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MARIA DE ZAYAS: La primera novelista española

El Mundo, 5 de octubre de 1997

Perteneció a la literatura del XVII. Estaba más cerca de Gómez Manrique que de Jorge y muy alejada de la vía regia que va de Garcilaso a Quevedo. Sorprende la libertad con que se comportan sus personajes femeninos en el aspecto sexual. Pardo Bazán dijo que en ella «se da la picaresca de la aristocracia».

MARIA DE ZAYAS: La primera novelista españolaSabemos cuándo nació, dónde y de quién. No sabemos, en cambio, cuándo murió, ni en qué lugar, ni bajo qué circunstancias. Tampoco conocemos su estado: si fue casada o soltera, viuda o monja, disipada o virtuosa, amiga del mundo o desengañada de sus vanidades. Ni siquiera se ha llegado a averiguar si las gustó alguna vez, quizás muchas, o se anduvo alejada de cualquier tentación. Que pensó en el amor más que en otra cosa, podemos suponerlo por sus escritos. Que se supo y se quiso mujer, y se enfadó con la vida que entonces llevaban las mujeres, también podemos afirmarlo por lo que ella misma dice. Pero de sus experiencias vitales femeninas estamos en ayunas. Es, pues, María de Zayas, hija de su obra, destino éste acaso el más glorioso de todo escritor. Vayamos a la cuna. En Madrid, el 12 de septiembre de 1590, reinando Felipe II, doña María de Barasa, esposa legítima de don Fernando de Zayas y Sotomayor, que servía como caballero al conde de Lemos, dio a luz una niña, también llamada María. Dentro de las costumbres de su tiempo, debió tener esmerada educación en casa y horizontes abiertos fuera de ella. Suponemos que acompañó a sus padres a Nápoles cuando el Conde fue nombrado Virrey, pero no tenemos datos seguros sobre su estancia italiana. Sabemos también que vivió en Marid e incluso que retornó. Por este último paréntesis ha podido creerse que terminó sus días donde nació. En medio, viajes y estancias, tal vez algún matrimonio, en Zaragoza, Sevilla o Granada, aunque Madrid fuera el puerto de su travesía literaria. Allí la coloca Lope en su Laurel de Apolo, y nada menos que «Sibila de Madrid» la llama en La Garduña de Sevilla Castillo Solórzano: «En estos tiempos luce y campea con felices lauros el ingenio de doña María de Zayas y Sotomayor, que con justo título ha merecido el nombre de Sibila de Madrid, adquirido por sus admirables versos, por su felice ingenio y gran prudencia, habiendo sacado de la estampa un libro de 10 novelas que son 10 asombros para los que escriben deste género, pues la meditada prosa, el artificio dellas y los versos que interpola, es todo tan admirable, que acobarda las más valientes plumas de nuestra España».

Este libro de asombros es el titulado Novelas amorosas y ejemplares o Decamerón Español, que ya en su portada hace pensar en Boccaccio y Cervantes. Sin embargo, de Boccaccio toma sólo la fórmula de una reunión por culpa de una enfermedad (en vez de la peste, unas cuartanas de hermosa Lisis), sin imitar lo escabroso del lenguaje ni lo explícito de las descripciones aunque vaya mucho más lejos en la crudeza de las historias. En realidad, muchos escritores han utilizado la fórmula boccaciana para presentar una colección de historias diferentes tenuemente engarzadas por un hilo común.

Por su época -nuestra autora era quinceañera cuando se publicó la primera parte del Quijote-, hay que buscar en Cervantes y sus Novelas ejemplares el referente fundamental de doña María, pero la desenvoltura y libertad de sus personajes, fundamentalmente los femeninos, la alejan no sólo del Manco glorioso sino también de los grandes entre sus contemporáneos: el Tirso de Los Cigarrales de Toledo, el Lope de las Novelas a Marcia Leonarda o el propio Castillo Solórzano. Los eruditos de hoy se empeñan en considerarla «moderna» porque les recuerda cosas actuales: unos la reputan antecesora de Freud; otras, sufragista con miriñaque, y no falta quien la tiene por romántica antes de tiempo.

Por lo visto, no se les ocurre pensar que hay asuntos permanentes en la literatura de todas las épocas y que, en todo caso, serán los románticos los que repiten a los barrocos, no al revés; y serán las feministas modernas las que continúen y no inauguren el camino de doña María o de su contemporánea Sor Juana. La propia literatura española ofrecía en el siglo XVII ejemplos logradísimos, no sólo antiguos como los de don Juan Manuel o Timoneda, sino tan cercanos al barroco profundo como La Celestina, El Lazarillo, donde cualquier escritor, con faldas o con greg|escos, se siente cautivo del idioma gentil y de la libertad de juicio.

Y esas dos cualidades campean en las dos colecciones de relatos, las dos partes de su obra en prosa, que son los 10 publicados en 1637 como Novelas ejemplares y amorosas y los otros 10 publicados, bajo el subtítulo de Desengaños, una década después. Tanto la poesía que aparece intercalada en ellos como la que publicó antes en diversas antologías (Botello, Montalbán, Cuevas, Del Castillo o la Fama Póstuma dedicada a Lope) no está a la altura de su prosa. Es aseada, pero convencional y cortesana. Más cerca de Gómez Manrique que de Jorge y muy alejada de la vía regia que va de Garcilaso a Quevedo.

En cambio, como novelista es de una frescura y novedad sin precedentes ni tampoco seguidores. Tiene de su época el gusto por la violencia, la crueldad, la magia y los encantamientos. La moral en ella no es moraleja sino escarmiento. Ni ahorra episodios picarescos cuya crudeza no desmerece del Buscón quevedesco, ni queda atrás de las bizanterías cervantinas en otros como La fuerza del amor o El prevenido engañado. Pero quizás lo que más sorprende en ella es la libertad con que se comportan los personajes femeninos en el aspecto sexual y amatorio. Desde la que persigue a un hombre que ve por el balcón hasta la que guarda un amante negro en el establo hasta devorarlo sexualmente, «antes de infinitos adulterios».

Invariablemente, hay mujeres que acaban mal por la liberalidad con que entregan su cuerpo; pero no son todas, ni mucho menos, y es notable lo poco que miran al decoro personal o familiar cuando siguen sus impulsos, que es casi siempre. Al hecho añaden el dicho. Aprovechando los diálogos de los distintos narradores en torno a la discreta Lisis, María de Zayas critica con la misma libertad que muestran sus personajes las idea de la época acerca de la honra y la virtud, que tanto perjudicaban a las mujeres y beneficiaban supuestamente a los hombres. Así, en frase que recuerda las de Juana Inés de Asbaje, dice Lisis a un galán que proclamaba su deseo de encontrar mujer tonta y honrada: «Y cómo sabrá ser honrada la que no sabe en qué consiste el serlo?». Doña Emilia Pardo Bazán decía en su edición de algunas novelas zayescas: «Veo en ella a la mujer todavía muy penetrada de la sana y fuerte cultura que se debió a la iniciativa valerosa de la gran Isabel y resuelta a protestar contra el infeliz descenso del nivel femenino, descenso que ya se anunciaba en los últimos Austrias y que se consumó totalmente bajo los reyes de la Casa de Borbón». Y prueba tal conciencia con esta cita: «En la era que corre estamos con tan adversa opinión con los hombres, que ni con el sufrimiento los vencemos ni con la conciencia los obligamos». Peores tiempos llegarían: en el XVIII, la Inquisición prohibió reeditar sus novelas. Y es que tiene la cortesía de la claridad: ¿«Por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para la venganza, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas? ¿Nuestra alma no es la misma que la de los hombres? (...) Por tenernos sujetas desde que nacimos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la verg|enza, dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas».

De la burla picaresca, abonada al tremendismo, que domina la primera serie novelesca, pasa en la segunda al motivo barroco por excelencia: el Desengaño, que es a veces notación de la injusta burla de las mujeres por los hombres y, en otras, expresión dolorida y casi metafísica de la imposibilidad de los sexos para vivir lealmente y en armonía, tan distintas son las fuerzas que los gobiernan. En La esclava de su amante, La inocencia castigada, El verdugo de su esposa o Mal presagio casar lejos, un hado siniestro domina las vicisitudes amorosas. De la carcajada en El castigo de la miseria pasamos a la melancolía y el pesar de Estragos que causa el vicio, última narración y despedida aparente de la autora. No hay dignidad en el amor: «¿Qué más desengaño aguardáis que el desdoro de vuestra fama en manos de los hombres?»(...) ¿Es posible que con tantas cosas como habéis visto y oído no reconozcáis que en los hombres no dura más la voluntad que mientras dura el apetito, y en acabándose, se acabó?» Lisis entra en un convento al final de las novelas y por ello muchos de sus críticos y editores han supuesto que ése fue el destino último de doña María. Azorín se la imaginaba en una buhardilla madrileña, mirando los tejados lluviosos y los gatos vagabundos. Tal vez llevaba razón y su desaparición lo fue en el aire, no en la tierra. Acaso habita las sombras de cualquier casa del Madrid de los Austrias. Puede ser esa viejecita del pelo blanco, con una lejana luz en la mirada, que encontramos a veces en la portería. Tal vez en ese territorio, irreal pero cierto, vive, nos vive aún, la primera novelista española.

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