco provecho. ¿O es que acaso -como dice Pedro J. Ramírez- de lo que se trataba era de darle hilo a la cometa?

En fin, que Garzón no podía quedarse al margen de la madre de todos los sumarios. Cuando regrese a España tendrá que explicar por qué no contó en la Comisión de Investigación que su juzgado ya conocía -antes del 11-M- de las andanzas de dos importantes inculpados en el salvaje atentado. Esperemos que el magistrado de Jaén no nos tome por tontos y no justifique su silencio en el secreto del sumario. Cuando declaró en el Parlamento, el Tunecino ya había muerto en el extrañísimo suceso de Leganés, y Zougam llevaba varios meses en prisión. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. Alguna explicación nos ofrecerá Garzón. A un gran magistrado como él, no pudieron escapársele dos terroristas tan vigilados. Tal vez se les perdió el cargador del móvil y no pudieron hablar por teléfono en los días en los que Garzón podía escucharles.

Y es que ya nada nos sorprendería después de haber leído con mucha atención todos los cuentos que unos y otros han escrito con intención de desorientarnos. Por cierto, una información que ha pasado casi inadvertida y que me parece muy inquietante, es la que hace pocos días confirmó el diario El País. Y digo “confirmó” porque casi medio año antes fue Fernando Múgica desde El Mundo quien nos habló de uno de los mayores misterios que rodean la masacre de Madrid. Tal vez ustedes ya no lo recuerden, pero al dueño de la furgoneta de Alcalá - la famosísima Renault Kangoo en la que los guías caninos no encontraron los siete detonadores y los restos de explosivos que luego descubrió la policía científica- denunció ocho meses antes que le habían robado las llaves de su furgo. ¡Pásmense! ¡Ocho meses antes! La policía ha comprobado que los terroristas no forzaron las puertas ni las ventanas de la furgoneta. Si su dueño no miente, resulta que, delincuentes de muy baja estofa fueron tan minuciosos que, ocho meses antes, robaron las llaves del vehículo que ocho meses después iban a utilizar para transportar varias mochilas bomba.

A ustedes, muy amables lectores, les consta que casi me obsesiona el asunto y que trato de leer todo lo que se ha escrito sobre el 11-M; pues bien, a mi juicio, si el jubilado dueño de la furgoneta no miente, estamos ante una de las informaciones más sorprendentes que hemos podido leer al respecto. Jamás imaginé que una furgoneta diera para tanto. Tengo que hablar con el portero de Alcalá. Tal vez él pueda explicarme lo de las llaves de la furgo.

Por último, les ruego que tengan un poco más de paciencia y lean el último párrafo de la Carta de Pedro J. Ramírez. No tiene desperdicio. Aquí lo tienen: “Ejercer de administrador del Leviatán no debe ser tarea sencilla para nadie, pero la jornada de trabajo de Zapatero sigue desconcertándome día tras día. Cada mañana sale con su cestita a recoger margaritas por el campo. Cada tarde confecciona y reparte hermosos ramilletes. Al caer la noche la tierra tiembla bajo sus pies, pero él confunde los lastimeros aullidos del pasado con el silbido del viento, y los secos mugidos del presente con los chasquidos de las ramas en los jardines de palacio”.

Quien quiera y pueda entender que entienda. Si el presidente del gobierno quiere tener la oportunidad de ser reelegido sin que medie una barbarie, más le valdría abandonar a Borges junto a las margaritas en la mesilla de noche y recordar todo lo que ocurrió con el GAL. El coronel Hernando puede ayudarle a refrescar la memoria.

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