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JOVELLANOS: El español por excelencia

El Mundo, 18 de agosto de 1997

Es el primer liberal moderno de nuestra historia. Su informe sobre la Ley Agraria se convierte en bandera de los reformistas. Su meta: que la ley sirva para proteger al individuo de la arbitrariedad. Mientras exista el recuerdo de la libertad, sobrevivirá a los ladrones de tumbas.

JOVELLANOS: El español por excelenciaEl mejor retrato que se ha hecho o que se ha querido hacer de un español es el de Jovellanos por Goya. No sólo aparece ahí la nación en estado de melancolía, como incapaz de defenderse de sí misma, sino que nos mira el que más noblemente luchó por ella, vencido como Don Quijote, en la gloria luminosa de una derrota cantada. Ese cuadro tuvo que pintarlo Goya como decían que el Giotto pintaba el cielo: de rodillas.

La melancolía, la contenida tristeza, el desamparo de fondo que muestra el político asturiano es un símbolo de la Ilustración, del apagón; de nuestras Luces, de la dureza pedernal de una casta dirigente incapaz de volver los ojos al pueblo que la sustenta y al que debería representar. Tiene en su mano diestra abandonada, nunca caída, un papel que es como el pliego de los agravios pasados y por venir. No sabía cuántos pero los intuía todos. no en balde dijo uno de sus mejores comentaristas que, siendo Jovellanos hombre tan íntegro, tan inatacable, su destino era que robaran su memoria los sinverg|enzas. Por eso mismo dijo cierto britano célebre que el patriotismo es, a veces, el último refugio de los bribones.

Nació Jovellanos en Gijón, casi por sorpresa, en la madrugada de la noche de Reyes, de 1744, y por eso sus padres le pusieron Gaspar Melchor, no sé por qué en este orden y no me pregunten por Baltasar. Tenía su casa siete balcones y tuvo abundantía fraterna y cariño paterno, aunque su posición social de hidalgo pobre -como Don Quijote- le obligó a ganarse la vida como Dios manda. En esta tesitura, decidió o le decidieron a hacerse clérigo y a los 13 años salió de su «escondite» como llamaba siempre a Gijón para estudiar en Oviedo, donde reinaba el admirable Padre Feijoo. De ahí marchó a Avila, seis años decisivos que lo convirtieron en adulto y lo acostumbraron a la soledad y al horizonte, rematando sus estudios en Alcalá. No pudo con la sotana, aunque le quedó una cierta propensión al celibato, raíz de su soltería. Ahorcados los hábitos, buscó hacer carrera en la Justicia, puesta ya la vista en la acción política, y su primer cargo importante fue en la Audiencia de Sevilla como Alcalde del Crimen, que eso sí que era llamar a las cosas por su nombre. En las tertulias sevillanas fue depurando y enriqueciendo su pensamiento, tanto en la lectura del primitivo liberalismo inglés como en los balbuceos de lo que hoy llaman algunos economía clásica. Mientras, en los estrados, se endurecía contra el crimen su voluntad.

En rigor, la idea fundamental de Jovellanos era la de conciliar los principios del liberalismo moderno, tanto en lo político como en lo económico, con lo que él llamaba «la Constitución histórica de España». Es decir, que para el prócer asturiano España no era una nación que desconociera la libertad, ni que hubiera dejado nunca de luchar por ella en su larga y azarosa historia sino que esa libertad no estaba delimitada claramente en una Constitución sino que latía en las muchas instituciones que, a lo largo de los siglos, habían creado precisamente la nación. Desde el Derecho Romano a los fueros medievales, desde la lucha de los comuneros contra Carlos I a la de los aragoneses contra Felipe II en defensa de sus libertades, pasando por los decretos de Nueva Planta que Felipe V introdujo para igualar a sus súbditos y abrir a todos el camino de América, Jovellanos veía una continuidad no sólo histórica, sino de orden moral. En ese sentido, es quizás el primer liberal moderno de nuestra historia, puesto que la nación es para él mucho más que un grupo humano o que una historia común: debe ser un proyecto ético en el que el individuo quede protegido y no tutelado por el Estado, donde la libertad sea la norma básica de la actividad pública y donde lo privado sea casi sinónimo de sagrado.

Continuidad, integración, renovación: ésos son los principios del pensamiento político jovellanista, ésa es la línea que guiará siempre su acción política: liberalizar España conservándola. Sólo entendiendo su propósito, ese afán al que consagró toda su vida, puede entenderse la mirada melancólica que Goya capta en su retrato, porque entre la nobleza de lo buscado y la vileza de lo tropezado hubo tal distancia, tanto naufragio, que sólo un desalmado dejaría de sentir tristeza.

Nunca le faltaron motivos para ello. Del mismo modo que el mozo jovellanos y otros mayores, como Aranda Floridablanca y Campomanes, seguían el camino de las reformas revolucionarias que en otros países pueden señalar los nombres de Adam Smith en las ideas o de Washington en la polítca, otra parte de España comprende que, por ese camino, el Antiguo Rñegimen, la situación reinante, los intereses creados, la Monarquía Absoluta y el dominio de la iglesia en los ámbitos del espíritu tienen sus días contados. Nace así la Reacción, en el sentido profundo del término, y lo hace mediante un instrumento práctimente olvidado durante el siglo XVIII: la Inquisición.

El proceso de Olavide, que había sido su amigo, mentor y anfitrión sevillano, fue el primer golpe serio que le hizo ver a Jovellanos las dificultades de su prósito político, Campomanes, su paisano y protector, lo sacó rápidamente de Sevilla -de donde cuentan que salió llorando- y lo nombró alcalde de Casa y Corte en madrid, donde los reformistas o liberales primitivos eran más fuertes que en ningún sitio y podían acogerse a la benignidad de la Corona. La Sociedad Económica Matritense es, si no su partido, al menos su trinchera. De ahí sale su informe sobre la Ley Agraria que se convierte en bandera de los reformistas y que muestra las dos preocupaciones básicas del gran gijonés: su empeño en crear un orden legal claro y conciso, donde la ley proteja al individuo y cualquier arbitrariedad quede expresamente prhibida, y también la refomra de las estructuras de propiedad, porque, a la manera inglesa sólo concibe esa nueva España sobre una base social amplia de nuevos propietarios, de lo que era entonces casi el único bien productivo: la tierra. Ahí levantó su bandera. Ahí levantó también los odios que le perseguirían toda su vida. Por esas paradojas de la política y de la vida española, es un gran golfo, Godoy, acoso el primer dictadoor moderno, el que le concede la oportunidad de poner en marcha sus planes. Jovellanos es nombreado ministro de Gracia y Justicia, puesto e n el que lleva a cabo, entre otras muchas cosas, la práctica eliminación del Santo Oficio, la limitación de la censura de libros y una desamortización de bienenes eclesiásticos de notabilísimo alcance, la primera de nuestra historia moderna. Junto a ello, una vasta reforma del Código Penal y otros muchos proyectos que quedan en nada cuando la facción absolutista se da cuenta de que este hombre tan amable y moderado en el trato es de hierro cuando se trata de hacer política. Y como no sabe disimular, a los nueve meses pierde de golpe todo su inmenso poder.

Comienza ahí una tragedia que durará hasta su muerte y que explica su célebre frase esperando que se le recuerde «con lástima y ternura». Por una denuncia anónima -en realidad, por la misma mano negra que atrapó a Olavide- es condenado a prisión en Mallorca, en el castillo de Bellver, en condiciones tan espantosas que su cuerpo se cubre de llagas y su espíritu ni siquiera puede disponer de recado de escribir para consolarse. El frío, la humedad, la inclemencia de los carceleros, las inútiles peticiones de clemencia a los reyes, acaban con su salud. Pero no con su ánimo. Y mucho tuvo que tener para después de la experiencia del apogeo y caída del Poder, de la que pocos salen, enfrentarse nada menos que con la invasión napoleónica y la guerra que le siguió. Mientras Carlos IV y su hijo competían en vileza ante Bonaparte, Jovellanos se negó a aceptar el poder que le ofrecía el Rey Intruso y se puso a trabajar en la reorganización del Estado y en la defensa de la nación a través de las Juntas y, en lo legal, trabajando en nuestra primera Constitución, la de Cádiz de 1812, popularmente llamada La Pepa. En el libro de Gaspar Gómez de la Serna Jovellanos, el español perdido o en el más reciente de Fernández Alvarez pueden seguirse con detalle las increíbles peripecias que este hombre ya sin más fuerzas que las del alma debe arrostrar durante la guerra. Yendo y viniendo de Cádiz, naufragando, huyendo, peleando, discutiendo, buscando siempre un punto de concordia entre los conservadores y los exaltados para que la Constitución saliera adelante con el acuerdo de todos, jugándose continuamente la vida por su país y por la libertad de todos. Y yendo finalmente a morir a su escondite, a su Asturias amada, en unos últimos meses tristísimos en los que ve, con la clarividencia del que ya está con un pie en el estribo, cómo esas ideas por las que había luchado, esa patria a la que entregó todo iban de nuevo camino del envilecimiento que trae siempre el despotismo. Sus últimas palabras fuerón éstas: «¡Nación sin cabeza!» «¡Desdichado de mí!».

Valían para ayer y valen para hoy mismo. Además de héroe, y muy a su pesar, Jovellanos fue profeta. Será también, para siempre, el español por excelencia, el primero de los nuestros.

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