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FRANCISCO LARGO CABALLERO: El Lenin español

El Mundo, 22 de junio de 1997

Fue el líder indiscutible de la UGT y del PSOE durante 30 años. Llegó a presidente del Consejo de Ministros con la misión de organizar un Estado revolucionario sobre las ruinas del republicano. Apresado en Francia por la Gestapo, conoció todas las amarguras del destierro y del campo de concentración.

FRANCISCO LARGO CABALLERO: El Lenin españolLa vida de Largo Caballero, cruda, extensa, intensa, contradictoria y dura como pocas, ejemplifica al máximo la lucha de un sector destacado de la clase obrera por la conquista del poder, y del poder absoluto, que fuera capaz de redimir a las masas pobres y analfabetas, de las que estos «obreros conscientes» procedían. Aun teniendo padre, fue como si no lo tuviera, porque abandonó a su madre y el pequeño Paquito debió trabajar antes de los 10 años para ayudar a su madre en la dura tarea de salir adelante, o por lo menos, de salir con vida.

Madrileño castizo, chamberilero de ojos muy claros, guapo para la época, no se le conocen otros pecados que el del Poder y una intransigencia que en él casi equivalía a la moral. Todo lo que aprendió fue por su cuenta, su integridad moral era absoluta, su ambición tampoco era un secreto y, después de Pablo Iglesias, pero con mucha más fuerza y constancia que el fundador del PSOE, fue el líder indiscutible de la UGT y el PSOE durante 30 años, compitiendo siempre con otros dos de los nuestros que otro día retrataremos: Prieto y Besteiro. Pero, en rigor, si un hombre representa lo que el proletariado español fue hasta la Guerra Civil, ése es don Francisco Largo Caballero, bautizado por la incomparable máquina de propaganda soviética como «el Lenin español».

Desde niño, decíamos, tuvo que trabajar y, después de algunos tumbos, aprendió el oficio de estuquista, uno de los mejor pagados dentro de la albañilería de la época. Como tal, dirigió una de las secciones más importantes de la UGT, la de Construcción, que se las tenía tiesas con la CNT, a veces aliados pero siempre a distancia.

Tenía una muletilla Largo de la que Azaña se burla en sus Memorias, y era la de añadir «noverdá» a cualquier frase de confianza. Ahí no sólo descubría su autodidactismo, pues apenas pudo estudiar salvo por su cuenta ni tuvo otros maestros que los disgustos de la vida. En ese «¿no, verdad?» está la duda, el desbarajuste intelectual que sólo una voluntad de hierro pudo compensar. De él se puede decir cualquier cosa menos que no fuera honrado. De los famosos cien años de honradez del PSOE, 30 ó 40 son de Largo Caballero.

Por su aspecto duro y atractivo, según los gustos de entonces, tuvo siempre predicamento entre las damas, pero él, seguramente vacunado por la separación de sus padres, fue un marido fiel y un padre entregado. No se dejó llevar por más vicio que el de la política, y tanto en el sindicato como en el partido no se le conoce un desfalco ni un desliz. A cambio, podía ser tan frío como el peor de los burócratas y tan torpe como el peor de los políticos.

Su porte altivo, de aristócrata obrero, permitía contraponerle en las coplas de las elecciones republicanas, con el candidato más atractivo de la derecho, José Antonio:

La señorita linda,
Pollita pera,
Votará por el lindo
Primo Rivera.
Mientras por Don Francisco
Y otros señores
Votarán los obreros
De embajadores


Esta consideración, autoestima dirían hoy, de la clase obrera española en los años 30, tiene tres etapas de formación: los años 10, para resistir, heroicamente, y, singularmente, el 17, para intentar el asalto al poder, los años 20 para replegarse, como hizo Largo, al colaborar en la Secretaría de Estado para el Trabajo con la dictadura de Primo de Rivera; y, en fin, durante los años 30 para intentar de nuevo el asalto al poder, llevando a toda la nación a un naufragio sangriento. De ello fue Largo responsable como pocos, sin más excusa que el ir delante de millones de trabajadores que buscaban lo mismo: el socialismo, a bofetadas o a tiros si era menester.

Durante más de 20 años, forcejeó con Prieto, el moderado astuto, y con Besteiro, el profesor inflamado, por el control del socialismo español. Conforme avanzaba la República, con la docta pero disparatada ayuda de su mentor Araquistain, fue tomando cuerpo en él un desprecio total por la democracia y un apego suicida por las soluciones violentas. Antes de la guerra es largo el que habla de la dictadura del proletariado, cosa típica del que se había ido convirtiendo en un burócrata iluminado de la política, entre las muchas prisiones que lo hicieron célebre: sobre todo las del 17 y el 31.

En el 36 era el líder indiscutible de la clase obrera española y así llegó a presidente del Consejo de Ministros, con la misión de organizar un Estado revolucionario sobre las ruinas del republicano. Su arma fueron las milicias. Su instrumento, al principio, Stalin. Con él se cruza una carta en la que el dictador soviético le aconseja que cuide mucho la fachada burguesa de la República parlamentaria, en especial la facción de Azaña, y Largo le responde, sincerísimo, que el Parlamento goza de un «predicamento escaso entre nosotros». Lo cual, aunque imprudente era rigurosamente cierto.

Pero después de haber autorizado formalmente el envío del oro del Banco de España a Moscú, operación montada por Negrín y Stavishki, un día se cansó de las continuas interferencias de los soviéticos en su tarea y echó de su despacho, prácticamente a patadas, al embajador Rosenberg. Firma así su sentencia de muerte política, que le será ratificada cuando se niega a la ilegalización -y persecución implacable- del POUM, tras los sucesos de mayo del 37.

Prieto y Negrín consiguen echarlo, con el beneplácito de Azaña, de la presidencia del Congreso. Negrín, además, lo persigue: se le impide hasta hablar en público, se censuran sus pocos discursos y se silencian sus declaraciones. El Lenin español es ya un enemigo de Stalin y eso estuvo a punto de pagarlo con la vida.

Al final de la guerra, arrumbado por el desastre, no participó del golpe de Besteiro, entonces un ilustre jubilado, pero tampoco defiende a Negrín. Debe agradecerle a Prieto la salvación de su familia, cortada en dos cuando Franco llega al Mediterráneo por Castellón. Lo agradeció por escrito, noblemente. Pero su odisea, como la de Azaña, tenía por delante las heces del cáliz.

Apresado en Francia por la Gestapo conoce todas las amarguras de su pueblo en el destierro y, a continuación, el campo de concentración, antesala de la muerte. Aquella experiencia le hace apreciar, quizá por primera vez y como nunca, el sentido de la libertad. Y en sus memorias, redactadas o ayudadas por Enrique de Francisco, escribe:«Hace años, en un mitin celebrado en el cine Pardiñas, en el que hablamos Saborit, Besteiro y yo, decía yo que si me preguntasen qué quería, mi respuesta sería ésta: ¡República! ¡República! ¡República!. Si hoy me hicieran la misma pregunta contestaría: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!. Luego, que le ponga cada cual el nombre que quiera».

Aunque por la ceguera totalitaria propia de su ideología y de su tiempo es uno de los grandes responsables políticos de la guerra, no puede decirse que su paso por el poder lo endureciera ni rebajara sindicalmente su amor a la nación. Después de salir del campo de Oraniemburg, vivo pero herido de muerte, escribía también:

«Aparte de los que dedicaba a mi familia, mis pensamientos estaban siempre en España. ¿Qué porvenir le está reservado a España?». Y aplicando a la experiencia de dirigente partidista la inquietud por la libertad y por su patria, decía poco tiempo después: «Resulta algo monstruoso que después de haber sufrido la dictadura negrinista en España, la de Pétain y Laval en Francia y la de Hitler en Alemania, cuando se lucha en nuestro país y en la emigración para restablecer la libertad destruyendo el régimen falangista, cuando han muerto millones de hombres para destruir el fascismo, al volver a Francia se encuentre uno con un espíritu dictatorial en el sino de nuestras organizaciones que prohibe recibir visitas en su casa, recomendar la corrección entre los diferentes sectores obreros, asistir a los mítines porque en ellos tomas parte elementos políticos adversarios a nuestras organizaciones y discutir la opinión de los demás».

«Con ese criterio», añade, «algún día, no se podrán leer otros periódicos ni otros libros que los editados por nosotros. Es indudable que el espíritu inquisitorial y dominante preside en mucho nuestras decisiones. A nuestras organizaciones en Francia se les ha impreso un espíritu de intolerancia y tan estrecho que le hace incompatible con su finalidad de democracia y libertad»

Precisamente ante los amenes del último Congreso del PSOE, no se le pude negar clarividencia al último jefe de un partido que, hasta él podía sinceramente llamarse Socialista, Obrero y Español.

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