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CRISTOBAL COLON: América a la vista

El Mundo, 22 de febrero de 1998

Navegaba desde los 18 años y conocía el Atlántico de Islandia a Guinea. Para su primer viaje, los Reyes aportaron 1.140.000 maravedíes. La expedición llevaba un intérprete para traducir al chino y un sastre. En su tercer viaje acabó encadenado y en el cuarto se dedicó al tráfico de oro y esclavos.

CRISTOBAL COLON: América a la vistaCristóbal Colón nació quizá Cristóforo Colombo en algún lugar cercano a Génova el año 1451, aunque también dicen que fue judío aragonés, o gallego, o mallorquín, o manchego de papel, como Don Quijote. En las últimas décadas se han publicado libros que lo hacen mujer y hasta extraterrestre, pero Colón no era un apuesto marciano ni un joven aerolito cuando conoció a Isabel y Fernando en 1486. Navegaba desde los 18 años. Conocía el Atlántico de Islandia a Guinea y en 1476 había naufragado en Portugal, donde se casó por lo menos una vez y tuvo una imprecisa descendencia.

Rechazado su proyecto de llegar por Occidente a Catay o la tierra del Gran Can (China leída en Marco Polo), pasó a Castilla, que después del tratado de Alcaçobas había cedido a Portugal las rutas africanas del comercio de especias. Siete años pasó pretendiendo en la Corte. Se ha dicho que a la Reina le gustaba el aventurero y visionario Colón. Más probable parece que enamorase a una de sus damas para acceder con cierta frecuencia a Isabel, pero ésta no se encaprichó del hombre sino con la idea de llegar por una ruta nueva a las Indias para ahorrar en el comercio de especias y sedas. Su regio marido, gran tacaño, acabó por apoyarla.

En enero de 1492, la toma de Granada resonó en toda Europa. Acabada la Reconquista tras casi ocho siglos. Sólo entonces Isabel comprometió el dinero para la flota y admitió que Colón fuera Almirante de la Mar Océana y Virrey de las tierras por descubrir, en las Capitulaciones de Santa Fe del 17 de abril de 1492. Los Reyes pusieron 1.140.000 maravedíes, el millón para navegar y el resto para Colón, adelantados por el banquero Luis de Santángel, converso valenciano. Casi un cuarto de millón puso Colón, adelantado por un negrero florentino llamado Joanoto Berardi. Y dos carabelas en concepto de multa por deservicios prestados, unos 400.000 maravedíes, aportó el pueblo de Palos de Moguer.

Todo estaba legalmente claro. Faltaba el pequeño detalle de llegar a las Indias. Y cuando Colón trató de conseguir tripulación, en Palos sólo pudo reclutar a cuatro condenados a muerte. Si Martín Alonso Pinzón no hubiera vuelto de Italia en junio y se hubiese animado a emprender el viaje, Colón no habría podido reunir la flota. Gracias a los hermanos Pinzón, con sus carabelas, La Pinta y La Niña y al cosmógrafo Juan de la Cosa, con su nao Santa María, zarpó la expedición el 3 de agosto de 1492. Con ellos pudo Colón llegar adonde llegó y, sobre todo, volver, el gran objetivo del viaje.

Se dice que Colón tenía un secreto, el manuscrito de un piloto que tras naufragar arribó a tierras del Caribe y volvió para contarlo. Su viuda le habría vendido el manuscrito a Colón y de ahí sacaría éste su temeraria seguridad. Pero los marineros desconfiaban. Colón los engañaba contando menos leguas recorridas para que durase más el viaje, pero las corrientes marinas le engañaban a él y llevaban a las naves más deprisa.

Desde las Canarias, con navegantes avezados como Colón, los tres hermanos Pinzones o Juan de la Cosa, la expedición iba a todo mar. El 8 de septiembre dejó la isla de Hierro y el 11 de octubre avisó fuegos en la costa americana. El 12, con la bandera de Castilla y otras dos con cruces verdes y las iniciales de Fernando e Isabel, desembarcaron en Guanahani, una islita de las Lucayas, hoy Bahamas. Era América, aunque Colón se murió sin saberlo.

De los 90 hombres que viajaban en las tres naves, más de 80 eran españoles, incluído el intérprete, un judío converso ducho en idiomas para traducirle al Gran Can. Otro genovés, un calabrés, un veneciano, un negro y un portugués completaban el paisaje humano, típico de la demografía castellana de la época. Se ha insistido mucho en el aspecto mágico, irracional o providencial del Descubrimiento, pero viendo cómo se desarrollaron las cosas parece claro que América era una fruta madura que sólo podía caer donde cayó.

Ayudó mucho que un visionario ambicioso y un pequeño grupo de aventureros muy civilizados -llevaban hasta sastre- pudieran culminar con tanto éxito y tan deprisa el primer viaje donde, tras Guanahani, la Fernandina y la Isabela, llegaron a Juana (Cuba) y embarrancaron en La Española (Haití). Allí, con los restos de la Santa María, crearon el Fuerte de la Navidad, primera fundación americana en la que se quedaron 39 hombres maravillados con los indios, llamados así porque en las Indias creían estar. De La Española salieron casi todos los nativos, plantas, pájaros y objetos preciosos que exhibieron al regreso dejando boquiabierta a media España, no sin que antes Colón le pasara en Lisboa al Rey de Portugal su triunfo por las narices. Los Reyes recibieron encantados a Colón en Barcelona y de inmediato pidieron las bulas pertinentes al Papa para conquistas y evangelizar las nuevas tierras.

Se organiza entonces la segunda expedición, la más numerosa y rica, con 34 navíos para unos 1.300 navegantes, incluída María Fernández, la única identificada por Consuelo Varela entre las mujeres que zarparon en septiembre de 1493. Como en el primer viaje, la gente es casi toda española, con mayoría andaluza, un grupo vizcaíno, algunos catalanes, un mallorquín, varios portugueses y también italianos. Lllevan todo tipo de artilugios técnicos, agrícolas y bélicos, amén de animales, semillas y plantas. Colón escribió, como siempre, un diario de viaje para que lo leyeran a su vuelta los Reyes, aunque no se conserva el original de ninguno y un sobrino golfo llamado Luis malvendió sus manuscritos y otros documentos.

El gran viaje, pese a tanto, salió mal. Se descubrió y exploró Puerto Rico, como Cuba y La Española, pero Colón tuvo un lío tras otro. A mitad del viaje envió un representante la Reina para ver si eran ciertas las fechorías que le imputaban. Tras el descrédito, la vuelta triste. Comienzan los litigios de Colón por mantener sus inmensas prerrogativas y el empeño de los Reyes en que Colón se limitase a navegar, porque en lo demás era un desastre. Preferían al hijo mayor Diego y hasta al pequeño Hernando. Cómo sería de listo que su mejor amigo era Amérigo Vespuchi, el que le birló el nombre de América.

El Almirante va reuniendo tantos títulos como deudas y en 1497, en busca de rapiña y esclavos, emprende casi a la desesperada el tercer viaje. Estamos lejos del primer periplo maravilloso narrado por Luis Arranz y ya se descubrió el secreto historiado por Manzano. Es una simple expedición comercial dirigida por un hombre desprestigiado y con gente sacada de la cárcel o del aburrimiento. El origen geográfico que establece Varela forma casi un mapa de España: cuatro canarios, 15 jerezanos, 13 sevillanos, cuatro madrileños, cuatro de Palos, tres de Salamanca, Baeza, Jerez de los Caballeros, Córdoba y Lepe, dos de Baracaldo, Jaén, Toledo y Palencia; y de Ciudad Real, Coria, Illescas, Huelva, Frenegal, Lugo, Legrija, Manzanilla, Morón, Oviedo, Sepúlveda y Valladolid, entre otras. Más portugueses, italianos y un francés de Picardía.

Descubren la Tierra Firme (llamada Isla Santa), la desembocadura del Orinoco, Margarita y Trinidad. Es el inicio de las encomiendas y el origen de los viajes andaluces o menores (no tan menores) con los que Juan de la Cosa, Hojeda, Diego de Lepe, Bastidas, Cristóbal Guerra o el tal Vespuchi descubrieron y cartografiaron nuevas tierras para España. Pero es un 98: el Desastre para Colón.

Francisco Roldán encabeza una seria rebelión contra Cristóbal y su hermano Bernardino, acusándolos de usupar la soberanía real en Santo Domingo. Se subleva después Adrián de Moxica. Mandan los Reyes al juez pesquisidor Bobadilla, que encadena a los Colón y los manda de vuelta a España. Los Reyes lo perdonan pero ya nunca se fiarán de él.

Cuando en su cuarto y último viaje (1502) llega a Santo Domingo, el Gobernador Ovando no le deja entrar por orden real. Creen, con fundamento, que oculta oro y trafica con esclavos por su cuenta. Trataba de encontrar un estrecho para pasar, por fin, a las islas de la Especiería, pero tocó Panamá y no vio el istmo. En 1594 vuelve por Sanlúcar. Muere la Reina. Fernando se harta de su yerno Felipe y también de Colón. Su estrella se eclipsa definitivamente. Hace testamento, recordando deudas de 30 años atrás, y muere en Valladolid, en mayo de 1506.

Sevilla, La Habana y Santo Domingo se disputan los huesos de quien, al final, no ha tenido cuna clara ni sepultura segura. A las Indias las llamaron América, hechura de otros aventureros: los 10.000 españoles que en 30 años conquistaron un continente de 60 millones de almas. Con significar tanto, con cerrar el mundo, el Descubrimiento es sólo el comienzo afortunado de una empresa descomunal.

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