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BORRELL II: Los límites del Llobregat

El Mundo, 17 de mayo de 1998

Fue un hombre ambicioso y con una gran experiencia política. Primero, en solitario como conde de Urgel, y luego de Barcelona, Gerona y Ausona, junto a Mirón. Al morir su hermano, decidió poner en marcha sus planes y asegurarse un dominio más allá del Llobregat. Fue derrotado por el califa Almanzor.

BORRELL II: Los límites del LlobregatA finales del siglo VIII, consolidado en España el dominio cristiano de Asturias, el emperador Carlomagno decidió impedir las continuas incursiones de los musulmanes de la Península en los dominios francos mediante la creación de una Marca Hispánica, a la vez fortaleza territorial y frontera humana, capaz de contenerlos antes de llegar a los Pirineos. Tras fundar el reino de Aquitania y poner al frente a su heredero Ludovico Pío, se esforzó en establecer ese territorio con autonomía militar, aunque con una lógica y férrea dependencia política, destinado esencialmente a parar la acometida islámica en sus ciudades amuralladas y permitir la llegada de la caballería franca para desbaratarla. Siguiendo la costumbre, se puso al frente de los territorios fronterizos a unos comes, delegados del poder imperial, que eran nombrados y destituidos por Carlomagno y que dependían directamente del reino de Aquitania. La Marca Hispánica se creó, pues, como un condado franco, pero con pobladores provenientes del nuevo reino aquitano y que, en muchos casos, eran hispani, gentes con experiencia de armas que habían pasado los Pirineos tras la derrota del Guadalete y se habían asentado a la sombra de Tolosa y al suroeste.

La base étnica de la población de la Marca hizo honor a su nombre y fue abundantemente hispánica desde su origen. Apenas existió presencia franca, salvo la imprescindible para garantizar el control político. Y no hubo un solo come o conde, sino varios, correspondientes a los condados de nueva creación: Rosellón, Ampurias, Besalú, Cerdaña, Ausona, Gerona y Barcelona. Los de Urgel, Pallars y Ribagorza no pertenecían, en principio, a la Marca, aunque se fueron integrando en ella.

El primer Conde de Barcelona fue el visigodo Bera, renegado al servicio de los francos que en el 817 fue nombrado marqués y estableció el predominio duradero de Barcelona, que había sido reconquistada por el propio Ludovico Pío. Carlomagno dispuso que su legislación fuera romano-visigoda y consuetudinaria. En la Marca y la vecina Septimania rigieron el Régimen Hispánico y el Forum Judicum. Al margen del origen franco, muchas cosas recuerdan el goticismo astur-leonés.

Los primeros condes de la Marca Hispánica tuvieron poca relevancia, hasta el punto de que no se conservan todos sus nombres. El más famoso, esencialmente por novelescas elaboraciones posteriores de signo romántico y nacionalista, es Wifredo el Velloso, Conde de Barcelona, que reunió varios de estos dominios cuando el imperio de Carlomagno comenzó a desintegrarse. Pero la lejanía y debilidad de la corona y la acumulación de territorios no llevó a Guifré o Wilfred o Xifré, El Pilós, a unirlos bajo algún signo político o institucional, y los repartió entre sus descendientes. Probablemente el primer conde que intentó una autonomía real de la Marca Hispánica fue, el mucho menos conocido Borrell II, que trató de seguir los pasos de navarros y aragoneses nadando entre las aguas del califato y los restos del imperio; también como ellos trató de hacerse súbdito del Papa en lugar del Rey.

Borrell II era nieto de Wifredo el Velloso. A la muerte de éste, su primogénito Wifredo II, en algún momento llamado príncipe, aunque no como signo de realeza, heredó tres condados: Barcelona, Ausona y Gerona. Los demás quedaron para sus tíos Mirón y Sunifredo. Su hermano chico Suñer quedó con el título de Conde pero sin solar propio. A Wifredo II se le llamaba también Borrello o Borrell y fue sucedido por Suñer, casado con una Riquilda, seguramente hija del propio Wifredo.

A comienzos del siglo X pasó por primera vez los límites del Llobregat. Sin embargo, el rey moro de Huesca lo atacó con éxito en el 912. Las fronteras quedaron imprecisas y el mayor empeño del conde fue lograr donaciones imperiales para fortalecer monasterios como Vich y Ripoll.

El primogénito del piadoso Suñer, Ermengol, murió luchando contra los moros, y el conde, preso de melancolía, llamó al poder a su segundo hijo. Borrell, que había heredado Urgel de su tío Sunifredo, y a su tercer hijo, Mirón, tras lo cual se metió fraile. Murió santamente. Mirón o Miró compartió durante una década el poder con Borrell hasta su muerte en el 966, quedando éste al frente del núcleo de los condados de la Marca. Era Borrell II hombre ambicioso y con indudable experiencia política, primero en solitario, como conde de Urgel, y luego de Barcelona, Gerona y Ausona, junto a Mirón, al parecer la personalidad dominante. Pero al morir su hermano decidió poner en marcha sus planes y asegurarse un dominio más allá del Llobregat. Lo primero que hizo fue contraer matrimonio, extrañamente tardío, con Ledgarda, hija de un conde de Auvernia con nombre muy comercial: Ramón Pons. Lo siguiente, crear una provincia eclesiástica propia, pidiendo al Papa que liberase a sus obispos de la dependencia del arzobispado de Narbona.

Su clérigo favorito era Attón de Vich, y el plan consistió en recuperar la antigua primacía de Tarragona, ahora abandonada y en ruinas, para transferirla a Ausona. En las Navidades del 970 se presentaron en Roma, para conseguir de Juan XIII la bula correspondiente, el propio conde Borrell, Attón y un listísimo monje de Aurillac, llamado Gerberto, que, andando el tiempo y con la ayuda del germano Otón I, llegaría a Papa con el nombre de Silvestre II.

Juan XIII quedó fascinado por Gerverto y se lo envió a Otón. A cambio, les condeció la bula que pedían y puso en manos de Attón, la dirección eclesiástica de la Marca, para lo cual debía partir de la sede gerundense, vacante por la muerte del obispo Arnulfo y ocupada por un joven impostor. Pero el arzobispo de Narbona no aceptó la bula, y los otros condes de la Marca respaldaron a los obispos en su insumisión. Tan feroz fue la lucha política y eclesiástica que en el 971 Attón fue asesinado. El sucesor, Froya, no reclamó para sí los derechos otorgados por la bula papal, sino que se sometió al arzobispo de Narbona; pero le salió otro obispo rebelde consagrado en Gascuña que le declaró la guerra y fue respaldado por la facción enemiga de Borrel II. Froya acabaría años después asesinado como Attón.

Las dificultades episcopales no impidieron que Borrell II se entregara a su sueño de poder político. Para ello puso en marcha una doble estrategia: ruptura paulatina con los francos, soliviantando al pueblo de Barcelona contra el Imperio, y paz con el califa de Córdoba, Al Hakem II, que en el 963 había derrotado a todos los cristianos pirenaicos con cierta facilidad. El encargado de crear un ambiente cordial y de confianza en Córdoba fue Enneco Bofill.

Más tarde envió al vizconde Guitardo con el mismo propósito, y pareció que todo salía según sus planes. Entonces se hizo llamar Duque de Iberia. Y de Gotia. Y de la Hispania Citerior. Menos rey, todo.

Pero en el 976 Al Hakem II murió, y el hombre fuerte en Córdoba, califa en nombre del califa, se llamaba Almanzor. Durante algunos años dejó creer a Borrell II que lo consideraba un aliado, mientras el conde barcelonés iba rompiendo amarras con la corte carolingia. Cuando consideró que la población de Barcelona estaba suficientemente alejada de la obediencia a su rey Lotario, en el 985 lanzó una de sus clásicas ofensivas fulminantes y entró a sangre y fuego en la Marca Hispánica.

Borrell II pidió ayuda a su rey legítimo, pero éste dejó que el vanidoso Borrell probara sus propias fuerzas ante un ejército enemigo. El resultado fue terrible. Almanzor saqueó a conciencia los campos en torno a Barcelona y, cuando Borrell II se quedó en el interior con todos los soldados que pudo reunir, la atacó con su eficacia habitual. La ciudad no resistió y Borrell pudo escapar a última hora dejando al vizconde Udalardo el dudoso honor de asumir la derrota. No hubo piedad para los vencidos. Barrios enteros fueron saqueados, los barceloneses murieron o fueron capturados y enviados a Córdoba como esclavos. Finalmente, la ciudad entera fue entregada a las llamas, ardiendo en su interior todos los documentos y bienes guardados allí.

Destruída Barcelona, Almanzor procedió a una sistemática devastación de la Marca Hispánica. Borrell II pidió de nuevo ayuda a los francos, pero éstos, sumergidos en los habituales problemas sucesorios, no mostraron especial conmiseración por un conde desleal. Mientras los moros apresaban a la flor y nata del clero, de la nobleza y de la milicia, Borrell vagaba como un fantasma por sus posesiones, y sólo cuando Almanzor se cansó del saqueo pudo volver a las ruinas de Barcelona. Hugo Capeto se hizo con la corona de Carlomagno, pero nadie en la Marca Hispánica volvió a soñar proclamarse rey. Borrell II dedicó sus últimos años a lamentar sus desbocadas ambiciones, a recuperar cautivos y a reconstruir lo que pudo, monasterios sobre todo. Sus descendientes heredaron una autonomía de hecho, pero arruinada. Mil años hace.

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