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NEBRIJA: Las humanidades por principio

El Mundo, 23 de noviembre de 1997

Fue predominantemente un filólogo. Para sacar adelante algunas de sus obras contó con la ayuda de Juan de Zúñiga. En 1492 publicó la Gramática Castellana. Topó con la Inquisición y tuvo que protegerlo el Gran Inquisidor, a la sazón Cisneros. Dio clases de Elocuencia y Poesía en Salamanca.

NEBRIJA: Las humanidades por principio

El que en opinión de muchos debe ser considerado como nuestro primer maestro en Humanidades fue uno de aquellos españoles ciclópeos de la segunda mitad del siglo XV, feroces y sufridos, ambiciosos y patéticos, que labraron sólidamente - o eso creían ellos- el perfil moderno de la nación durante el reinado de los Reyes Católicos.

Nebrija tenía tanta conciencia española como apego a su patria chica, Andalucía, a la que gustaba llamar Bética y proclamaba con justicia como la primera romanizada -y civilizada- de las tierras hispanas. Era también de aquellos renacentistas que, siguiendo la estela de Petrarca, vieron que la civilización en lo que llamó Huizinga «el otoño de la Edad Media» precisaba ante todo la recuperación de la cultura clásica, donde yacían olvidados todos los saberes humanos y hasta las revelaciones divinales. Para ellos, el latín era la vía que llevaba a Jerusalén, Atenas y Roma. La raíz del árbol de las Humanidades.

Como típica y voluntariamente española, la de Nebrija fue una empresa nacional en sus fines pero individual, personalísima, en su ejecución. Lucio Marineo Sículo, el gran humanista italiano adoptado por los Reyes Católicos y que lo quería poco, dijo pensando en su libro más popular, las Introductiones de 1481, que España le debía tanto como los italianos a Lorenzo Valla. Bastante más porque suya es la Gramática de la lengua castellana, de 1492, primera de las publicadas en las lenguas romances, nada menos que 37 años antes de la italiana de Trissino, 44 de la portuguesa de Oliveira y 58 de la francesa de Meigret, como recordó Teresa Jiménez Calvente en un magnífico ensayo publicado por Historia 16 al cumplirse los 500 años de esa obra. Unicamente por ella, merecería ya Nebrija un puesto de honor en nuestra Historia y en la Filología universal. Pero es sólo una pieza de su gigantesca obra, escrita casi toda en latín, cauce universal de la naciente cultura nacional. El español debía hacerse a imagen y semejanza de su padre romano.

La obra de Nebrija se confunde con su propia vida, que empezó en 1444 y terminó en 1522. Sus padres, Juan y Catalina, eran gente del común, y él echó a estudiar, como quien dice a andar, en su natal Lebrija. De allí pasó a Salamanca, donde se le agotaron pronto maestros muy apreciados como el matemático Apolonio o los filósofos Pascual Aranda y Pedro de Osma. A los 19 años dio el salto definitivo a Italia, al colegio de San Clemente en Bolonia. Allí cursó Teología, Latín, Griego, Hebreo y «erudición en todas las artes liberales», léase Derecho, Medicina, Astrología, Matematicas, Geografía, Historia y, naturalmente, Gramática, donde tuvo como maestro a Martino Galeoto.

El talento de Nebrija era apenas inferior a su afán de saber y éste sólo cedía ante su ambición, que era la de cambiar de raíz la enseñanza de las Humanidades en España, empezando por los viejos manuales latinos y por la cabeza: la mismísima Universidad de Salamanca.

Allí empezó en 1475 a dar clase de Elocuencia y Poesía. Al año siguiente, consiguió la cátedra de Gramática y emprendió la gran batalla para acabar con los pésimos textos que los estudiantes manejaban. Esta lucha contra la modorra intelectual y la burocracia profesoral, estudiada por Francisco Rico en su olvidado Nebrija contra los bárbaros, resultaría actual si alguna vez pudiera dejar de serlo. Pero además de los intereses creados de la tropa universitaria, el belicoso gramático tropezó también con lo que anunciaba el nombre completo de su pueblo, Nebrissa Veneria: el culto a Venus, su insaciable apetito sexual, poco compatible con una ordenada vida eclesiástica.

Casó Nebrija con Isabel Solís, que le dio seis hijos y una hija, pero no por ello encauzó su natural mujeriego, que él mismo reconoció alguna vez. Según la leyenda, no dejó de esparcir su simiente hasta el último día de su vida. Leyendas aparte, tuvo que mantener, sobre sus vicios, una familia harto numerosa que le hizo andar toda la vida aperreadísimo de dinero.

Esto explica que bajo la protección de Fray Hernando de Talavera, el confesor de la Reina, emprendiera trabajos de signo tan erudito como político, sin perdonar, ni hacerse perdonar, composiciones latinas loando todo lo loable.

En Salamanca empezó a editar una Repetitio tras otra, que eran manuales en buen latín sobre materias como Gramática, la pronunciación correcta del latín, el hebreo de las Sagradas Escrituras, los Pesos, las Medidas o los Números. Entre sus libros de divulgación y consulta pueden citarse los Aenigmata y el Lexicon juris civilis, de Derecho; la Isagoge Cosmographia; una Ortografía; la Tabla de la diversidad de los días y las horas, que permitía averiguar los horarios de toda España y Europa: la Muestra de Antig|edades de España, sobre arqueología y patrimonio artístico; y su hijo el impresor publicó póstumos, una Retórica, un libro sobre educación infantil titulado De liberis educandis y un comentario sobre Virgilio, para añadir a los que había hecho sobre la obra de Prudencio, Persio o Sedulio.

Para sacar adelante algunas obras, además del confesor Talavera, contó con la ayuda del secretario del Rey Miguel de Almazán, de Juan de Zúñiga, Maestre de Alcántara, y de Cisneros. A petición de la Reina, hizo una versión en español de sus famosas Introductiones latinas para que las mujeres metidas en religión pudieran «leerlas y entenderlas». Y en 1492 Talavera y él mismo presentaron a los Reyes la Gramática de la lengua castellana, a fin, decían, de llevar la religión y las leyes a las nuevas tierras y pueblos conquistados -el archicitado «siempre fue la lengua compañera del imperio»-, y ayudar a los que no dominaban bien el español, como vizcaínos y navarros, o a los extranjeros que lo desconocían y querían aprenderlo. Nebrija definió así su propósito: «Fijar y reducir en artificio la lengua patria que hasta nuestra edad anduvo suelta y fuera de regla y a esta causa ha recibido en pocos siglos muchas andanzas». De propina, publicó un Vocabulario Latino-Español y un Diccionario Español-Latín. ¡Siempre pensando en lo mismo!

Como escribía tanto faltaba a clase y acabaron echándole de la Universidad. Cuando quiso volver y opositó a una cátedra que tenía a sus Introductiones como texto, prefirieron a un bachiller, por humillarle. Fue la venganza de la piara académica por haber publicado que los profesores no debían ser vitalicios sino mostrar continuamente su capacidad de investigación. ¡Doctrina nefanda! Cisneros lo llamó para preparar la Biblia Políglota en su Universidad Complutense, pero Nebrija renunció porque se aceptaban los corrompidos textos de la Vulgata sin corregirlos a través del caldeo o el hebreo. Menos en serio se tomó su cargo de Cronista Regio: se limitó a poner en latín -y cobrar- la Crónica de Hernando del Pulgar. Lástima.

Topó con la naciente Inquisición y tuvo que protegerlo el Gran Inquisidor, a la sazón Cisneros. A cambio, Nebrija le mandó un libro con una dedicatoria contra el Santo Oficio que vale por una autobiografía: «¿Qué sino será el mío que no sé pensar sino cosas difíciles, ni acometer sino arduas, ni publicar sino las que me dan más disgustos? ¿Qué hacer en un país donde se premia a los que corrompen las Sagradas Letras y, al contrario, los que corrigen lo defectuoso, restituyen lo falsificado y enmiendan lo falso y erróneo se ven infamados y anatematizados y aun condenados a muerte indigna si defienden su manera de pensar? ¿He de decir a la fuerza que no sé lo que sé? ¿Qué esclavitud o qué poder es éste tan despótico?». Cisneros, ya por última vez, lo recogió en Alcalá, «para que leyese lo que él quisiese y, si no quisiese leer, que no leyese». ¡Nebrija sin libros! Iba ya cuesta abajo aquel hombre menudo, cenceño, de pierna flaca, voz armoniosa y pequeños ojos brillantes. Se le fue la memoria y debía dar clase con apuntes, pero siguió escribiendo hasta el final, «porque mi pensamiento y gana fue siempre engrandecer las cosas de nuestra nación». En latín había escrito antes: «Estoy en deuda con mi patria, pero ella me debe a mí más». Es verdad.

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