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Más sombras. Más guardias civiles. Antes, Hernando. Ahora, Laguna

Asturias Liberal, 2004-10-14

La Sala Civil del Tribunal Supremo ha condenado a un médico a indemnizar con 138.172 euros a los herederos de una mujer a la que reconoció en varias ocasiones a lo largo de seis meses sin detectarle el cáncer que acabó con su vida. Según la sentencia, “debió practicar todas las pruebas necesarias para hacer un diagnóstico correcto”. Cuando leímos la noticia que informaba de este fallo judicial de inmediato recordamos a los miembros de la Seguridad del Estado que controlaban lo que el once de marzo se mostró supuestamente incontrolado. Imaginamos su estremecimiento cuando alguien les informara de que un médico que no detectó un cáncer ha sido condenado por el Tribunal Supremo. No pueden ignorar todo lo que no fueron capaces de detectar y que acabó con la vida de 192 personas.

En el mejor de los supuestos y en el peor de los escenarios posibles, jamás fueron tantos los errores, tantas las coincidencias, y tantas las sombras como las que envuelven la masacre de Madrid. Tal vez por miedo al horror, y por no atrevernos a valorar seriamente la posibilidad de abandonar precipitadamente España, hablamos únicamente de errores, de coincidencias y de sombras. No obstante, y muy a nuestro pesar, no somos capaces de olvidar lo que al respecto le escuchamos al ex secretario de Estado de Seguridad. Según Ignacio Astarloa, “en materia terrorista no hay casualidades y todas las circunstancias del 11-M han de ser aclaradas”. ¡Lástima!. Más nos hubiera valido no escuchar esta frase de boca de Astarloa. Podríamos dormir, no mucho, pero sí un poco más tranquilos de no haberla escuchado.

Si acierta en su juicio el ex secretario de Estado de Seguridad, nos estaríamos engañando a nosotros mismos cuando hablamos de errores, coincidencias y sombras. Y es que para vergüenza y desgracia de todos, y por doloroso que resulte asumirlo, Astarloa parece estar en lo cierto. Cada día que pasa más se enmarañan los hilos –ya en tierra- de la cometa que sostenía la barbarie. Ahora resulta que el gobierno de Zapatero ha ascendido a general a Pedro Laguna, jefe de la Guardia Civil de Asturias, quien según el diario EL Mundo, guardó en un cajón el informe que le advertía de que en la comarca que estaba bajo su vigilancia, Antonio Toro y Suárez Trashorras estaban traficando con dinamita robada.

¿Ustedes lo entienden? Lo cierto es que nosotros no nos atrevemos a entenderlo. Si miente el diario El Mundo, ya se demora Pedro Laguna en querellarse contra el rotativo madrileño. Pero si no miente el periódico de Pedro J. Ramírez –y hasta ahora no lo ha hecho en el penosísimo asunto que desvela nuestras madrugadas- el nuevo y flamante general tendría que explicar por qué no investigó lo que tenía obligación de investigar. Pero no sólo él ha de explicar lo que se nos antoja inexplicable. Resulta cuando menos… no sé…¿curioso?...tal vez…¿sorprendente?... que con todos los oficiales que en España aspiraban al generalato, el gobierno que salió del 11-M haya elegido precisamente a uno que no tiró del más grueso de los hilos que llevaba hasta la cometa asesina.

Si un profesor de instituto -para detener a un número mayor de posibles implicados- permite que un grupo de sus alumnos se organice para agredir y asediar a un compañero víctima de su matonismo, y por fin el alumno resulta herido, el profesor que pudiendo evitarlo no lo evitó, sin duda respondería de su gravísima negligencia. A nadie se le ocurre proponerlo para director. Pero claro, en los institutos existen las Asociaciones de Padres que no permiten que estos hechos se olviden sin antes investigarlos. Es lo que falta en el 11-M, una acusación particular que pregunte cómo fue posible que nadie tirara de los hilos de la cometa. Quizás nos lo explique Zapatero cuando comparezca en la Comisión de Investigación. Tal vez también, y ya que según sus palabras se presta con gusto a comparecer en el Parlamento para contar lo que sabe, pueda decirnos por qué nombró general al jefe de la Guardia Civil de Asturias, ya conocido como el coronel del “siniestro cajón”.

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