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Los españoles cansados

España Liberal, 2005-04-30

En España residimos cerca de 44 millones de personas. Y hay de todo. Los hay medianamente buenos, que son capaces de sentir compasión por los que sufren. Y los hay medianamente malos, a los que les resulta indiferente el sufrimiento ajeno. Tanto unos como otros son los menos.

Los más se conforman con el más vulgar de los pasatiempos. Con que no les estropeen la “cabezadita” de media tarde y con que no baje su equipo a segunda. Poco les importa lo que puedan o no hacer por su país o por sus semejantes. Unos, los menos, confunden la patria con una ideología y con el odio atávico que les transmitieron sus padres y abuelos. Otros, los más, con la cuenta corriente o con el estado de su hipoteca. Pero en ambos casos, se conforman con una existencia vulgar en un país vulgar.

Hablan mucho de El Quijote, pero jamás se arriesgan por un sueño. Por no “desfacer” no son capaces de desenredar sus propios cuernos. Son jóvenes y fuertes, pero, como muchos ancianos, se conformarán con morir al sol cuando ya no puedan moldear sus músculos en un gimnasio. Es inútil emplazarles a que mantengan una conversación que dure más de diez minutos y que tenga vocación de seriedad. Se aburrirían.

Van donde van todos. A ningún sitio. Son muy desconfiados. No creen en la política. Pero acuden en masa a votar. No leen los periódicos. Pero saben que El Mundo es muy malo, y El País, muy bueno. O al contrario. Son profesores, pero odian la enseñanza. Se consideran periodistas, pero jamás en conciencia se negarían a cumplir una orden del que les paga. Dicen que creen en la libertad. Pero sólo en la que se les concede. Son españoles, pero podrían ser holandeses o belgas.

Siento resultar hoy tan pesimista. Y por supuesto, me culpo de todo lo que culpo a otros. Es la vida. La mala vida que dormita en la nada de un supuesto estado de bienestar que hizo que el deber y el honor pasaran a un muy segundo plano. ¿Para qué luchar? ¿Qué es la verdad? ¿Qué importa? Poco o nada. Y así nos va. Y peor nos irá.

Porque tras la cabezadita de los últimos años no hay nada que no responda al deshonor y a la barbarie. Pero estamos muy cansados para rechazarla. Además, tal vez ya sea muy tarde para renunciar al cómodo aburrimiento en que dormitamos. Serán los jóvenes los que pagaran por nuestra cobardía. Desfacerán nuestro entuertos, pero no sin un enorme sufrimiento. Nuestros hijos no podrán dormir la siesta. Sin embargo, nosotros no somos capaces de renunciar a ella.

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