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SAGASTA: El presidente del 98

El Mundo, 16 de noviembre de 1997

Fue siete veces presidente del gobierno. Raptó a una casada a la puerta de la iglesia. Su lema «no hay orden sin libertad ni libertad sin orden». Pronunció 2.542 discursos en 48 años. Trajo la Ley del sufragio Universal masculino, el Código Civil, la Ley de Régimen Local y el Matrimonio Civil.

SAGASTA: El presidente del 98Don Práxedes Mateo Sagasta fue nada menos que siete veces presidente del Gobierno, aunque ahora se le recuerde sólo en 1898, cuando España perdió Cuba y Filipinas. También fue ministro de todo, excepto de Hacienda, a pesar de que era hombre de números, ingeniero brillante y compañero de aula de Echegaray.

Dijo de él Azorín que nunca leyó un libro, exageración cierta en quien fue tres años director del periódico La Iberia y devorador de la letra impresa con fecha de caducidad. La pena es que no quisiera escribir ninguno, porque no ha habido ni seguramente habrá político español con una trayectoria semejante: diputado en 16 Cortes y 34 legislaturas, presidente del Congreso e, incansablemente, del Consejo de Ministros con dos dinastías, las de Saboya y Borbón, amén de dos regencias. ¡casi nada!

Sus padres, comerciantes vascongados liberales que huían del carlismo, le hicieron nacer el 21 de julio de 1825 en Torrecilla de Cameros (Logroño). Al emnos, una vez se enamoró, Y Consta que, siendo ya ingeniero y trabajando en tierras de Zamora, raptó a una recién casada al salir de la iglesia, donde el padre, coronel retirado, la había matrimoniado con un capitán. Tenía 17 años Angelita Vidal, palentina de Rioseco, y vivió en virtuoso pecado con Don Práxedes hasta que murió su marido, 35 años después del rapto, y pudieron contraer matrimonio. Sesenta años tenía el novia y 46 la novia. ¡Tarde triunfó el amor!

Si Sagasta escribió poco, puede decirse que no paró de hablar en sus 48 años de vida política: sólo en las Cortes, pronunció 2.542 discursos; de ellos, 1695 en el Congreso, del que también fue presidente, y 847 en el Senado. Ningún mandamás constitucional del XIX habló ni duró tanto. Hasta un rato que estuvo sin mandar lo aprovechó para entrar en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Lo fue todo y tantas veces en la política española que los historiadores se han vengado cumplidamente de su fecundidad. La injusta mala fama de la Restauración se la llevó él y sólo ahora se ataca con la misma furia a Cánovas. Hace poco, Julio Cepeda Adán trató de equilibrar en su biografía los juicios negativos de Fernández Almagro, Pabón o García Escudero, recordando los positivos de Romanones y Natalio Rivas, aquel ameno cronista de presidentes de gobierno y toreros románticos. Pero la empresa no es del todo fácil.

Sagasta pasó de extremoso liberal-progresista, comandante de la Milicia Nacional, comecuras y quemaconventos, a hombre de formalidad, componedor y maniobrero, cuyo lema fue: «No hay orden sin libertad ni libertad sin orden. Su enrevesada y contradictoria trayectoria ideológica es fiel reflejo de la de casi toda la izquierda burguesa española -y también de la derecha- en la segunda mitad del XIX. Sagasta no cambió más de lo que lo hizo su base social y tal vez por eso la representó durante tantos años. Pero ¡cambió tanto!

No tuvo el verbo de Castelar ni la clarividencia de Cánovas, pero se convirtió en el viejo pastor de la grey progresista y convirtió en leyes renovadoras las grandes posibilidades de la Restauración. Sagata trajo la Ley del Sufragio Universal Masculino, el Código Civil, la Ley de Régimen Local, el Matrimonio Civil, la Ley de Prensa y otras de gran calado en los ámbitos militar, civil, económico y judicial. Que muchas de esas leyes las sacara tras haberlas combatido en las Cortes no sólo muestra su desvergonzada indiferencia en materia ideológica, sino su permanente adecuación al medio. A cambio, en lo personal, fue hombre de honradez intachable, de afabilísimo trato y con una valentía que lo hizo muy simpático al pueblo, llano o altivo.

El gesto más celebrado tuvo lugar cuando empezaba su carrera política durante uno de los enfrentamientos del liberallismo radical o esparterista (representado por la Milicia Nacional) con el liberalismo moderado (representado por las tropas de O4Donell), Don Práxedes, tras haberse batido en las calles al frente de sus milicianos, volvió a las Cortes, donde tenía su escaño de diputado por Zamora.

Y quiso el destino que, estando el uso de la palabra, cayera a su lado un cascote de las bombas que O4Donnell lanzaba contra la Carrera de San Jerónimo. Sagasta cogió un pedazo de hierro aún caliente y dijo a la presidencia:

- Pido que conste en acta.

Y constó, claro, Estos rasgos de majeza labran famas muy perdurables.

No fue fácil su tránsito desde la extrema izquierda liberal, incluida la Milicia Nacional que era su brazo armado, hasta la jefatura del Partido Progresista, tras bautizarse como fusionista. Tuvo a favor su condición masónica, donde alcanzó el grado 33, y supo maniobrar hasta colocarse como jefe de la facción moderada, dejando a al izquierda a Ruiz Zorrilla, su amigo y luego rival.

Mientras éste se mantenía en la línea miliciana y conspiratoria. Sagasta atravesó la Gloriosa hasta desembocar en el Gobierno con Amadeo de Saboya. Antes se impuso silencio sobre el asesinato de Prim, su jefe, quizás porque sabía demasiado o porque, siendo la reina Mercedes hija del asesino Montpensier, no quiso comprometer al trono. Por curioso azar quedaron fuera de las Cortes republicanas Cánovas y Sagasta y sobre Sagasta edificó luego Cánovas el edificio de la Restauración, hecho de alternacia partidista, liberalismo compartido y limitada afición a la democracia. Cuando hizo las elecciones para Amadeo, dijo Sagasta: «Serán todo lo limpias que en España puedan ser». Menos sincero que Cánovas, resultaba mucho más llevadero.

Su época de gloria son los años 80, los cinco primeros en la oposición y los cinco segundos en el gobierno. Su decandencia, en los años 90, cuyo momento álgido, es decir, doloroso, es el 98. Y desde ahí, con el desastre a cuestas, hasta su total decadencia física y muerte en 1903, tras un soponcio que le sobrevino en las Cortes, justamente al final de un discurso en defensa del trono. Pero lo que más se discute hoy es su comportamiento al frente del Gobierno cuando España declaró la Guerra a Estados Unidos, con el resultado conocido y hasta, incluso, lamentado.

Su sexta llegada al Gobierno, en 1897, fue a petición expresa de la reina María Cristina, con la que Sagasta tenía magnifica relacion. La causa era tan lógica como sombría: el asesinato de Cánovas por el anarquista Angiolillo, que pretendía vengar los fusilamientos de Montjuich, denunciados en la prensa europea como un renacer de la Inquisición.

Nunca Sagasta rechazó el poder pero entonces, además, tenía la obligación de ocuparlo. Entre sus jóvenes ministros hubo un tal Antonio Maura que preparó años antes un plan de autonomía para las colonias, inteligente y audaz. Sagasta quiso ahora aplicarlo y eso decidió a los Estados Unidos y a los rebeldes cubanos a desatar la ofensiva final, porque, si triunfaba la autonomía, perdían la guerra.

Que así pensaban norteamericanos y cubanos es indudable. Que los USA empujaron a una España militarmente inferior a la guerra suicida, nadie puede tampoco dudarlo. Que la explosión del Maine fue -como sugiere Carlos Alberto Montaner en su novela Trama- una excusa propocionada por los cubanos a los norteamericanos para machacar la flota del almirante Cervera, es verosímil. Pero, sin esa excusa, hubieran encontrado otra, contando siempre con la complacencia de Francia y Gran Bretaña.

Es falso que militares y civiles españoles no supieran que Estados Unidos tenía infinitamente más fuerza, en recursos, población, barcos y cercanía a Cuba. Pero es cierto que nadie se atrevió a plantarle cara a la demagogia política y periodística, que caricaturizó hasta la náusea el conflicto y no permitió la entrega o la venta de Cuba, que fue el ultimátum de Estados Unidos. Antes que vender o regalar, prefirieron hacer una guerra para perderla.

Pero Sagasta tuvo el castigo de los demagogos: encontrarse enfrente a otros demagogos más desvergonzados. Entonces fue realmente «el político de las horas difíciles». Difíciles también porque él no las hizo más fáciles. Durante las discusiones en las Cortes, los partidos echaron sobre Sagasta el fardo de la derrota, cuando casi todos la habían propiciado y muy pocos combatido. Pero ése era sin duda el destino de un hombre que vivió para la política y murió por ella. Después de protagonizar tantos episodios, casi pasa a la historia sólo como el hombre que perdió cuba. La política, en fin.

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