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TODA AZNAR: La reina Toda

El Mundo, 5 de abril de 1998

Fue esposa de Sancho Garcés I, que destronó al «Tuerto» y la hizo reina de Navarra. Se daba tanta prisa en someterse a Abderramán III como en traicionarlo. Su política de matrimonios logró la paz entre Iñigos y Jimenos. Murió descalabrada al caer por la torre del homenaje de su castillo pamplonés.

TODA AZNAR: La reina TodaToda Aznar, bisnieta del rey García Iñiguez de Pamplona; nieta por parte de madre del rey Fortuño Iñiguez, llamado el Tuerto; esposa de Sancho Garcés I, que destronó al Tuerto y la hizo reina; madre del rey García II; tía del califa Abderramán III; abuela de dos reyes de León y de Sancho de Navarra; suegra de Fernán González; tía de casi todos los nobles importantes de la Península y la mayor casamentera conocida a este lado de los Pirineos, tanto entre cristianos como entre musulmanes, fue con bastante probabilidad la mujer más importante de la Alta Edad Media española, aunque, sin duda, no la mejor. Lástima que Sánchez Albornoz, en su legendaria disputa con Lévi Provençal sobre las fuentes históricas árabes del Reino de Pamplona; Pérez de urbel, en su detallista reconstrucción de la guerra de clanes vascones, o García de Cortázar, gran sistematizador de la complicadísima urdimbre de familias, clanes, pactos, repactos y recontrapactos que anudan la cadena de posesiones cristianas pirenaicas no hayan podido darnos más datos sabrosos sobre la reina Toda. Los que tenemos, sin embargo, nos permiten asomarnos a una existencia febril, dilatada y, en el sentido literal del término, extraordinaria.

Hace pocos años se publicó El viaje de la reina, de Angeles de Irisarri, visión amena pero quizás en exceso amable de la última hazaña de esta fiera coronada.

Nació Toda Azanar el 2 de enero del 876 y murió el 15 de octubre de 958. Ochenta y dos años tenía al dejar este mundo y era de tan vigorosa naturaleza, tan política y tan ferzo defensora de su causa, que sus últimos meses de vida los pasó viajando de Pamplona a Córdoba y de Córdoba a Pamplona para pagar una cura de adelgazamiento y el trono de León para su nieto Sancho el Gordo, que lo había perdido a manos de su hermano jorobado Ordoño, llamado El Malo.

Quienes creen que la dieta, la línea y la bulimia son términos odiosamente contemporáneos, propios del siglo XX, deben saber que hace más de 1.000 años en España un rey perdió el trono por perder la línea -en realidad, estaba tan gordo y tan deforme que no podía montar a caballo ni sostener la espada- y lo recobró gracias a la cura de adelgazamiento del famoso Hasday Ben Hasprut, que viajó desde Córdoba a Pamplona con sus hierbas mágicas y lo dejó hecho un adonis. A cambio, la reina Toda, su hijo el rey García y el ex-obeso Sancho viajaron a Córdoba para rendir vasallaje a Abderramán III. Luego, el califa les prestó un ejército bajo las órdenes de Ben Tumlus, que en un año puso a Sancho en ocndiciones de echar a Ordoño y de derrotar a su suegro Fernán González, que es lo que buscaba la anciana Toda. Fue su última y soberbia demostración de poder.

Era de estirpe vascona y raíz gascona, ultrapirenaica. Hay un Aznar conde de Gascuña en tiempos de Ludovico Pío, que fue hecho prisionero en el segundo Rondesvalles y que era sin duda uno de los hispani que se instalaron en territorio franco tras la conquista de la Península por los musulmanes. Según les iba en la guerra al imperio carolingio o a los señores musulmanes del valle del Ebro, dependientes del emirato cordobés, estos clanes se instalaban a uno u otro lado de los Pirineos. Durante el siglo IX, en el primitivo solar navarro se establecieron dos grandes familias, la vascona de los Iñigo, es decir, los Iñiguez, en torno a Pamplona, y la gascona de los Jimeno, o sea, los Jiménez, que tras encabezar una rebelión contra los francos se instalaron en torno a Leire. Al principio se impusieron los vascones y, uno de ellos, Iñigo Iñiguez, llamado Arista, se proclamó rey de Pamplona con el apoyo de los Jimeno. Juntos resistieron las acometidas de origen franco o cordobés, ayudados por la alianza con los Muza de Tudela. En esta familia destacó Muza ben Muza, hijo de la misma madre que Iñigo Arista aunque de distinto padre y de distinto credo, que contó con la ayuda de los pamploneses cuando desde Córdoba le querían apretar las tuercas. Tanto los cristianos de las montañas como los musulmanes del valle eran de origen hispanogodo y buscaban escapar del control de sus patronos, francos o cordobeses, en cuanto podían. Los matrimonios cruzados fueron la fórmula habitual de sus alianzas, aunque ni los lazos de sangre eran entonces seguros.

Los Iñigos mantuvieron la primacía en el reino de Pamplona apoyados en los vascones menos cristianizados y bajo la tutela de los poderosos Banu Quase, descendientes del muladí Casio, un conde hispanogodo que se pasó a los musulmanes a cambio de conservar el control de valle del Ebro. Pero en el año 905 Sancho Garcés, de la familia Jimena y procedente del núcleo gascón, más cristianizado, derrocó al rey Fortún Iñiguez, el Tuerto, y se proclamó rey. Su esposa, nuestra Toda, aunque era una Iñiguez, respaldó, si no empujó, a su marido en la conquista del trono, fundando la dinastía Jimena.

Durante 20 años, Sancho Garcés I y Toda Aznar cambian por completo la política navarra. Su alianza ya no será con los musulmanes de Tudela sino con los cristianos de León y su expansión llegará hasta el Ebro por el Sur, el condado de Aragón por el Este y los de Alava y Castilla por el Oeste, sin dejar de combatir a los cordobeses, quienes al empezar el verano solían saquearles a conciencia.

Cuando muere Sancho Garcés I, en el 925, los Jiménez no se fían de la reina -al cabo una Iñiguez- y como el joven príncipe don García sólo tiene seis años, sientan en el trono a don Jimeno, hermano del rey muerto. Pero muere seis años después y entonces Toda toma el poder ya sin oposición. Su autoridad será indiscutible y lo demostró combatiendo contra todo el mundo, dentro y fuera del reino.

Aunque los intratables cordobeses la obligaron más de una vez a rendirles pleitesía, Toda se daba tanta prisa en someterse como en traicionarles. En Simancas, la peor derrota de Abderramán III, los cronistas de allende los Pirineos describen a Toda a caballo, empuñando la espada y animando a los suyos a matar sarracenos. Pero además, Toda fue gran política experta en bodas. A sus hijas Sancha, Oneca, Urraca y Velasquita las casó muchísimo. Ya en vida de su marido, a Sancha la casaron con Ordoño II de León, que le vivió unos meses, luego con el conde de Alava, Herreméliz, y finalmente con Fernán González, el hijo que hubiera querido Toda si no le hubiese gustado tanto mandar. El conde castellano tenía además una madre de aúpa, Muniadona, llamada en árabe Muma y en latín comitissima, que era como Toda pero con más hijo.

A Oneca la casó con Alfonso IV de León y luego con Abadalá, emir de Córdoba. A Urraca, con el hermano y rival de Alfonso, Ramiro de León, una vez que conquistó el trono con ayuda de los navarros. Y a Velasquita, con el conde Munio de Alava y, apenas se le murió, con el conde, Galindo Aznar, de Ribagorza. Por su puesto, después de las hijas, Toda colocó a sobrinas y nietas en todos los tálamos de alcurnia. Pero llegó demasiado lejos: casó a su hijo García con una prima carnal, Andregoto, hija de Galindo Aznar y de Sancha Garcés, y, al cabo de cierto tiempo, García se atrevió a rebelarse, repudió a Andregoto, aunque ya tenían descendencia y se trajo de león a la que fue reina Teresa. Toda dejó a García por imposible y se dedicó a su nieto Sancho.

La última batalla de Toda es la que le enfrentó a su consuegra Muniadona y a Fernán González. El rey Ordoño de León, nieto de Toda, estaba casado con una hija de Fernán González pero la abandonó por una hermosa gallega. El padre y la abuela de la repudiada pactaron con Toda que Sancho el Gordo, también nieto suyo, sería rey de León, apoyado por navarros y castellanos, pero Ordoño, cuando los vio venir, acordó con Fernán González la readmisión de su hija y Toda se quedó con el Gordo en la meseta. Entonces tuvo lugar la citada -y novelada por Irisarri- aventura de la dieta adelgazante, la sumisión ante Abderramán, la derrota de Ordoño y la humillación final de Fernán González. Cumplia su venganza, Toda ya preparaba otras bodas: su nieta Urraca Garcés se casaría con Fernán González, viudo de su hija Sancha, y sería condesa, como quien dice reina de Castilla; y la hija de Fernán González, Urraca Fernández, se casaría con su nieto Sancho y sería reina de Navarra. De esa forma, se haría de nuevo la paz entre los buenos vecinos. Y realmente así sucedió.

Quizá porque no podía terminar mejor la historia, aquel día de otoño del 958 Toda Aznar subió satisfecha a la torre del homenaje de su castillo pamplonés para contemplar los chopos ya bermejos junto a las aguas frías y las llanuras altas en el horizonte pardo y verde. No sabemos si sufrió un síncope o sintió que se moría y quiso contemplar sus tierras por última vez. Fuera como fuese, cayó rodando por la escalera de caracol de piedra. Y se descalabró.

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