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ISABEL LA CATOLICA: La decisión de España

El Mundo, 24 de agosto de 1997

Su reinado marcó para siempre el futuro de España. Uno de sus objetivos fue recuperar las tierras y bienes que su hermano había entregado a los nobles y clérigos. En 1810, durante la Guerra de la Independencia, los franceses profanaron su tumba y esparcieron sus cenizas al viento.

ISABEL LA CATOLICA: La decisión de EspañaEl 24 de agosto de 1468, los personajes principales de la Corte de Enrique IV de Castilla, El impotente, tuvieron noticia de que el Rey había firmado la víspera o la antevíspera un documento por el que reconocía como su legítima heredera y sucesora a su hermana Isabel.

A los 17 años, Isabel había vivido lo bastante como para tener claro el sentido de su existencia. Cuando aquel 24 de agosto la adolescente rubia, de piel muy blanca y ojos azules -herencia de los Lancaster- esperaba en Cebreros el documento que su hermano Enrique había firmado a pocas leguas -en Cadalso de los Vidrios- reconociéndola como Princesa de Asturias y heredera del trono, tenía ya la misma contextura física, espiritual y política de su madurez. Sabía lo que quería y, sobre todo, lo que no quería, que era precisamente lo que estaba bien a la vista en Castilla. Isabel se hizo mayor a golpe de zozobras y desventuras. En la niñez, muerto su padre y alejada su madre de la Corte, vio cómo ésta se volvía loca, destino trágico que siempre le alarmó y que le aguardaba en otra estación de su vida. La criaron casi portuguesa, pues portuguesas fueron sus primeras ayas, y aprendió al tiempo el castellano y el luso. La religión se convirtió en un consuelo y hasta en un refugio desde que tuvo uso de razón.

Pero aquella muchacha inteligente, hermosa según los gustos de la época, piadosa y retraída, parecía abocada a un destino poco halag|eño. La degradación de la Corte y los escándalos de Enrique; el menosprecio de éste a su madre; la soledad; la falta de recursos, lindante con la escazez, que madre e hija padecieron; la sombre de un matrimonio forzado -del que se había librado poco antes por la súbita muerte del maestre de Calatrava, viejo rijoso al que la había prometido Enrique IV para asegurarse el apoyo de su hermano el marqués de Villena- y el peligro que corría su vida en aquel baile de golpes de mano, cambio de herederos, raptos y asesinatos, la hicieron madurar a la fuerza. También la hicieron extremadamente cautelosa, aunque no medrosa. Cuando tuvo ocasión de acceder al poder y de ejercerlo, nunca dudó. Pero no había en ella improvisación sino reflexión acorde con las circunstancias. Y por cierto, que desde aquel 19 de septiembre de 1468, cuando fue jurada Princesa de Castilla en la venta de los Toros de Guisando, no faltaron circunstancias para poner a prueba el ánimo más esforzado. Eso mismo pidió la víspera en la capilla: «Seso y esfuerzo» para defender su derecho. Nunca le faltaron.

Al morir su hermano Alfonso, había recibido ya la oferta de matrimonio de Fernando de Aragón, pero no aceptó hasta ser jurada como princesa y sucesora. Sin embargo, apenas se perfiló la boda, muchos nobles castellanos y el rey Alfonso de Portugal, tío de Isabel, trataron de desbaratarla a toda costa. Existía el peligro -aunque nunca se previó tan grande- de la creación de un poder hegemónico en la Península que acabara con el precario equilibrio de los tres reinos y con la abundosa cosecha para los nobles del desgobierno de Castilla.

Naturalmente, los jóvenes príncipes, buscaban precisamente lo que casi todos los poderosos trataban de evitar. Se casaron al año siguiente en una situación rocambolesca: la novia huyendo del Rey, su hermano y el novio llegando al lugar secreto del matrimonio disfrazado de labriego. La sorprendente madurez de Isabel, con 18 años, sólo era superada por la insultante precocidad de Fernando que, con uno menos, ya tenía dos hijos bastardos. Pero además de aficionado al juego y las mujeres, el heredero de Juan II tenía la inteligencia y el carácter necesarios para emprender lo que más que un matrimonio ventajoso se presentaba como un reto personal, político y militar de dimensiones históricas. Que dos personalidades tan fuertes y dos coronas tan complejas fueran capaces de unirse, durar y fortalecerse mutuamente parecía imposible. Pero fue. No es que España naciera de los Reyes Católicos, pero en su reinado se decidió. Y en esa decisión, la clave fue Castilla, o sea, Isabel. El 8 de septiembre, Isabel notificó a su hermano su decisión de casarse con el Rey de Sicilia, título dado por Juan II a su heredero antes de la boda. El 14 de octubre lo conoció en Valladolid y firmaron el compromiso. Cinco días después se casaron. Tras consumar el matrimonio, Fernando mostró en público la sábana nupcial, no tanto o no sólo para atestiguar la doncellez de la esposa sino para mostrar la capacidad sexual del esposo, hecho nada menor en el reino de El impotente.

Pero la luna de miel fue una vela de armas, preparando la guerra que se les venía encima y se presentaba muy adversa. Primero fue Enrique; luego, Juana de Portugal; siempre, los nobles; y, más que nadie, Portugal: todos trataron de impedir que Isabel ciñera la corona. Diez años de guerra padeció Castilla hasta que, finalmente, portugueses y nobles castellanos se rindieron. En esa guerra, que fue una contienda civil castellana pero sobre todo una durísima guerra peninsular, no sólo maduraron políticamente los jóvenes príncipes sino que fueron creando una dinastía llamada a heredar la España cristiana. Hecha la paz, Castilla participó en las empresas bélicas de Aragón rompiendo su alianza tradicional con Francia y renunciando a la expansión africana, precio del pacto con Portugal. A cambio, Aragón participó en la guerra civil castellana y, después, en la de Granada, que duró otros 10 años.

Hoy se recuerdan el descubrimiento de América y la conquista de Granada en 1492, que supusieron la consagración internacional de Isabel y Fernando. Pero ambas hazañas, amén de la conquista del trono castellano, sólo fueron posibles por las reformas, casi nunca originales pero sí hechas a fondo, de la Administración, de la Iglesia, de la corte y de la propia Monarquía. Isabel se empeño en recuperar las tierras y bienes entregados a los nobles y clérigos por su hermano, y poco a poco, negociando siempre, lo consiguió. El objeto no era sólo tener más poder sino sanear la hacienda. Sólo así pudieron financiarse tantas y tan costosas empresas. Durante el reinado de los Reyes Católicos bajaron los impuestos aunque se acrecentaron mucho los ingresos reales. Eso, junto a la mejora del orden público con la Santa Hermandad, los hizo inmensamente populares en el recuerdo de sus súbditos. Isabel era tan ahorradora, pese a su cuidadísimo aspecto exterior, que guardaba hasta los retales de tela de los vestidos de sus hijas. Fernando era directamente tacaño, hasta en el juego. Bendición doble que castellanos y aragoneses no olvidaron jamás. Tampoco la expulsión de los judíos, en la que ni Isabel ni Fernando habían pensado jamás, pese a que España era el único país importante de Europa de donde no habían sido echados o exterminados. Francia lo hizo un siglo antes e Inglaterra, dos. Y si en Castilla y Aragón se llegó a ese extremo no fue por razones económicas ni políticas, sino esencialmente religiosas- la Iglesia, mucho menos corrompida pero más poderosa, amén de la opinión pública, acabaron imponiéndolo como un remedio brutal contra la herejía latente o presente en los cristiano nuevos, que fueron decisivos en el proceso de expulsión.

Los 100.000 judíos expulsados en la primavera-verano de 1492 no supusieron una ruina para España. La conquista de Canarias, la incorporación de Navarra y el Tratado de Tordesillas con Portugal para la colonización de las Indias fueron hitos en la consolidación del poder de los reyes. Pero lo que con ellos se había, en sus descendientes se deshacía. El heredero, don Juan, murió a poco de casarse, sin descendencia. Su hija mayor, Isabel, tan parecida a la Reina, casada con Alfonso de Portugal, quedó viuda a los ocho meses y entró en un convento. Juana, casada con Felipe de Habsburgo cuando Juan lo hizo con su hermana margarita, reveló pronto los síntomas de locura de su abuela Juana, agravados por los malos tratos de Felipe, uno de los mayores canallas y más desvergonzados traidores que hayan aspirado al trono español. Aunque Fernando se encargó de que no lo consiguiera, las horribles peripecias de Juana amargaron la vida de sus padres, en especial de la Reina, que ya no se recuperó. Catalina, casada con Arturo, príncipe de Gales, y luego con su hermano Enrique VIII, arrastró la maldición de Enrique IV y su tragedia vive en los teatros. La pequeña María, escapó al cuadro trágico, pero sin compensarlo.

Isabel, rota, murió en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504, sin conocer a su nieto, el futuro emperador Carlos. Con su confesor podía hablar latín, porque, cautivada por los primeros frutos del Renacimiento, lo aprendió cuando ya era Reina y madre. Dejó un impresionante testamento, prueba de la sinceridad de su fe y de la fuerza de su personalidad, y fue enterrada en Granada, junto a Fernando, que murió en 1562. En 1801, durante la Guerra de la Independencia, los franceses dieron prueba de su exquisitez abriendo los féretros y aventando sus cenizas. Era tarde, sin embargo, para borrar la huella más profunda y duradera de la Historia de España.

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