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Pilar Manjón

Libertad Digital, 2004-12-20

No se demoró la tiranía castrista en servirse de su dolor. Según su agencia de prensa, "puso un tapabocas a la comisión y desnudó las arbitrariedades, irreverencias y rejuegos políticos del PP, a cuyo gobierno, presidido entonces por José María Aznar, acusó directamente." Los voceros de Fidel Castro siguieron con mucha atención su intervención en el Parlamento. Su satisfacción fue enorme cuando escucharon de boca de una de las muchas víctimas de la masacre de Madrid lo que el viernes destacaron con placer: "Señorías, si quedan responsabilidades por depurar, estas corresponden fundamentalmente a quienes detentaban el poder en aquel momento. Y ésta es una obviedad irrefutable". No existe sufrimiento mayor que el de perder un hijo. Nadie consolará jamás a esta pobre mujer. Coincido con Gabriel Albiac, ante tanto dolor sólo cabe el silencio. Sin embargo, esta señora no sólo está condenada a sufrir el resto de su vida la ausencia de su hijo, a ello tendrá que sumar que terroristas como Fidel Castro se sirvan de su amargura.

Votó y cumplió con lo que consideraba su deber de ciudadana cuando aún no le habían entregado el cadáver de Daniel. Espero que la enorme entereza y el compromiso político que quiso demostrar entonces, le permita ahora exigir a Castro que no se sirva de su sufrimiento. No necesita que la ampare el más sanguinario de los terroristas vivos. Nadie se alegró más que él de la matanza de Madrid. El gobierno que salió del 11-M es hoy su principal aliado en Europa. Quizás Pilar no lo sepa, pero Castro odia a José María Aznar mucho más que pueda odiarle ella. La tiranía comunista que apoya su compañero Llamazares, cobija, al menos, a una veintena de etarras. Los asesinos de Miguel Ángel Blanco –como Daniel, también joven víctima de la misma barbarie– son, para el régimen que tanto aprecian los dirigentes de Izquierda Unida, valientes gudaris que luchan por la libertad de su pueblo.

A Pilar –y nadie puede reprochárselo– le pareció escasa la condena que le han impuesto al joven que transportó parte de los explosivos que sirvieron para matar a su hijo. A nadie puede sorprender que le duela que se le haya aplicado la ley del menor y que el juez permitiera que no declarase en el sorprendente juicio que apenas duró unos instantes. Sin duda es éste otro de los muchos hechos asombrosos que rodean la matanza. Jamás entenderemos por qué Pilar quiere que se cierre la Comisión de Investigación sin que antes se abra una independiente. Han de ser legión los que respiraron aliviados cuando comprobaron que el juez no interrogaba al Gitanillo. A Pilar le sobran motivos para quejarse. Pero también para exigir que se olviden de ella los que en Cuba protegen a los etarras y los que en España trabajan para que una vez en prisión se reduzca su pena. Lo que vale para los autores de los crímenes de marzo ha de valer también para los asesinos de la banda terrorista ETA. Si, a su juicio, son pocos los años que pasará internado el adolescente asturiano, sin duda sentirá una enorme vergüenza al comprobar que se sirven de su sufrimiento aquellos que amparan a los compañeros de los asesinos de Miguel Ángel Blanco. ¿O no?

Se equivoca Pilar cuando asegura que su fama es efímera. No la olvidarán jamás los que necesitan del sufrimiento ajeno para medrar. Nada puedo hacer por ella y por los que como ella serán para siempre víctimas de los crímenes de marzo. Creo que murió horas después, pero nunca olvidaré la cara de uno de los heridos. Tal vez porque yo estuve aquella mañana en El Pozo, me atreva ahora a rogarle a Pilar que no permita –sin rechazarlo– que terroristas como Castro se sirvan de su sufrimiento. No podrá evitar que sean muchos los que la utilicen, pero si fue capaz de votar cuando aún no había enterrado a su hijo, también podrá hoy escribir al verdugo de millones de jóvenes para exigirle que se olvide de su nombre.

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