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ANTONIO MACHADO: El poeta bueno

El Mundo, 19 de abril de 1998

Fue un pésimo estudiante al que le costó terminar el bachillerato. Con 35 años se casó con Leonor, que tenía 15. Juan Ramón le reprochó su oportunismo político y literario. Formó parte del séquito intelectual de Ortega, que le ayudó a ingresar en la Academia de la Lengua. Murió exiliado en Francia.

ANTONIO MACHADO: El poeta buenoNingún poeta del siglo XX nos llega tan a lo hondo como Antonio Machado. Nadie como él ha conseguido con unos pocos poemas en verso pobre, aconsonantado, ripioso a veces, una emoción lírica, una densidad tal de sentimiento que lo colocan entre los mayores de la historia de nuestra lengua. En un siglo de grandes poetas, como no los había desde el XVII, su libro Campos de Castilla, que nunca fue un libro del todo, tiene los versos más enteros de su generación, la famosa del 98, e incluso de la siguiente, la célebre del 27. En su tiempo hay un poeta mayor, Juan Ramón Jiménez; hay un precursor genial, Rubén Darío; y con él coexisten jóvenes prodigiosos, como Cernuda, Alberti o Lorca; pero de todos ellos seguramente el más profundo y duradero es Antonio Machado. Sobrevive incluso a sus admiradores, virtud concedida a muy pocos elegidos.

La clave del esplendor seco y melancólico de la poesía machadiana tiene nombre propio: Leonor. Así se llamó una de las dos mujeres de su vida, sin duda la principal, un amor fatal, hermoso, paradójico, un poco grotesco y al que la muerte puso fin de un tajo. Leonor era hija de un sargento retirado de la Guardia Civil, Ceferino Izquierdo, y de Isabel Cuevas, quienes se habían trasladado a Soria desde el pueblo de Almenar y pusieron fonda. Allí apareció un día de 1907, después de merodear por otras pensiones, el nuevo catedrático de Francés del Instituto de Soria, nuestro poeta, con 33 años muy vividos, muy bebidos y muy baqueteados. Leonor tenía 13.

El hombre que llegó a Soria solo, sin dinero y sin esperanzas, era un sevillano nacido en 1875 y recriado en Madrid. Su padre fue un folclorista famoso, Antonio Machado Alvarez, Demófilo, que trabajó más recogiendo coplas que alimentando a su prole, media docena de críos a la sombra de un abuelo catedrático. Los Machado estudiaron en la Institución Libre de Enseñanza, bajo la dirección de Francisco Giner de los Ríos, pero Antonio fue un pésimo estudiante, no terminó el bachillerato cuando le tocaba y tuvo que hacerlo a los 25 años. Nunca estudió una carrera y sólo consiguió la cátedra de Francés porque no necesitaba título universitario. Huérfano desde los 18 años, era bohemio, nocherniego, amigo del flamenco, del vino y las hetairas, muy hermano de su hermano, pero sin su brillantez. Era el hermano de Manuel, el mismo que acabó siendo el hermano de Antonio. Tuvo veneración por su madre. Amigos de verdad, muy pocos, casi ninguno. Trató de emigrar a Guatemala, de ser actor, de vivir en Paris por dos veces. Todo fracasó.

Su primer libro, Soledades (1902), fue saludado elogiosamente por Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez, el no va más. Y el éxito se amplió en otra edición transformada: Soledades, Galerías y otros poemas (1907). Pero sin más ingresos que los líricos, con traducciones y encargos de lance, se moría de hambre. Un día, después de alguna juerga de amarga resaca, decidió hacer caso a sus amigos de la Institución y firmó unas oposiciones de Francés, para catedrático de Instituto. Las ganó y le tocó Soria.

Y allí, en la Pensión Izquierdo, se enamoró de aquella chiquilla que aún parecía más joven de lo que era. Estaba recién llegada del pueblo, escribía con faltas de ortografía y, además, estaba don Ceferino al gatillo. Pero Antonio no era un simple seductor de menores. O no sólo eso. Aquella pasión descabalada sólo podía terminar en boda o en ataúd y fue, de momento, en boda. Tras cambiar de pensión para guardar las formas se casó con Leonorcica, como la llamaban en casa, el 30 de julio de 1909. Quince años tenía la novia. Tras un primer año aparentemente feliz, consiguió una beca oficial para llevar a Leonor a conocer París, pero allí, un 14 de julio, la chiquilla tuvo un vómito de sangre. Diagnosticada la tuberculosis, volvieron a Soria, Leonor se fue apagando en las manos de Antonio, que la paseó por ultima vez, ya en silla de ruedas, en la primavera del 1912, con el primer ejemplar de Campos de Castilla recién editado. Murió el primer día de agosto, a los tres años y un día de matrimonio.

Machado estuvo a punto de suicidarse. Si no lo hizo e incluso si reanudó una cierta meditación religiosa, fue por no resignarse a perder del todo a su mujer-niña. Trasladado rápidamente a Baeza, vivió mucho tiempo en la ensoñación de Soria, de Leonor, de la soledad terrible en la que había terminado aquel drama de amor y muerte. Escribió entonces unos poemas sencillamente desesperados, hermosos y tristes, en los que el amor a la tierra de Castilla y el sueño de amor perdido se mezclan de forma indisoluble. Se publicaron en una segunda edición de Campos de Castilla, rehecho de nuevo en sus Poesías completas. Esos poemas de los últimos años en Soria y los primeros en Baeza -Campos de Soria, A un olmo seco, A José María Palacio- son la culminación del modernismo y al tiempo algo nuevo, personalísimo. Antes de ellos Machado es un gran poeta. Con ellos, sublime. Después, Los complementarios, los heterónimos, que empezaron siendo Abel Martín y Juan de Mairena y terminaron siendo legión (hasta un tal Antonio Machado); muchos poemas dedicados, mucho oficio, pero nunca nada como lo anterior.

A falta de Salamanca, huyó de Baeza a Segovia, donde frecuentaba unas ventas muy tiradas al pie del Alcázar y dormía grandes curdas entre meretrices de retirada, como él mismo. Publica su obra en sucesivas ediciones de un mismo libro ampliado, Poesías Completas, y las Nuevas Canciones en 1924. Juan Ramón rompe con él reprochándole su oportunismo literario y político. Antonio se refugia en la familia, en especial en su hermano Manuel, con el que dio en escribir varias obras de teatro que tuvieron muchísimo éxito, como Las Adelfas o La Lola se va a los Puertos. Forma en el séquito intelectual de Ortega, que alcanzó su máxima influencia durante la Dictadura de Primo de Rivera. Gracias a ella Antonio llegó a académico de la Lengua en lugar de don Niceto Alcalá-Zamora, vetado por el dictador. Fue una candidatura muy radical: lo presentaron el director de la Academia de Artillería y el director del Seminario de Segovia, y en la docta casa lo apadrinó Azorín.

Primo de Rivera incluso presidió con su hijo José Antonio un banquete en homenaje a los Machado en 1929. Sólo dos años después, con el mismo Ortega que saludó elogiosamente a la Dictadura bajo la Monarquía, Machado fundó la Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República, e incluso la proclamó en Segovia en 1931. Durante esos años republicanos cultivó unos amores platónicos y patéticos con Pilar Valderrama, a la que llamó Guiomar. Su buena estrella en el teatro se extinguió. En 1936, tiene arteriosclerosis, úlcera, ha perdido casi la vista, se hace masón y, a la vez, compañero de viaje de los comunistas. En fin, con la guerra comenzó una tragedia que sólo algunos necios han querido transformar en apoteosis del izquierdismo cívico.

Separado casualmente el 18 de julio de su hermano Manuel, que estaba en Burgos; alejado también de Guiomar, que huyó a Portugal; Antonio, tan desastrado, quedó a cargo de su madre, anciana y enferma, y de sus tres hermanos con sus nueras. Se convirtió en una de las figuras del PCE y colaboró en la muy digna revista Hora de España, pero prologó el libro de discursos de Azaña Los españoles en guerra que políticamente estaba en las antípodas de los comunistas. También publicó un libro de circunstancias, La guerra, con dibujos de su hermano José. En él, junto a una notable elegía a Lorca y un hermoso cuarteto a Madrid, se halla un soneto dedicado a Líster que termina: «Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento moriría». Semejante desvarío moral explica mejor que una enciclopedia su situación.

Si la guerra fue terrible para casi todos, guardó para él un cáliz de indecible amargura. Salió de España a pie, bajo la lluvia helada en finales de enero de 1939, con el turbión humano que pasó los Pirineos tras la caída sin lucha de Barcelona, y quedó varado con su madre, José y su cuñada, en el pueblecito de Collioure, en la pensión Quintana. Los inquilinos se preguntaban por qué no bajaban nunca juntos al comedor los dos hermanos Machado. Al fin supieron que sólo tenían una chaqueta y no querían aparecer sin ella en público. Se fue muriendo en febrero, casi un mes de agonía, con su madre agonizando también en la habitación de al lado. Antonio falleció un 22 de febrero; doña Ana, tres días después.

En los bolsillos de su abrigo encontraron milagrosamente un papelito con un solo verso, que es su testamento lírico: «Estos días azules y este sol de la infancia». No hace falta más. He ahí de nuevo, desasido del tiempo y la amargura, el autor de Campos de Castilla, el patriota melancólico, el hombre solo de la mano de una niña, el escritor sublime, entrañable e inolvidable.

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