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¿Permitió alguien –jugando, jugando- que la cometa del 11 de marzo volara hasta alturas estremecedoramente insospechadas?

Asturias Liberal, 2004-05-05

Cada día que pasa nos parecen más inquietantes las tinieblas que rodean el último y más salvaje atentado terrorista que hemos sufrido en España. Fíjense en esta reflexión de Pedro J. Ramírez que pueden leer hoy domingo 2 de mayo en el diario El Mundo: “La publicación de Los agujeros negros del 11-M fue acogida con una mezcla de abierta hostilidad y escepticismo tanto en el entorno policial del gobierno que entraba como en el del que salía, coincidentes ambos en apresurarse a subrayar la imprecisión de tal o cual detalle. Ni los unos querían quedar como malvados, ni los otros como lelos”. Lo de “lelos” nos parece evidente. Lo que nos llama la atención es lo de “malvados”. ¿Por qué dice Pedro J. que el entorno policial del gobierno entrante no quería quedar como “malvado” en un asunto de tan enorme trascendencia? Según el diccionario de la Real Academia Española, malvado es una persona “muy mala, perversa, mal inclinada”. ¿Son así los hoy se preocupan por nuestra seguridad? ¿No cabe exigirles que respondan al director del diario El Mundo? ¿Acaso los españoles tenemos que conformarnos con que no se responda a acusación alguna por grave que ésta sea?

Por favor, deténganse también en estas palabras de Pedro J. Ramírez: “La más esencial y fragrante de las incongruencias que se observa en la hasta ahora versión oficial sobre los atentados del 11-M es que unos fulanos empeñados en un movimiento táctico tan racionalista, coyuntural y contingente como la sustitución de un gobierno por otro se suiciden a las primeras de cambio, amenazando además, a título póstumo, al nuevo ejecutivo beneficiario de sus actos. Algo no cuadra en el campo de Marte de Leganés y no estoy poniendo en duda, como de alguna manera hacía Múgica, la autoinmolación de El Tunecino, El Chino y compañía, sino el que ellos fueran de verdad los jefes y cerebros del 11-M”. ¿Qué es lo que “no cuadra en el campo de Marte de Leganés”? ¿No está el nuevo Ministro del Interior obligado a citar en su despacho a P.J.R. y preguntarle qué es lo que a su juicio y según sus informaciones no “cuadra” en la intervención de los geos en Leganés? Por cierto, ya nadie pregunta por los canallas que profanaron la tumba del geo que murió en el extrañísimo asalto. ¿Quién dio la orden de entrar en la vivienda en la que se encontraban los supuestos autores de la masacre? ¿Por qué no se intentó -por todos los medios- detenerlos antes de que se “suicidaran”? ¿Nos les llama mucho la atención que la persona que dirige el periódico que más ha investigado este asunto dude de que los terroristas que “supuestamente” se suicidaron fueran de verdad los jefes y cerebros de la masacre?

Pero continuemos con las aterradoras preguntas que se hace el director del rotativo madrileño: “¿No resulta más que llamativo que los dos confites –uno de la Policía Nacional, otro de la Guardia Civil- fueran precisamente los dos eslabones decisivos para el suministro de los explosivos al comando de los islamistas? ¿Cómo es posible que casi dos meses después –y con estos dos individuos en chirona- sigamos sin conocer el origen exacto y el método de sustracción de los cientos de kilos de Goma 2 fabricados por Explosivos Río Tinto y teóricamente sometidos a estrictos protocolos de control? La verdad es que da miedo entrar en este tipo de preguntas. ¿O es que no les parece espantoso que “los dos “eslabones decisivos para el suministro de los explosivos al comando de los islamistas” fueran confidentes de la policía?

Y es que tiene razón Pedro J. Ramírez cuando asegura lo que a continuación reproducimos: “El jueves pasado la exclusiva del El Mundo dio pie a que el Ministerio del Interior anunciara la apertura de una investigación que en realidad llevaba ya casi una semana en marcha y proporcionó un nuevo sentido a las inauditas acusaciones que su nuevo titular acababa de formular contra su antecesor. Todo sugiere que, al sostener que el equipo de Acebes había ignorado reiterados avisos sobre el riesgo que representaban los integristas, José Antonio Alonso estaba poniendo la venda de la interpretación inducida antes de que se produjera la herida del descubrimiento de los confidentes policiales. Se trataría de desviar así la atención de la opinión pública de otra hipótesis como mínimo tan plausible: la que jugando, jugando con la cometa, alguien hubiera decidido en un determinado momento cortar el hilo y dejarla volar hasta las alturas más estremecedoramente insospechadas”. Vamos a ver, señor Alonso. ¿Es cierto que usted anunció la apertura de una investigación que ya estaba abierta? ¿Trata usted de desviar la atención y que no entremos en otra temible hipótesis? ¿Qué sabe usted de la “cometa “? ¿Es posible que alguien -jugando, jugando- decidiera en un determinado momento cortar el hilo y dejarla volar hasta alturas estremecedoramente insospechadas”? Pueden creernos. Nos produce un profundo desasosiego formular estas preguntas y en muchas ocasiones hemos dudado en arrojar la toalla y mirar para otro sitio. Sin embargo, siempre hay algo que nos lleva a seguir preguntándonos por todo lo que sucedió en España el 11, 12 y 13 de marzo. Además, seríamos unos miserables si escogiéramos el silencio. Mejor libres en el desierto que esclavos en Egipto. Antes o después, tendrán que contarnos muchas cosas los que ahora intentan dormirnos con el cuento de Caperucita. Por mucho que se empeñen no van a conseguir que no preguntemos por la cometa y por los que sostuvieron sus hilos.

Por fortuna, no estamos solos en esta lucha. Permanezcan atentos a todas las pantallas. Pedro J. Ramírez nos anuncia nuevas revelaciones. Así termina su carta del director: “En el ínterin los periódicos, o por lo menos éste, seguiremos desbrozando la maleza entre los árboles del bosque con meticulosa paciencia, para continuar recorriendo en sentido inverso el rastro de las piedrecitas que fueron saliendo del bolsillito de ya veremos qué Pulgarcito”. Insistimos. Bambi no conseguirá dormirnos con el cuento de Caperucita. Antes tenemos que terminar el de Pulgarcito. Lástima que más que un cuento para niños resulte la más aterradora historia que Stephen King hubiera podido escribir jamás.

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