Federico Jiménez Losantos

Intelectuales Segunda República

Víctor LLano

La Navaja de Ockham

Servicios

Noticas en directo

CARLOS III: La discreción hecha rey

El Mundo, 12 de octubre de 1997

Comenzó a reinar a mediados del siglo XVIII. Conocido como el mejor alcalde de Madrid, expulsó a los jesuitas de España, acusados de complicidad en el motín de Esquilache. Durante su mandato, nace el futuro Banco de España, se crea la Lotería Nacional y se instauran los Consejos de Ministros.

CARLOS III: La discreción hecha reyLe llamaron El mejor alcalde de Madrid, pero lo cierto es que tuvo que salir huyendo de la Villa y Corte, presa del pánico, y nunca le perdonó al pueblo madrileño el miedo que pasó. Se le cree un gran trabajador, pero dedicó a cazar muchas más horas al día que a cualquier otra cosa, incluído el Real despacho. Tiene ojos de pájaro en los maravillosos retratos de Goya, pero la verdad es que fue casado y viudo célibe, caso lindante con lo milagroso tratándose de Rey y de Borbón. Iba a misa todos los días, rezaba al levantarse y al acostarse, pero eso no le impidió expulsar a los jesuitas de España y de las Indias. Fue tan clemente en sus juicios que para ahorcar a un conspirador tuvieron que hacerlo a escondidas, pero no le perdonó a su hermano Luis el casarse con una persona que no era de sangre real. Famoso por su prudencia, echó a perder inútilmente la flota en Trafalgar. Tenido por el Rey de las Luces y racionalista por excelencia, fue quizás el más creyente de su Corte y fundó la Lotería Nacional. En fin, de los malentendidos que rodean su figura, sólo se salva el de la alcaldía madrileña. Nadie ha hecho tanto como él para que Madrid parezca una capital.

Llegó al trono de España y las Indias de rebote, después de haber reinado felizmente un cuarto de siglo en Nápoles. La muerte de su hermano Fernando VI, aquejado de los mismos raptos de locura y depresión que su padre Felipe V, le hizo temer siempre por su salud mental. A eso se debió su cautela en la lectura y su afición por la caza, a la que dedicó todas las tardes de sus casi tres décadas como soberano español. Nunca hemos tenido un rey tan puntual ni tan reglamentado.

Sabemos por el Conde de Fernán Núñez, su fiel servidor, que se levantaba sin falta a las seis de la mañana, fuera invierno o verano, se vestía y rezaba; a las siete, desayunaba su chocolate, oía misa y pasaba a ver a sus hijos recién levantados; a las ocho, se ponía a trabajar en su despacho hasta las once, nunca más de esas tres horas para todo un imperio. Luego, charlaba con los familiares, colaboradores y el confesor, recibía en audiencia a los enviados extranjeros y dejaba llegar la hora de comer, siempre en público, y, en verano, añadía al postre la siesta. Llegados los fríos, para aprovechar la luz, se echaba inmediatamente al campo en hábito cinegético. En verano, las piezas eran visibles hasta más tarde. Al hacerse de noche, cenaba, jugaba a las cartas un rato, se iba a la cama, rezaba sus oraciones y dormía como un bendito hasta las seis de la mañana. Y vuelta a empezar. Como el célebre filósofo, podía habérsele empleado para poner en hora a los relojes. Era tan cuidadoso de la puntualidad, que si llegaba pronto a una audiencia aguardaba con la mano en la puerta a que fuera la hora exacta para entrar.

Todo lo que tenía de cuidadoso con el tiempo lo tenía de abandonado con su atuendo, que lo usaba hasta que se le caía a jirones y los servidores se lo cambiaban por otro nuevo sin decírselo. Teníanle los que le rodeaban más afecto que los que le obedecían, pero él no se cuidaba mucho de lo uno ni de lo otro. Sólo una conciencia acusadísima de sus obligaciones como Rey gobernaba su conciencia. Y como le costaba tanto cambiar de ministro como de sombrero, la continuidad reinó con él en las Españas, en política como en todo. Si se mira de cerca, el reinado de Carlos III no es sólo el de un buen monarca sino, sobre todo, el del buen tino en manejar una clase dirigente comparable a las mejores de su tiempo y en favorecer el nacimiento de una sociedad civil, criatura la más preciosa de la época. Con poco más de nueve millones de habitantes, España sigue siendo una gran potencia, mediterránea y atlántica.

Bajo Carlos III y tras la paz de Versalles, la Corona de España alcanza su máxima extensión americana, incluyendo tres cuartas partes de lo que hoy son los Estados Unidos; y contribuye a su independencia de Inglaterra a través de figuras militares tan extraordinarias como Bernardo de Gálvez, el reconquistador de la Florida.

Todo ello se hace bajo el dominio británico en todos los mares y buscando la alianza, que no sumisión, francesa, amén de pactos muy eficaces con Portugal y Marruecos. También se desarrollan las relaciones con Prusia y Turquía, para compensar el expansionismo de Rusia y Austria, favorecido por Inglaterra. Se trata, en fin, de un torneo de ajedrez con muchas partidas simultáneas, pero donde los españoles, dentro de sus posibilidades, se mueven como pez en el agua.

El nacimiento de la Sociedad Civil, de la que son expresión las Sociedades Económicas de Amigos del País y las instituciones educativas no religiosas, cuenta como instrumento esencial con la prensa y la imprenta, que conocen un auge extraordinario. Periódicos como El Censor, periodistas como Nipho. Intelectuales como Meléndez Valdés, Jorge Juan, Jovellanos y un largo etcétera, propagan los ideales de la Ilustración, dentro de un tono siempre moderado y reformistas con una sola excepción: los jesuitas.

Solos o con la ayuda de Pombal, los masones españoles, con Aranda a la cabeza y Campomanes al estribo, consiguen expulsar a la compañía ignaciana como ya habían hecho Portugal y Francia. No fue un acto antirreligioso sino un ajuste de cuentas dentro de la clase dirigente y de la misma iglesia. Baste decir que en una encuesta tras la expulsión, tres de cada cuatro obispos se manifestaron satisfechos con la medida, que si bien era fruto de una maquinación, obedecía a problemas políticos de más calado.

Nacen el futuro Banco de España y el futuro Consejo de Ministros; se promueve la investigación científica a pesar de la esclerosis universitaria -los colegios mayores son bastidores del inmovilismo-; se impulsan a través de la sociedad toda clase de proyectos educativos, puesto que la instrucción es una segunda religión para los ilustrados. En fin, con sus peculiaridades y divisiones naturales, España vive una tensión soportable y fructífera entre las fuerzas tradicionales que defienden la paz social y las incontables iniciativas para mejorar la situación económica y social. Todas las reformas de Carlos III parecen hacerse con el freno puesto, pero tal vez por eso, con la perspectiva del tiempo, nos parece la época más constructiva entre los Reyes católicos y Cánovas.

No todo son luces. Aunque no toleró que la Inquisición se implantase en Nápoles, Carlos III tampoco llegó a suprimirla en España, y aún permitió coletazos aislados como el proceso a Olavide. Pero sin duda en esas tres décadas se perfilaron las fuerzas sociales que, con el tiempo, defenderían tanto a la Nación como a la Libertad, nombres que aún no eran de curso legal. Además de las sobras, tampoco faltan los misterios. Acaso el más importante, por las consecuencias que tuvo, fue el Motín de Esquilache, que terminó con el primer lustro de reinado carolino bajo la influencia de los consejeros heredados de Italia, bien el valido Squilacci, bien el sabio corresponsal Tanucci, un talento excepcional entre los muchos de su época.

No sabemos aún cómo las medidas higiénicas de Esquilache para mejorar la urbanidad madrileña -de la que el recorte de capas y sombreros fue innecesaria anécdota- degeneraron en motín, el saqueo de la casa del italiano, la huida del Rey empavonecido a Aranjuez y la imputación a los jesuitas de todo el lío, que, convenientemente manejado por Aranda y Campomanes, acabó con su expulsión. Tal vez en la masonería, en el naciente «Partido Aragonés» y en zonas reformistas de la propia Iglesia que habrían luego de manifestarse en Cádiz, puedan rastrearse y, quién sabe, hasta encontrarse las claves de un hecho que, finalmente, desembocó en la reposición de los ministros reformadores de la época de Fernando VI y sus continuadores.

Campomanes en la economía y la administración; Aranda en la política interior e institucional; Floridablanca en la política exterior son las figuras más brillantes de un reinado tranquilo en el que, bajo las pelucas empolvadas, se maquinaba la lucha por el poder. Don Pedro Abarca de Bolea, conde de Aranda, y don José Moñino, conde de Floridablanca, lucharon por el privilegio de gobernar las reformas que aquella corte monótona promovía.

La imagen que nos ha quedado del reinado de Carlos III no es, sin embargo, la de sus grandes personajes, sino la de las bellas artes y las obras públicas. En pintura, detrás de Tiépolo y Mengs, se abre paso el joven Goya, cuyo talento asoma ya en los cartones para tapices y en los retratos del rey. En arquitectura, Sabatini, tras destronar a Ventura Rodríguez, culmina austeramente, limpiando de figuras el techo, el Palacio Real, la obra más importante de este tiempo, escoltada por los Reales sitios. Y aunque la imagen más popular es también suya -la Puerta de Alcalá- será Juan de Villanueva quien con el Museo de Ciencias Naturales, hoy Museo del Prado, abra la joya definitiva de una Corona y una época tan amables, tan perdurables.

Encuesta


©