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MARIA CRISTINA DE AUSTRIA: Doña Virtudes

El Mundo, 14 de diciembre de 1997

Llegó a Reina por sus virtudes, públicas y privadas, cuando hubo que buscarle esposa a Alfonso XII. El Rey al duque de Sesto: «No te esfuerces, Pepe. A mí tampoco me ha parecido muy guapa. La que está bomba es mi suegra». Hizo que los hijos de Alfonso con Elena Sanz fueran declarados sin padre.

MARIA CRISTINA DE AUSTRIA: Doña VirtudesSi la restauración monárquica en 1874 es obra política de Cánovas, que lleva a Alfonso XII de la mano hasta el trono desalojado por su despendolada madre, lo que solemos llamar Restauración, con mayúscula, tiene como protagonista clave y como hilo de continuidad en la máxima jerarquía del Estado, a la Reina María Cristina, esposa segunda de Alfonso XII. Embarazada al morir éste, juró la Constitución como Reina Regente durante la minoría de edad de Alfonso XIII, nada menos que 16 años.

Y al jurar Alfonso el cargo, se convirtió en Reina Madre y consejera del Trono hasta 1929, en que murió. Durante el medio siglo que habitó entre nosotros, fue conocida en toda España como Doña Virtudes. Pocos motes tan adecuados, en lo que tiene de reconocimiento y también en el retintín.

Porque María Cristina de Habsburgo llegó a Reina de España precisamente por sus virtudes, públicas y privadas, cuando el Gobierno de Cánovas tuvo que buscarle esposa a Alfonso XII tras la súbita muerte de la Reina Mercedes. El recuerdo licencioso de Isabel II y la constatada afición a las faldas del joven rey obligaban a buscar una candidata que no se perdiera por los pantalones, que pudiera tener descendencia y que se atuviera religiosamente a los preceptos constitucionales del régimen político español.

Y como no parecía persona capaz de enamorar demasiado ni de influir en exceso, pero sí de comportarse con la profesionalidad exigida en tan augusto menester, nadie mejor que esta hija de los archiduques de Austria, tíos del Emperador Francisco José I, el marido de Sissi, con poco más de 20 años y educada para el matrimonio en el capítulo de Nobles Damas Canonesas de Praga, del que fue nombrada Abadesa, sin rango eclesiástico.

No tenía un duro, pero era germánica, católica, estudiosísima, melómana y no se le conocía un desliz ni se le sospechaba. Isabel II, en su exilio parisino, patrocinó tanto este segundo matrimonio real como el amancebamiento de su hijo con Elena Zanz, que antes y después de la muerte de la reina Mercedes era popularmente conocida como La Favorita, la que cantaba con Gayarre cuando Alfonso le echó el ojo. Cánovas, por una vez, coincidió con la persona que más detestaba, la reina felizmente destronada, y propuso el matrimonio al Rey viudo, que se resignó, sin más.

Pero el sentido del deber de María Cristina iba más allá de la resignación. Se vieron antes de la boda en la villa de Bellegarde, en Arcachón, y ella había colocado sobre la tapa del piano, que tocaba muy bien, un retrato de María de las Mercedes, gesto que gustó al Rey, así como sus palabras de que respetaría el recuerdo de la muerta y no pretendería nunca suplantarla. Demasiado bonita, ay, para ser cierto. Además, Alfonso le confió al Duque de Sesto, que ponderaba las discretas virtudes estéticas de la novia:

«No te esfuerces, Pepe, a mí tampoco me ha parecido muy guapa. Pero te habrás dado cuenta de que la que está bomba es mi suegra...»

Y lo estaba. El 29 de noviembre de 1879 tuvo lugar la boda, calcada de la anterior. Al mes, con puntualidad germánica, la Reina estaba embarazada. A los nueve, daba a luz una niña, con desconsuelo general. Se esperaba un heredero no sólo por el machismo antañón, sino para aventar cualquier duda dinástica -aún estaba fresco el recuerdo de las guerras carlistas-. María Cristina no podía hacer más. Pronto quedó embarazada de la que sería su segunda hija, pero ya entonces padecía una gravidez más duradera y menos feliz: los celos.

Aunque creyó que, tras el matrimonio, el Rey abandonaría a Elena Sanz y, después, quiso convencerse de que lo haría tras tener un principito, la verdad fue mucho más cruel. Elena tuvo con su regio amante un niño y luego otro, llamados Alfonso y Fernando, mientras ella daba a luz a María de las Mercedes -se repetía el gesto con la difunta- y luego a María Teresa. Tras una tercera hija de Elena Sanz, Isabel Alfonsa, el Rey cambió a La Favorita por La Biondina, la también contralto Adelina Borghi, igualmente hermosa pero ni elegante ni desprendida. Y en María Cristina el rencor se confundió con el amor. En realidad, no sabemos si verdaderamente la Reina estaba enamoradísima de Alfonso o era tan orgullosa, tan pagada de sí misma, que no toleraba una desviación permanente. Acaso en ella las dos cosas eran una sola o llegaron a serlo. Y en el rencor fue tan apasionada como en el amor. Incluso más.

De pronto, la Reina se enteró de que el Rey se moría. Y comprobó que seguía su vida licenciosa de siempre, en la que Elena y Adelina eran sólo las titulares, pero había infinidad de suplentes. El Duque de Sesto acompañaba al Rey en sus juergas, seguramente porque sabiendo que iba a morir quería que disfrutara el tiempo que le quedase. La Reina entendió que Sesto y sus amigotes no vacilaban en acelerar la muerte del Rey. Y se la juró.

En esos últimos meses de vida de Alfonso, diríase que María Cristina iba apuntando todos los desvíos, todos los desdenes, todas las barbaridades que el Rey protagonizaba. Y sufrió horrores. Alfonso decidió morir a pie firme y lo mismo visitaba a los enfermos de cólera -cuando él estaba para el Viático- que pasaba las noches de cama en cama, volvía a Palacio al amanecer y se ponía a trabajar en los asuntos del día. Tenía una hipervitalidad que delataba su enfermedad, pero María Cristina veía sólo vicio y desdén. Que también los había.

La muerte fue rápida y con ella entró Cristina en la Historia de España. Yacía arrodillada, con la mano del muerto entre las suyas, cuando Cánovas la obligó a levantarse para que jurase la Constitución y recibiese la dimisión de su Gobierno. Nunca le perdonó la brusquedad, quizás por no entender que en ese gesto de continuidad institucional se encerraba la clave de la política nacional.

Se ha dicho aunque no parece cierto, que una de las últimas frases de su marido fue: «Cristina, guarda el coño y ya sabes: de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas». Pero los dos términos se cumplieron: la virtud de la Reina fue tan evidente como su acatamiento de la Constitución y del sistema turnante, aunque siempre prefirió a Sagasta. Lo mejor de su regencia es que los actos de Gobierno fueron sólo responsabilidad de los gobiernos.

Y no es que no le gustase mandar, pero esa pasión que nadie le había sospechado supo mantenerla dentro de la ley y del decoro, tan olvidados. En Palacio cambió la decoración, las salas, la servidumbre y las damas de compañía, que se hicieron célebres por feas. Cuidó con mimo y devoción a su hijo el príncipe, de salud débil y por cuya vida temían todos. Pero vivió. María Cristina, cumplida su tarea oficial, se dedicó a su pasión particular: la venganza. Y lo hizo de forma concienzuda. A Sesto le exigió la devolución del título y lo vendió. A los hijos de Elena Sanz los hizo declarar sin padre por el Tribunal Supremo y les negó la herencia. A Francisco Silvela, que después de Cánovas era el gran líder conservador, le hizo una fechoría que los buenos historiadores todavía cuentan de forma distinta. Según González-Doria, Silvela informó a la Reina de que un servidor de Palacio no ocultaba en el Teatro que estaba enamorado de ella. La mera hipótesis de que su virtud pudiera siquiera comentarse la enfureció de tal modo que lo hizo dimitir.

Según Ricardo de la Cierva, que documenta cuidadosamente el proceso, la caída de Silvela, tan injusta como desgraciada, se debió a un desaire: la flota francesa, de paso por España, había pedido que Alfonso la revistara y Silvela se comprometió en nombre del Gobierno, pero María Cristina canceló el acto. Silvela, para no cargar a otros el fiasco diplomático, asumió de verdad la responsabilidad, dimitió y se retiró de la política.

Las dos historias son conciliables: la Reina pudo montarle la trampa a Silvela no sólo por su inclinación germánica y antifrancesa sino también como venganza. María Cristina había echado siete llaves al sepulcro de su corazón y no permitía que una mano anónima le pusiera flores. Vivió cultivando un odio insoluble.

Su muerte tuvo imprevisto y devastador efecto político: el Rey, roto su matrimonio, dependía tanto de su madre que, al perderla, cayó en una grave depresión y no hizo nada serio para evitar la República. Por eso puede decirse que con María Cristina empezó y terminó la Restauración: se había opuesto a que su hijo aceptase la dictadura de Primo de Rivera porque deslegitimaba el sistema constitucional, incluido el Trono, pero Alfonso XIII prefirió jugar a los soldados. Cayó Primo y tuvo que morirse María Cristina para darle la última lección. Demasiado dura, aunque de su virtud tampoco quedan dudas.

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