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El peor de los aniversarios

Asturias Liberal, 2005-03-11

“Quien planeó la masacre dio cuerda al señuelo más importante de toda la operación: la trama de Avilés y la entrega de los explosivos a la banda de Lavapiés. Necesitaban unos culpables creíbles para una primera impresión y un hilo conductor que llevara hasta ellos sin complicaciones. La tarjeta del móvil encontrado en la mochila que no estalló en El Pozo era la mayor de todas las piedras de Pulgarcito. La pista definitiva”. Fernando Múgica. Diario El Mundo. Un año después.

A pesar de que jamás me resultó indiferente el sufrimiento ajeno, nunca supe expresar un pésame ni tratar de fingir un dolor que por mucho que lo intentara me resultaba imposible compartir. Nadie que no haya perdido un hijo puede participar de la pasión de una madre que haya enterrado al suyo. Todos –yo el primero- utilizamos muy mal el término compasión. Aun queriendo, lo verdaderamente terrible no somos capaces de compartirlo. A quien le tocó le tocó. Y le tocó para siempre. Nada puedo hacer por ellos.

Dudé mucho antes de decidirme a escribir este artículo. En un principio pensé en dejarlo para mañana y hablar hoy sólo del dolor. Pero creo que sería inútil hablar del enorme sufrimiento que, insisto, no podemos, por mucho que queramos, tan siquiera imaginar. Creo que ya que probablemente alguien me lea, debo hacer lo que he hecho siempre, informar de lo que pueda saber y preguntar por lo que quizás jamás sabré. Si pudiera hacer algo más por las víctimas, creo que lo haría. Pero ni sé ni puedo.

Si yo hubiera perdido a un familiar en un crimen que está muy lejos de resolverse, no me consolaría en absoluto que un periodista al que de nada conozco me expresara sus condolencias. Estaría harto de pésames que por muy sinceros que pretendan ser, siempre resultarían distantes y de compromiso. Lo que esperaría de los periodistas que hablasen de los crímenes que destrozaron mi vida, es que me ayudasen a comprender qué ocurrió. Así que hoy también voy a hacer lo que creo que yo querría que hicieran por mí si hubiera perdido a alguien en los trenes que volaron en marzo.

Como en tantas otras ocasiones, quiero hoy resumir el último trabajo de Fernando Múgica. Es increíble el esfuerzo que está haciendo este hombre. Alguien tendría que reconocérselo. No será, el portavoz del partido que gobierna. Ustedes me entenderán si leen el resumen que hecho de lo que pueden leer en el diario El Mundo. Aquí lo tienen:

Después de recordar que todos los implicados en la matanza estaban controlados por las Fuerzas de Seguridad, Múgica nos dice lo siguiente: “No se puede pedir más. Bueno, sí. Se puede añadir la confesión declarada a este reportero por miembros de la Guardia Civil en el verano de 2004 –cuando todavía la trama de Avilés no había adquirido tanta relevancia- en el sentido de que la entrega de los explosivos en Asturias por parte de Emilio Suárez Trashorras a la llamada célula islamista estuvo en todo momento vigilada. No he podido encontrar otra fuente que lo ratifique. El problema –me aseguraron- es que dicen que los perdieron al llegar a Madrid porque creían que iban a ir una dirección y fueron a otra”…

“Cualquier resquicio abierto en una dirección que se aleje de la autoría de Al Qaeda es considerada anatema. Pero la realidad es que los que saben sobre esa organización -estadounidenses, jordanos e israelíes- tienen muchas dudas desde un primer momento. En Amán advierten a un emisario español de que esa es una pista equivocada. Los americanos van más lejos y aseguran que al considerar que Al Qaeda no es la autora material del atentado han perdido todo interés por el tema. Los israelíes, obligados por la disciplina que les ha impuesto su Gobierno, guardan silencio y recopilan datos. ¿Por qué se empeñan en presentar como individuos peligrosos a vulgares rateros? Jamal Almidán –el Chino- según esta versión. Pero los vecinos de Morata dicen que su novia llevaba unas minifaldas de infarto”.

“Miembros del CNI –Centro Nacional de Inteligencia- fueron taxativos con este reportero a finales de marzo. “Los miembros de Al Qaeda nunca roban vehículos para cometer atentados. Los compran o los alquilan. Los miembros de Al Qaeda jamás utilizan delincuentes. Los miembros de Al Qaeda nunca improvisan ni consiguen los materiales explosivos en el último momento”…

Quien planeó la masacre dio cuerda al señuelo más importante de toda la operación: la trama de Avilés y la entrega de los explosivos a la banda de Lavapiés. Necesitaban unos culpables creíbles para una primera impresión y un hilo conductor que llevara hasta ellos sin complicaciones. La tarjeta del móvil encontrado en la mochila que no estalló en El Pozo era la mayor de todas las piedras de Pulgarcito. La pista definitiva.

¿A quién se le podría ocurrir seguir utilizando esas tarjetas después de que se conociera que la policía había encontrado una de ellas? ¿Por qué iban a emplear tarjetas compradas por ellos, manipuladas en la misma ciudad y distribuidas en sus propios locutorios? Ni siquiera un loco haría algo así. La mejor prueba es que la policía aún no ha sido capaz de localizar a los propietarios de los dos números que recibían y enviaban llamadas relacionadas con la célula de Avilés. Una de ellas comprada, por cierto, en Gijón y utilizada hasta el 2 de junio.

Y el colmo de la sinrazón. Semanas después del atentado y cuando aún están en libertad, la mayor parte de los presuntos autores materiales, se reúnen en un piso de Leganés donde aún conservan pruebas materiales de los atentados: parte del explosivo, armas y envoltorios de los cartuchos. Y todo ello, con el dormitorio de ese piso pared con pared con el de un policía, el que prestará los planos de su casa a los Geo para que se orienten. ¿Dónde están las vainas que dispararon durante “horas” con ametralladoras? Trescientas por minuto en la cadencia de disparo de esas armas. Pero en la relación exhaustiva de los Tedax y de la Policía Científica no existen las vainas de los cartuchos presuntamente disparados por esas ametralladoras…

Los Geo graban todas las operaciones que realizan. ¿Dónde están las grabaciones de aquella operación, por qué no la hacen pública en su totalidad? ¿Pidieron la confirmación de la orden de entrada, para que quedara constancia, por considerarla absurda?


Un año después del 11-M, los investigadores policiales no son capaces de determinar el tipo de dinamita que explosionó en los trenes. Tampoco han sido capaces de demostrar que la dinamita encontrada salió de Mina Conchita...

Sólo una pura deducción lleva a los investigadores al convencimiento de que las mochilas que explosionaron en los trenes llevaban teléfonos móviles con temporizadores. Lo suponen porque en la mochila que se desactivó, la encontrada en la comisaría de Vallecas, y en otra que lograron neutralizar, situada en un arcén, había teléfonos. ¿Y si el resto explotó por radio control? No hay forma de demostrar ni una cosa ni la contraria. ¿Y si las mochilas que no explosionaron, con sus teléfonos móviles, la tarjeta que llevó a la célula presuntamente integrista de Lavapiés, la cinta coránica y los restos de dinamita en la furgoneta de Alcalá fueran tan sólo señuelos para los investigadores? Sí, ya sé. Parece una novela de Le Carré. Pero es que la realidad –y perdónenme que se lo recuerde- es casi aún peor”.

Es terrible. Pero con serlo, he querido dejar para el final algo que hoy –un año después- se me antoja mucho más espantoso.

Fíjense, por último, en estos dos párrafos del formidable esfuerzo del mejor periodista de investigación que tenemos en España: “Varios miembros destacados del Partido Socialista han comentado en privado que cuanto más se enmarañe la trama de los personajes que salen a la luz, menos posibilidades tiene el relato de calar entre la gente. Es como engordar el señuelo. Tienen razón. Son tantos los nombres de confidentes, mandos policiales, agentes de base, traficantes, manipuladores de tarjetas, chorizos, testigos ocasionales, testigos protegidos –sin contar las dificultades propias de manejar nombres en árabe- que se han barajado, que ni siquiera los muy interesados en el tema pueden ser capaces de seguir el relato sin perderse. “Déjales que hablen”, decía en un círculo mínimo Alfredo Pérez Rubalcaba, “nadie en la calle sabe distinguir entre Trashorras, Zouhier, Lavandera o Zougán”.

Bueno. Ya veremos. A pesar de que Múgica acierta una vez más cuando insiste en que es muy difícil distinguir entre tantas patrañas y tan pocas certezas, tal vez el portavoz socialista confunda sus deseos con la realidad. Ya sabemos mucho más de lo que él quisiera que supiéramos. Sólo así se entiende el silencio con el que responden a todo lo que cuenta Múgica y que quiera clausurar la Comisión en la que tantos perjurios hemos escuchado.

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