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MARIA FELICIA GARCIA SITJES: La Malibrán

El Mundo, 7 de junio de 1998

Fue la diva más famosa y se convirtió en embajadora de "lo español". Su padre, tenor y duro maestro, la instruyó a puntapiés. Hablaba cinco idiomas. Debutó como suplente en "El Barbero de Sevilla". El hijo de Robert Owen, el poeta Halleck y el marqués de Lafayette se rindieron a su belleza.

MARIA FELICIA GARCIA SITJES: La MalibránLa familia García Sitjes es sin duda la más ilustre de todas las que España ha dedicado al mundo de la ópera. El padre, Manuel García, fue uno de los tenores más famosos de Europa; la madre, Joaquina Sitjes, una cantante acreditadísima; el hijo mayor, Manuel, barítono excelso y el mejor maestro de canto del mundo; la hija pequeña, Paulina, no sólo soprano del máximo prestigio sino una de las mujeres más relevantes de la cultura europea en el siglo XIX; pero a todos superó el genio, la gracia y la novela vital, tumultuosa y breve, de la hija segunda, María Felicia, conocida por el nombre artístico de La Malibrán.

Fue la diva más famosa y admirada de su época, simbolizó como nadie el espíritu romántico y entronizó lo español como sinónimo de temperamento artístico en Europa y América, donde conquistó a todos los públicos y encandiló a todos los corazones. Antes de que Carmen saliera de la pluma de Merimée, ya La Malibrán significaba en todo el mundo lo español, por su belleza morena y sensual, por su carácter apasionado y vibrante, por su personalidad indiscutible y, naturalmente, porque esas características, que tan atractivas resultaban en un momento en que España estaba de moda por su heroica resistencia a Napoleón, adornaban una voz y un talento escénico absolutamente prodigiosos para toda la crítica y todos los públicos.

La Malibrán, que siempre se consideró y fue considerada española, no nació, sin embargo, en España, Y quizá tampoco era español de origen su padre, el que impuso a toda la familia la búsqueda de un estilo artístico genuinamente español y de categoría internacional. Fue seguramente lo único en que estuvieron de acuerdo padre e hija, siempre a la greña, quizá porque María Felicia heredó el carácter y el vivísimo genio de su irascible progenitor.

En realidad, Manuel no se llamaba García, sino Vicente Manuel del Pópolo Rodríguez, y ni tuvo padre legal ni pudo disfrutar de su madre, que lo dejó huérfano a los seis años. Al desconocido abuelo de La Malibrán se le ha atribuido origen gitano y también italiano, por el extraño apellido del Pópolo adjunto al Rodríguez. Salvador de Madariaga, al que fascinaba la vida novelesca de la familia García, más famosa en el extranjero que en su país de origen, supone alguna conjura, sociedad secreta o conspiración garibaldina en el rastro italiano del pequeño Manuel.

Es probable. lo seguro es que vino al mundo con una prodigiosa voz que empezó a sonar en el coro de la Catedral de Sevilla y que tuvo instrucción musical suficiente para convertirse antes de los veinte años en un cantante formidable, amén de apuesto galán. Se casó con una belleza y otra gran voz, la de Joaquina Sitjes, que pese a su apellido catalán era de Cádiz. Entre los rasgos comunes de la pareja destacaban la voluntad, la disciplina y una inteligencia tan notable como su carácter. Con esos ingredientes y la ayuda de la suerte tenían que dar al mundo tantos hijos como genios de la música. Y lo hicieron. Pero no sin infinitas penalidades.

Su primer vástago, Manuel, nació en 1805 y cuando Joaquina estaba encinta por segunda vez estalló la Guerra de la Independencia. Manuel García no quiso colaborar con José Bonaparte, pero tampoco asistir a la derrota de su patria, así que se fue directamente a París, donde nació María Felicia y él triunfo como tenor. Pero Napoleón traía y atraía la desgracia y en 1811 tuvieron que huir a Nápoles, donde reinaba Murat. Allí trabaron estrechísima y perdurable amistad con Rossini, que le escribió a Manuel varias obras, entre ellas El Barbero de Sevilla con la que se consagró. Y allí debutó y triunfó clamorosamente, con sólo seis años, María Felicia García.

Estrenaban Agnese, de Paër, Manuel y Joaquina, con ella en el papel de hija que tercia y arregla una pelea conyugal. De pronto, Joaquina perdió el hilo y la niña, ni corta ni perezosa, se puso a cantar en su lugar. Tan bien lo hizo que el público no dejó que la madre recuperase el papel hasta que terminara María Felicica. Pero ésta no tuvo tiempo ni ocasión para envanecerse, porque su padre era un maestro durísimo, que instruía a puntapiés a sus dotadísimas criaturas.

En 1815, después de Waterloo, llegó la guerra hasta Nápoles y se desató una horrible peste. Los García, con los niños a cuestas, consiguieron huir atravesando las trincheras sanitarias y llegaron a París. Pero García decidió poner a su hija a salvo de las contingencias y la metió interna en Hammersmith, un colegio-convento cercano a Londres. De allí salió a los dieciséis años, hermosísima y con cinco idiomas regularmente aprendidos.

Volvió a la dura férula paterna y debutó a propuesta del propio Manuel García como suplente de la suplente en El Barbero de Sevilla en 1925. Tenía sólo diecisiete años y después de Londres tomó París. Los poetas contaron su belleza española, los críticos alabaron su prodigiosa voz y el público se rindió ante aquella fuerza de la naturaleza. El que no se rendía ni se conformaba era su padre, que tuvo la ocurrencia genial de marchar a Nueva York, un poblachón al que entonces no iba nadie.

Cinco eran los García en aquel viaje, ya que llevaron también a la pequeña Paulina, de cinco años. Menos ella -y porque no tuvo oportunidad, que ganas y talento musical le sobraban- cantaban todos. Así pudieron presentar una compañía de una altura desconocida en aquellas tierras.

Pero la buena racha no duró, porque el amor llamaba a las puertas de Felicia, y con tanta insistencia que, al final, le dejó entrar. Ya en el barco se enamoró de ella el hijo de Robert Owen, famoso promotor inglés del socialismo utópico. Como la familia García era liberal de izquierdas, simpatizaron mucho, hasta que el padre puso el interés cantante y sonante por encima de las coincidencias ideológicas. Tras desembarcar, vieron un día entre el público al destronado rey de España José Bonaparte con Fenimore Cooper, cuyo vecino de asiento, el poeta Fitz-Greene Halleck, perdió la cabeza por María Felicia.

Ella aceptó su propuesta de matrimonio, pero el padre también la vetó. Y pocos meses después, de la noche a la mañana, se casó con un presunto banquero llamado Malibrán, ante el que el padre -del que realmente huía la novia- ya no pudo oponer resistencia. Sin embargo, el marido era un estafador que, antes de cumplir un año de casados, de obligarle por celos a retirarse de los teatros y de forzarla a recorrer México pagando deudas, acabó en la cárcel. Lo único que aportó a la unión este rosellonés de origen berebere fue su apellido -variante de Al Ibrahim-, con el que se conoció a María Felicia desde su vuelta, tras abandonar por imposible al marido fugaz, su primer hombre.

Volvió a triunfar y a ganar dinero tan pronto, todavía en el umbral de los veinte años, que Malibrán se negó a concederle el divorcio. Entonces le salió a María Felicia un protector de leyenda: nada menos que el marqués de Lafayette, héroe de la Guerra de la Independencia norteamericana, que se enamoró de la cantante. No sabemos si ella le correspondió o sólo le agradeció su caballeroso comportamiento con un célebre saludo militar desde el escenario, pero Lafayette consiguió no sólo la anulación del matrimonio civil por un truco legal sino también del eclesiástico.

Desde 1830, La Malibrán fue la reina de los escenarios de Europa. El único escollo fue Milán, donde la famosísima Pasta, que había triunfado con Norma, vio cómo la española pedía interpretar su obra favorita y, en su presencia, le robaba el favor del público. Pasta asistió a la primera sesión para ponerla nerviosa. No lo consiguió y a la segunda, ya sin ella, el público tiró de su coche por las calles en lugar de los caballos. Además, La Malibrán tomó partido por el liberalismo revolucionario italiano y se convirtió en un símbolo de la resistencia contra Austria. Su popularidad llegó al paroxismo.

De 1832 a 1836 vivió en una nube. Había encontrado el amor en 1830 con un violinista belga llamado Bériot, a quien conoció en casa de La Cabarrús. Con él se fue a vivir y le dio un hijo, con gran disgusto de Doña Joaquina y de Don Manuel, que dejó este mundo con su mal humor habitual. María Felicia se hizo cargo de toda la familia y Paulina empezó a acompañarla al piano, su verdadera vocación, aunque su madre la preparó para seguir los pasos de su hermana.

En 1836, La Malibrán se convierte en Madame Berrito. Pero en vísperas de una actuación en Inglaterra cae del caballo, que la arrastra golpeando la cabeza contra el suelo. Pareció recuperarse y siguió cumpliendo compromisos, pese a desvanecimientos cada vez más frecuentes. El 14 de septiembre actúa en Manchester y en las repeticiones, tras una portentosa actuación, cae fulminada en el escenario. Sobrevivió sólo nueve días. Al morir, tenía 28 años y era la cantante más famosa del mundo. Quedaba otra García, Paulina, pero la suya es otra historia.

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