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Entrevista a la ex agente "Lianne" de la Seguridad del Estado. Una historia de amor, intriga, tormento y compromiso

Asturias Liberal, 2005-02-02

La asesora literaria, Raquel Norbert Téllez, es reclutada en 1983 por la Seguridad del Estado castrista para que informara de un hombre que ella creía empleado de la embajada de Venezuela y que resultó ser el Padre Manuel Antonio de Jesús Ortega Hernández, Teniente de la Seguridad del Estado. Aspiraban a que se pudiera enamorar de Raquel -una mujer prudente- que no pondría en peligro su carrera eclesial y el intento de los seguratas de infiltrarle lo más alto posible en la curia, pásmense, no sólo castrista, también romana. De tanto delirio, únicamente es rescatable el inmenso amor que nació entre dos víctimas de la intolerancia y los remordimientos.

Antes de leer la entrevista quiero advertirles de que para entender a Raquel es necesario mirarle a los ojos. Cuando fui a su encuentro estaba convencido de que me iba a encontrar con una mujer enamorada de un sacerdote que no le correspondió. Pero me equivoqué. Creo a Raquel. Una mujer serena y dulce. Una mujer triste que amó a un hombre hasta el extremo y con el que se comprometió a contar la historia que me contó el lunes en Madrid.

Confío en que alguien le ofrezca escribir un libro. Su testimonio lo merece. El relato es propio de una novela del siglo XIX; sin embargo, el amor de Raquel por Manolo es eterno. Merece coplas, libros y películas. Yo he hecho lo que he podido. No mucho. Aquí lo tienen:

Pregunta.- ¿En que año terminaste la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas?

Respuesta.- En 1978

P.- Entonces pertenecías a la Unión de Jóvenes Comunistas.

R. . Si.

P.- ¿Pertenecías por convicción?

R.- . No. Para nada. Sabes que en Cuba, si eres un buen estudiante, serio y disciplinado, te enrollan y ellos mismos te preguntan si quieres pertenecer a sus organizaciones; si te niegas sabías que estabas fichado y te podían expulsar de la carrera. Entonces no tenía yo valor para negarme. Me dieron el carné y empecé a funcionar como militante.

P.- ¿Cuál fue tu primer empleo tras terminar la carrera?

R.-. Siempre trabajé en lo mismo. Como te dije antes, me gradué en el 1978, estuve dos años sin trabajo hasta que en 1980 me ubicaron como asesora literaria en la Casa de la Cultura “Sindo Garay” de Arroyo Arenas, en el municipio de La Lisa en La Habana, allí trabajé durante 13 años.

P.- Por lo que he podido leer en tu testimonio, tres años después de que te nombraran asesora literaria, la Robolución necesito de tus servicios para otro tipo de trabajo.

R.-. Así fue. A partir de 1983 cambió totalmente mi vida. Una amiga, una buena amiga, se me acerca un día y me dice que un amigo de ella buscaba a una chica con cierta cultura, simpática, desenvuelta y extrovertida que realizase un trabajo. Yo pertenecía a las Unión de Jóvenes Comunistas y no podía decir que no. En Cuba no te puedes negar a colaborar con el sistema. Pocos días después me presentaron a la persona que se había dirigido a mi amiga, fue entonces cuando conocí al agente Wilfredo.

P. -¿Qué te encargó?

R.-. Me asigno -aún no he olvidado sus palabras- “una importante tarea en favor de la Revolución”. Yo debía conocer a un ciudadano cubano que -según se me dijo entonces- trabajaba en la embajada de Venezuela. La Seguridad del Estado necesitaba saber qué pensaba este señor del sistema cubano y qué aspiraciones tenía. Yo tenía que informar de todo lo que llegara a conversar conmigo. Me hicieron firmar un documento en el que juré que de todo lo que yo me entarase sólo podría hablarlo con ellos, ni siquiera lo podría comentar con la amiga que nos puso en contacto.

P.- ¿En qué fecha conociste al que tú suponías empleado de la embajada de Venezuela en La Habana?

R.-. El 26 de julio de 1983 en el bar del Hotel Colina. Antes me habían proporcionado ropa para que fuera lo más cautivadora posible. Me pidieron que me sirviera de mis armas de mujer para hacerme amiga de la persona de la que tenía que informar.

P.- ¿Cómo entablaste relación con él?

R.-. Me senté cerca de él en el bar, pedí un mojito, y le pedí prestado el mechero. Desde el primer momento me pareció un hombre guapísimo y rodeado de misterio. Empezamos a conversar, pasamos a una mesa, me invitó a cenar y en la medida en que íbamos conversando me di cuenta de que me encantaba ese señor.

P.- Por lo que supiste después, ¿qué esperaba realmente de ti la Seguridad del Estado?

R.-. Creo que entendieron que yo podía convertirme en una buena amiga de él. Incluso en un “posible amor”. No podían poner en peligro su carrera eclesiástica permitiendo que su hombre en la curia cubana cayera en desgracia por no ser fiel a su promesa de castidad. Preferían que pudiera tener una relación estable conmigo antes de que él conociera a otras mujeres por sí mismo.

P.- ¿Te pidieron que te prostituyeras para rescatarle de otras posibles aventuras?

R.-. Nunca. Jamás me la plantearon. Ellos no podían ignorar que yo no me prestaría a tal cosa. Lo que si buscaron sin duda es que entre nosotros naciera una amistad capaz de alejarle a él de otros peligros que dañaran su carrera en la Iglesia.

P.- El caso es que no sólo hubo empatía, nació entre vosotros algo mucho más fuerte.

R.- Mira Víctor; no sólo empatía, empatía es otra cosa, sencillamente nos enamoramos perdidamente el uno del otro, casi al instante y para siempre. Por eso te cuento esta historia. Porque le quise siempre. Y él a mí. Sé que cuesta creerlo en estos tiempos que corren, pero así fue. Después de sólo tres horas de estar juntos me dijo que yo era la persona que había buscado durante toda su vida.

P.- Tú entonces no sabías que él era sacerdote.

R.-. No, pero pronto lo sospeché.

P.- P.- Sin dejar las cosas claras entre vosotros, mantuvisteis la relación durante un tiempo.

R.-. Yo sólo pensaba en verle. Y tenía que soportar la presión de tener que informar sin decir nada de lo que él me podía decir en contra del sistema y ocultando que me había enamorado perdidamente.

P.- Hasta que un día le preguntaste quién era realmente.

R.-. Sí, un día le abordé, le pregunté por mis dudas y él me confesó que era sacerdote.

P. ¿Informaste a la Seguridad del Estado de esa confesión?

R.-. Por supuesto que no. Pero poco después hablé con el agente Fermín y le dije que a mí me parecía que me habían engañado respecto a la identidad verdadera de la persona con la que me pidieron que contactara. Les advertí de que creía que no se llamaba Julio y de que a mi juicio podía tratarse de un sacerdote, pero no le dije nunca que él me lo había confirmado.

P. Hasta que pocos días más tarde…

R.-. Me llevaron a un piso cerca del Hotel Nacional y me presentaron a dos oficiales de la Seguridad. Uno de ellos se llamaba Miguel Sautié que, como agente respondía por Máximo y era la persona que había protegido a Manolo desde que era casi un niño con intención de -sirviéndose de su vocación religiosa y sensibilidad social - infiltrarlo, no sólo en la Iglesia cubana, también en el Vaticano. Esto ahora puede sonar a delirio, pero te aseguro que es lo que esperaban de Manolo. Confiaban mucho en su inteligencia y, a pesar de sus dificultades con el celibato, también en su profunda religiosidad. Es en ese piso donde me descubren toda la verdad. Me presentan a Manolo no sólo como sacerdote, también como el Teniente Ramiro, miembro de la Seguridad del Estado.

P.- Lo de sacerdote lo sabías, pero lo de agente te sorprendería hasta el extremo.

R.-. No, Víctor, no me sorprendió, Manolo ya me lo había dado a entender. Un día me dijo al oído las iniciales de tres de los agentes que yo conocía.

P.- Fue entonces cuando comprendiste que te pusieron en contacto con él para que su hombre en la curia, incapaz de ser fiel al celibato, conociera una chica seria y prudente de la que se pudiera enamorar.

R.-. Claro. Querían controlarlo a través mía, evitando que eligiera por sí mismo una mujer inapropiada que pudiera perjudicarle en su carrera eclesial.

P.- Es entonces -después de la reunión en aquel piso- cuando Manolo te cuenta cómo le captaron.

R.-. Sí. Nunca lo olvidaré. Nos fuimos para las playas del Este a hablar al aire libre. En los hoteles nos daba miedo. Manolo me cuenta su historia. Fue un chico soñador, con una madre muy religiosa que desde pequeño le encaminó al Seminario. Era una persona tan entusiasta, tan alegre, tan idealista, que participaba en todo; en los trabajos voluntarios de cortes de caña, en todo. Fue en la caña en donde se fijó en él Miguel Sautié, un alto grado de la seguridad.

P.- Manolo también participó en una conferencia que se celebró en Santiago de Chile.

R.-. Sí, en 1972. El evento se llamó Cristianos por el Socialismo. Sautié ya había hablado de Manolo en la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central.

P.-En 1972 Manolo ya estudiaba para sacerdote.

R.. - Sí. Recuerdo que abandonó por dos veces antes de decidirse definitivamente a hacerse sacerdote. Tenía muchas dudas con el celibato. También quería estudiar medicina. Sautié prometió ayudarle a cursar esta carrera, cosa que nunca cumplió.

P.- ¿Cuándo se ordenó sacerdote Manolo?

R.-. El 12 de diciembre de 1976.

P.- ¿En dónde ejerció como párroco?

R.-. En la parroquia de San José de Güira de Melena, al tiempo que atendía otras dos, Gabriel y La Salud en Provincia Habana.

P.- ¿Quién le propone profundizar en sus estudios de Teología?

R.-. La Iglesia. La Seguridad le pedía que aceptara todo lo que sus superiores le propusieran. La Revolución quería que él llegara lo más alto posible dentro de la curia.

P.- ¿Cuándo Manolo ejerció de párroco en La Habana rindió informes a la Seguridad del Estado?

R.-. En ese tema no entré. Imagino que haría su trabajo con inteligencia. Lo único que sé es que Manolo lloraba constantemente aunque de cara al mundo aparentara alegría.

P.- Se sentía atormentado por llevar una triple vida.

R.-. Asqueado de lo que estaba haciendo. Ya no creía en lo que creyó de adolescente.

P.- Pero nunca le abandonó la fe.

R.-. No. El siempre fue profundamente religioso. Por eso te cuento esta historia.

P.- Un día le proponen venir a estudiar a Madrid.

R.-. Sí, en 1986 después de sacar excelentes notas en sus estudios de Teología a distancia.

P.- Pero eso significaba separarse de ti.

R.-. Claro. Manolo les pidió a los de la Seguridad que me trajeran a Madrid. Le prometieron hacerlo, pero nunca lo cumplieron. Jamás creímos en serio que me dejarían venir. Fue entonces cuando comenzamos a hablar de desertar. Manolo me dijo que renunciaría a la Iglesia si yo me reunía con él en Madrid. Pero que si, como era probable, no me dejaban salir, él desertaría y se iría a Miami. Fue entonces cuando me pidió que si le asesinaban o moría antes que yo, contara su historia a todo aquel que quisiera escucharla, incluso en el Vaticano.

P.- ¿Cuándo fue la última vez que le viste?

R.-. El 13 septiembre de 1986, fecha en la que abandona Cuba para siempre.

P.- ¿Cuántos años vive en Madrid?

R.-. Está en Madrid aproximadamente hasta finales de 1989.

P.- En esos tres años termina la carrera de Derecho Canónico.

R.-. Sí. Incluso me habló de que quería estudiar Derecho Internacional para que en el caso de que yo pudiera reunirme con él conseguir un trabajo que nos permitiera vivir adecuadamente.

P.- Perdona, Raquel. Necesito volver atrás. Se me olvidaba un dato que ofreces en tu testimonio y que me ha llamado mucho la atención. Según tus recuerdos, a Manolo, antes de abandonar La Habana rumbo de Madrid, la Seguridad del Estado le proporciona el nombre y el teléfono de Anabelle Rodríguez. ¿Cómo sabes tú que le facilitan ese nombre y ese teléfono?

R.-. Porque lo leí en su agenda.

P.- ¿Pero tú habías oído hablar de Anabelle Rodríguez? ¿Por qué te fijaste en su nombre? ¿Por qué te llamó la atención?

R.-. Vamos a ver, Víctor. Yo estaba enamorada. Y él vuela a Madrid con el nombre y el teléfono de otra mujer. Ponte en mi lugar. Yo me quedaba allí. Es normal que me inquiete y pregunte.

P.- ¿Tú sabías que Anabelle Rodríguez era la hija de Carlos Rafael Rodríguez?

R.-. No lo sabía. Me lo dijo Manolo cuando le pregunté quién era.

P.- Este capítulo me parece muy interesante. ¿Ya en Madrid te pusiste en contacto con esta señora?

R.-. Hace aproximadamente dos años y medio me entere de que era la editora de la Revista Encuentro y la llamé, me atendió su secretaria y le dejé dicho que una parienta del Padre Manuel Ortega quería hablar con ella. Le dejé mi número de teléfono pero nunca me llamó.

P.- ¿Sabes por qué la Seguridad del Estado le proporcionó a Manolo su nombre y su teléfono?

R.-. No. No lo sé.

P.- Pues a mí me gustaría mucho saberlo. Tal vez algún día se desvele este misterio. Pero continuemos con la muy triste experiencia de Manolo en Madrid. ¿En dónde se hospedó?

R.-. En la Iglesia donde ejerce de sacerdote el Padre Pedro Capdevila.

P.- ¿Quién le ubica allí?

R.- La Iglesia española.

P.- ¿Hasta cuándo vive en la Parroquia San Juan Crisóstomo?

R.-. Hasta que el sacerdote Capdevila descubre que mantiene constantes conversaciones telefónicas conmigo e informa al Obispo de La Habana de nuestra relación. Después de que la Iglesia de La Habana fuera informada por Capdevila a Manolo le trasladaran “castigado” al Seminario de Madrid. Allí se acrecienta su desesperación.

P.-Un día no aguanta más, abandona el viejo caserón de Las Vistillas en Madrid y se va a Miami.

R.-. Esa fue, al mismo tiempo, su liberación y su condena. Se sabe condenado a muerte. Teme que los agentes de Castro le asesinen para impedirle que cuente cómo lo infiltraron en la Iglesia Católica. Ya jamás podría regresar a Cuba y encontrarse conmigo. Renunció a todo. No pudo aguantar tanta soledad.

P.- ¿Cuándo te enteras tú de que él ya está en Miami?

R.- A finales de 1989 o principios del 90. El agente Dámaso me pide que le convenza para que vuelva a Cuba, que utilice mi amor para hacerlo volver.

P.- ¿De qué trabaja en Miami?

R.-. En un principio creo recordar que ejerció por unos días de sacerdote en la Iglesia de la Caridad, lo que sí puedo decirte es que en donde más ofició fue en la Iglesia de San Lázaro.

P.- La Seguridad del Estado insiste en que le hagas regresar.

R.-. Así es. Yo los engaño. Por teléfono y por si grababan las conversaciones le digo que vuelva, pero a través de amigos le ruego que no lo haga jamás.

P.- Años después de que Manolo se instalara en Miami te casas con el único objetivo de abandonar Cuba.

R.-. Sí. Me casé con mi amigo Roberto Uría Hernández. Testigo de lo que te cuento. Puedes hablar con él para confirmar todo lo que te digo.

P.- Lo cierto es que a pesar de estar casada con Roberto no puedes irte con él.

R.-. Así fue. Roberto empezó los trámites para irse antes de casarse conmigo. Le dijeron que se fuera y que después de un año me reclamara. Es, una vez en Miami, cuando Manolo le cuenta a Roberto que fue agente de la Seguridad del Estado. Él, amigo mío de toda la vida, sabía de nuestro amor, no lo de la Seguridad.

P.-Tiempo después y para salir de Cuba te divorcias de tu amigo Roberto.

R.-. Sí. Me casé con un español. Ya había quedado olvidada mi condición de “persona de confianza” de la Seguridad.

P.- A Sautié –padrino de la “carrera eclesial” de Manolo- no lo volviste a ver.

R.-. No. Pero me enteré de un accidente que sufrió. Un perro Pastor Alemán le mordió y le deformó la nariz. Quien coincida con él lo puede comprobar.

P.- ¿Cuándo abandonas Cuba ya casada con un ciudadano español?

R.. - El 27 de octubre de 1997.

P.- El español fue siempre consciente de que tú estabas profundamente enamorada de un sacerdote.

R.-. Por supuesto. Se lo dije antes de casarme. Una de sus hijas también lo sabía. Lo sabían todo menos lo de nuestra antigua relación con la Seguridad.

P.- Ya en España y dos años después de aterrizar en Madrid, te enteras de la muerte de Manolo.

R.-. En agosto de 1999 me dicen que Manolo murió en Miami.

P.- ¿Por qué cuando llegaste a Madrid no intentaste viajar a EEUU para encontrarte con él? Sinceramente, eso es lo que más me cuesta entender de toda tu historia.

R.-. Después de casarme con el español, Manolo --no lo olvides, un hombre decente y profundamente religioso-- no quería hacer daño al que ya era mi marido. Mi matrimonio con el español no tiene nada que ver con el de Roberto. Manolo sabía de nuestra enorme amistad. La boda con el español fue otra cosa. Manolo no quería hacerle daño a él ni perjudicarme a mí moralmente. Además, yo creo que él ya era consciente de que estaba gravemente enfermo.

P.- ¿Por qué cuentas ahora toda esta historia?

R.-. Porque me lo pidió encarecidamente el hombre de mi vida.

P.- ¿Cuándo te lo pidió?

R.-. Te lo dije antes. Cuando salió de Cuba en el caso de que como temíamos no pudiéramos reunirnos en Madrid. Sabía que lo podían asesinar. Pero tanto si lo asesinaban como si por causas naturales moría antes que yo, me rogó que contara a todo el mundo lo que hizo con él la Seguridad del Estado castrista. El asco que sintió de sí mismo por la vida que llevó. Incluso me pidió que fuera con su sotana al Vaticano y que allí pidiera perdón por sus pecados.

P.- Te metió en un buen lío.

R.-. Me quería y yo le adoraba. Me lo podía pedir.

P.- Tú pones como testigo de toda esta historia, al que llamas tu hermano, Roberto Uría Hernández.

R.-. Es una de las personas que conozco y de confianza que ha estado en contacto con Manolo en Miami. Incluso le pidió a Roberto que me recordara lo que yo tenía que hacer. Contar lo que te he contado a ti, Víctor. Sabes que por primera vez en muchos años sólo he podido dormir como una niña después de que en la noche del domingo me dijeras que mi testimonio podía leerse en La Nueva Cuba.

P.- ¿Cuándo te separaste del español?

R.-. Hace tres años.

P.- ¿De qué vives?

R.-. He trabajado en todo lo que me parece honesto. He estado interna en una casa cuidando a un señor enfermo. He trabajado en una tienda de ropa. He limpiado escaleras. Ya te puedes imaginar.

P.- ¿Has cotizado a la Seguridad Social?

R.-. No. Nunca.

P.- ¿Qué va a ser de ti, Raquel?

R.-. No lo sé. Yo ni siquiera me lo pregunto. Ya veremos. Cuando me fui del lado del español me fui con 30 euros en el bolso. Pero aquí estoy. No me quejo. Este país se ha portado bien conmigo. Me dio la nacionalidad y el ayuntamiento me ha ayudado. Y amigos no me han faltado que se han portado excelentemente.

P.- Eres Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas, ¿has intentado trabajar de profesora?

R.-. He repartido curriculums pero no me han llamado de ninguna academia. Ya tengo 52 años.

P.- ¿No has intentado convalidar tus estudios?

R.-. No. Recuerda que soy una mujer atrapada por mi historia y el compromiso que contraje cuando prometí contarla.

P.- ¿Has vuelto a Cuba?

R.-. Casi todos los años. Tengo una hija de 34, la tuve a los 16. También tengo un nieto.

P.- Ya no podrás volver mientras no muera tu verdugo y el de Manolo.

R.-. Lo sé. Pero no me pesa haber contado lo que te conté. Cumplí con la promesa más importante que he hecho en mi vida a la persona que más amé. Era mi obligación. Me siento en paz. Puedo empezar de nuevo. Lo que siento profundamente es no poder ver a los seres queridos que tengo en Cuba.

P.- Dios lo quiera. Tenemos que terminar. Es imposible en una entrevista reflejar tanto amor y sufrimiento. Pero quiero preguntarte por un asunto qué no entendí bien en tu relato. Antes de que tú testimonio se pudiera leer en La Nueva Cuba contaste -con intención de que te ayudara a difundirla- tu tragedia a un ex compañero seminarista de Manolo que no se consagro como sacerdote y que vive en Madrid.

R.-. Sí. Me presentó a una persona muy importante de la disidencia cubana. Me dijeron ambos que mi relato era interesantísimo, me pidieron que reuniera datos y comprometiese a testigos. Confié en ellos. Les hice caso. Viajé a Miami, hablé con Roberto, se comprometió a servirme de testigo, busque datos, pasé noches en vela recordando; pero cuando volví a llamar al ex seminarista que Manolo tenía como amigo, me dijo que ya no le interesaba mi historia y que él consideraba que podía perjudicar la imagen del que fue su compañero.

P.- Pues vaya. Sabes que creo que conozco al ex seminarista y a la “persona importante” que te presentó.

R.-. Yo jamás te diré sus nombres.

P.- Yo tampoco. Supongo, claro. Serán otros los que te acusen ahora de ir en contra de la Iglesia.

R.-. Me acusarán de muchas cosas, pero jamás iré en contra de la Iglesia. Simplemente es mi obligación denunciar lo que sucedió en Cuba, porque me consta que la tiranía castrista se infiltró en la Iglesia Católica cubana. Y especialmente lo que para mí es mucho más importante, cumplir con la palabra que le di a una buena persona que murió atormentada y me rogó que pidiera perdón en su nombre.

P.- Muchas gracias, Raquel. ¡Que Dios te bendiga! Creo que crees en Él.

R.- . Por supuesto que creo en Dios. Y gracias a ti, Víctor; gracias a ti por ayudarme a cumplir con mi palabra.

Hasta aquí la entrevista. No me olvidaré del tema. Quiero ayudar a Raquel en todo lo que me sea posible. Yo puedo muy poco, pero creo que en su historia y considero que merece ser contada en un libro. No fui capaz de reflejar su amor y su tormento. Era difícil. Tienen que ver a Raquel en televisión o, al menos, escucharla por radio para poder acercarse con alguna garantía a una mujer triste y valiente que hoy se alegra de haber cumplido con su promesa. En los próximos días comentaré la conversación que tuve la suerte de mantener con ella y que ustedes, siempre amables lectores, han podido leer.

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