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NICETO ALCALA ZAMORA: El desheredado de la República

El Mundo, 14 de septiembre de 1997

De origen humilde, tuvo de niño como maestros a su padre y un albañil. Coincidió con Azaña de joven y se profesaron una antipatía mutua. Al caer la dictadura fue elegido presidente por unanimidad. Lo enterraron en el exilio con un crucifijo y dos puñados de tierra española.

NICETO ALCALA ZAMORA: El desheredado de la RepúblicaDe entre los personajes respetables de la II República, que no son tantos, quizás ninguno ha sido menos respetado que el que fue su primer jefe de Gobierno y primer jefe de Estado. Oscurecido por el que lo sucedió en ambos cargos, Manuel Azaña, combatido por quienes debieron haberle defendido, abandonado por quienes debieron haberle buscado, odiado minuciosamente por los dos bandos de la Guerra Civil, despreciado por los historiadores y olvidado por sus compatriotas, Niceto Alcalá Zamora, Don Niceto para los suyos, El Botas para sus enemigos, es hoy un ilustre desconocido, deslustrado a fuerza de olidos.

Y sin embargo, pocas carreras políticas más relevantes, pocas trayectorias biográficas tan dignas de consideración y quizás ninguna tan noblemente arrastrada hasta el final, como una cruz, por quien sólo al Nazareno veneró tanto como a su patria. Hay imágenes que ilustran toda una existencia y la de Alcalá Zamora en los últimos días de su exilio en Argentina es una de ellas. Contaba a la sazón 72 años, estaba flaco, algo encorvado (él, que había andado siempre tan tieso) y se había dejado una larga barba blanca. Su fervoroso catolicismo, que nunca fue obstáculo sino complemento de su fe liberal, le llevó a vestirse en los últimos días de ermitaño, como para llegar al juicio último sin más recursos de abogado ni eximentes mundanas que su fe y su probidad. Murió sin hacer ruido, por la noche, y lo enterraron, según su voluntad, con un crucifijo entre las manos y dos puñados de tierra española junto al corazón, uno de su Priego natal, en la provincia de Córdoba; otro, cogido en los Pirineos, antes de cruzarlos camino del exilio. En su féretro, la última bandera republicana que se arrió en esa frontera, en Prats de Molló, conservada para el último paso. No tenía bienes; trabajó hasta el final muy duramente; al cementerio de la Chacarita le acompañaron muy pocos. Como si no hubiera sido nadie.

Sin embargo, lo había sido todo. Nació en una familia fervorosamente liberal, con casa presidida por dos grandes retratos: uno de Espartero y otro de Prim. Estaba éste dedicado por el Héroe de Castillejos a uno de los personajes más novelescos de la familia, su tío carnal Luis, un cura que dedicó su vida a tratar de conciliar el catolicismo y el liberalismo, que fue ayudante de Prim en su época de conspirador, que votó con sotana en las Cortes la libertad de cultos y que murió en Cebú (Filipinas) cuando preparaba su vuelta a España para conciliar políticamente la fe y la libertad.

No era el único antepasado aventurero de la casa: destaca, entre otros, un abuelo que renunció al uniforme para no servir a Fernando VII cuando éste rechazó la Constitución de Cádiz. Ese fue el espejo para el joven Niceto en la vida pública. Pero salir adelante en la privada le costó Dios y ayuda. Su familia tenía ingresos escasos y tuvo que estudiar por su cuenta en el pueblo, con su padre y un antiguo albañil como maestros. Los libros, de prestado. Iba a examinarse a Cabra en un borriquillo negro, imagen que recordó más de una vez con orgullo, porque tuvo, pese a las estrecheces, una infancia feliz. Su padre, que lo hubiera querido militar aceptó su vocación por el Derecho y, a los 17 años y con las mejores calificaciones, se licenció en Granada.

Poco después conoció a Pura Castillo, de la que se hizo novio y que había de ser la mujer de su vida, pero, por no tener la edad legal, ni podía ejercer de abogado ni casarse. Siguió sus estudios en Madrid y consiguió el premio extraordinario en su doctorado con una tesis sobre El Poder en los Estados de la Reconquista. Corría el año 1899. Ese mismo año gano, con el número uno, las oposiciones a letrado del Consejo de Estado. Tenía sólo 22 años. Y se casó, claro.

Sus dos vocaciones, el Derecho y la política, confluyeron de forma natural. Aliada de ambas fue su elocuencia, asistida de una memoria prodigiosa. Fue el orador más celebrado de su tiempo, hasta la revelación de Azaña, con el que había coincidido siendo ambos pasantes en el bufete de Cobeña y donde contrajeron una antipatía mutua que habría de ser histórica. Alcalá Zamora publicaba incesantemente y empezaba desde abajo su carrera política en el Partido Liberal. Su bibliografía revela en los títulos una gran afición literaria: Los problemas del Derecho como materia teatral, El Derecho y sus colindancias con el teatro de Ruiz de Alarcón, Dudas y temas gramáticos, la oratoria española o El Pensamiento de El Quijote visto por un abogado. Elegido Académico de la Lengua, fue vetado por Primo de Rivera. Así pudo precederlo Antonio Machado.

Su carrera política, siempre dentro de un liberalismo moderado, comenzó como secretario político de Romanones, con el que trabajó en los ministerios de Fomento, Justicia y Gobernación. En 1906 fue diputado por La Carolina; en 1910, director general de Administración Local y, luego, subsecretario de Gobernación. En 1917 fue llamado por Maura para el Ministerio de Instrucción Pública y, tras frustarse ese gabinete, por García Prieto para Fomento. Siempre en las Cortes, un tanto por su cuenta al desperdigarse el Partido Liberal y encallar el maurismo, formó parte de la Comisión que estudia las responsabilidades de la Guerra de Marruecos y el famoso Expediente Picasso: lo que vio le parecieron «emanaciones de alcantarilla». Por su acendrado españolismo y su interés en la defensa nacional, dentro del razonado antimilitarismo que se había revelado en su resonante discurso contra la construcción de una nueva Armada en 1918, García Prieto le confía en 1922 el difícilísimo Ministerio de la Guerra. De esa querencia lo desalojará el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923.

Después de haberlo sido casi todo en la monarquía parlamentaria, comienza en su carrera política republicana al caer la dictadura. Es tan evidente su superioridad sobre los demás conspiradores que en el Pacto de San Sebastián es elegido presidente por unanimidad y, al llegar la República, pasa de la cárcel a la Presidencia del Gobierno provisional sin un solo contrincante. Tras una eficaz mediación con Maciá, es elegido presidente de la república. Vive su máxima popularidad.

Pero la República no es el régimen de orden, moderado, respetuoso con las libertades y con la religión, que se había propugnado y que, por su prestigio, había atraído a tanta gente. Se queda solo respaldando a Maura cuando éste quiere impedir la quema de iglesias sacando a la calle a la Guardia Civil. Al discutirse la Constitución, dimite, y luego rectifica, por la prohibición de la enseñanza religiosa y la expulsión de los jesuitas. Sus desacuerdos con Azaña los expondrá en Los defectos de la Constitución de 1931. Todo lo relativo a religión y libertades le aparta del bloque republicano-socialista, aunque le convencen para que siga en el cargo a fin de mantener una apariencia moderada. Sin embargo, en 1936 y, a pesar de que había conseguido el indulto de los condenados a muerte por la revolución asturiana de 1934, el Gobierno del Frente Popular, mediante lo que políticamente es un auténtico golpe de Estado, lo destituye por haber disuelto las Cortes... ¡a petición de los mismos que lo destituyen! Prieto y Azaña perpetran esta felonía suicida, porque convierte a la República toda en representación de sólo media España. Pero tampoco la derecha defiende a Alcalá Zamora.

Al estallar la Guerra, que lo encuentra de viaje a Escandinavia para olvidar amarguras, los dos bandos lo persiguen: unos saquean su casa de Madrid, roban sus bienes, sus cajas de seguridad en el banco y el manuscrito de sus Memorias. Los otros vejan a sus familiares andaluces y arrancan hasta los árboles de su finca La Ginesa. Sus dos hijos, Luis y Pepe, son persuadidos por Araquistáin para que se presenten voluntarios en las trincheras republicanas, donde son utilizados publicitariamente contra su padre. Pepe tiene sólo 16 años, cae enfermo y no le dejan volver con su familia, hasta que muere en Valencia. Doña Pura, su madre, no le sobrevive mucho tiempo y en 1939 don Niceto queda viudo. Como ni franquistas ni republicanos le prestan la menor ayuda para sostener a su familia, tenía otras cuatro hijas, acaba huyendo desesperado de Francia camino de Argentina. El estallido de la Guerra Mundial hará que su viaje dure 441 días. En el destierro seguirá manteniendo la fe en sus ideales de siempre: el Derecho, la libertad y España. Vive al límite de la pobreza, trabajando en lo que se le presenta. Escribe en los periódicos, en las revistas culturales y en las del corazón, lo mismo sobre escritores que sobre la mujer en la Historia o en el teatro. Publica un manual clásico sobre Lo Contencioso-Administrativo. Da clases. Prepara a opositores. Casi ciego, su vista fue pésima, dicta los artículos y es aún capaz de repetir de memoria sus discursos históricos. El régimen de Franco quiere que regrese a España y le ofrece negociar la devolución de sus bienes, a lo que él se niega. Su última conferencia en Buenos Aires estuvo dedicada al Quijote. Dignísimo final.

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