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Ya oxida Zapatero. Menos palabras de consuelo y más comparecencias

Asturias Liberal, 2004-12-02

Después de que Aznar asegurara en el Parlamento que la persona que ideó la masacre de Madrid no llegó de montañas lejanas, el presidente del gobierno advirtió de que comparecerá en la comisión parlamentaria que investiga los crímenes del once de marzo"con humildad y sin rencor", pensando en el futuro e intentando "dar consuelo a las víctimas". Y es que Zapatero insiste en solemnizar lo obvio, en hablar y hablar sin decir nunca nada. Ya oxida. Es un maestro a la hora de entrar en lugares comunes y en advertir al que le escucha de que es de día cuando todos vemos que luce el sol.

No tiene mucha importancia, pero el once de marzo, poco después de que volaran los trenes, yo tenía que haber subido a uno en la Estación de Atocha para 9 minutos más tarde bajarme en la de El Pozo. Me salvé de puro milagro. Pocos días antes, cuando entraba más pronto en esas estaciones, hubiera sido víctima o cuando menos testigo de la masacre. Por fortuna para mí, para mi familia y para mis amigos, sólo soy víctima en la medida en la que lo somos todos los españoles de buena voluntad. Pero si hubiera muerto en El Pozo, el consuelo que podría dar Zapatero a los míos no serían cuatro palabras de condolencia que por otra parte ya las habrían escuchado mil veces. El mejor consuelo –el único- que puede ofrecer el presidente del gobierno a los heridos y a las familias de las víctimas, es –entre muchos otros- el de impulsar las investigaciones, el de permitir que el coronel Hernando nos explique lo que tiene muy difícil explicación y el de no negar la presencia en la Comisión de Investigación de los confidentes que proporcionaron los explosivos a los asesinos.

En el caso de que algún familiar mío hubiese muerto en los trenes, sólo aceptaría el consuelo de Zapatero después de que permitiese que todas estas personas nos cuenten lo que saben. Mientras no lo permita, le rogaría que, al menos, no insistiera en expresarme sus condolencias. Estoy convencido de que el presidente del gobierno sintió tanto como yo todo lo que sufrimos el 11-M. Su triunfo es legítimo. Sin embargo, se equivoca si pretende que olvidemos que gracias a la masacre se produjo el vuelco electoral que le benefició. Ya nadie puede evitar que ocurriese lo que ocurrió. Pero tenemos que saber qué ocurrió. Y salvo a las víctimas, a nadie le interesa más que a Zapatero que se sepa qué ocurrió. Cometería un terrible error que le acompañaría durante toda su vida si consintiera que los grupos parlamentarios que le apoyan con tanto fervor cerraran la Comisión que investiga la masacre.

Por desgracia, el espantoso asunto que nos ocupa nos acompañará a todos durante muchísimos años. Precisamente hoy –jueves 2 de diciembre- tras los datos aportados por el confidente Lavandero, el juez instructor ha dictado un auto en el que ordena prisión incondicional para Antonio Toro Castro, el también confidente, preso por tráfico de cocaína y, que según todos los indicios, proporcionó a los terroristas los explosivos que sirvieron para volar los trenes. Por increíble que parezca, hasta hoy el juez del Olmo no se decidió a encarcelar al confite asturiano. Mientras tanto, su hermana, también procesada por la masacre que acabó con la vida de 192 personas, regenta tranquilamente un bar en Avilés. Según ella misma declara hoy en el diario El Comercio, “ahora se ceban con mi familia, hasta que salgan otros". ¿No le parece, señor Zapatero, que hay que permitir a sus señorías preguntar a Carmencita Toro quiénes son esos “otros”? ¿Cuántos “otros” faltan por salir? Y también han de poder preguntar por el último de los innumerables agujeros negros del que hemos tenido noticia: ¿Por qué la policía que tenía una orden judicial para hacerlo no registró la casa de Antonio Toro en julio del 2001?

Allá el presidente del gobierno con su responsabilidad, pero sería deseable que alguno de sus muchos asesores le advirtiera de que haría bien en no olvidar lo que ayer Jaime Campmany escribió en el diario ABC: “Sabemos quiénes fueron los autores materiales de aquella masacre nunca vista, pero no tenemos pruebas, ni certidumbres, ni siquiera indicios vehementes de quiénes estaban detrás de esos desgraciados mindundis. Y no deja de ser curioso que fueran descubiertos tan pronto, localizados tan pronto e «inmolados» tan pronto y con tantas prisas. Si todas esas circunstancias pueden llegar a tener el carácter de pistas para la investigación y si es que se quiere investigar, averígüelo Vargas”. Tiene razón Campmany. Ya nos hemos consolado unos a otros en exceso. Ahora necesitamos la verdad para poder levantar la vista del suelo. Y usted más que nadie, señor presidente.

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