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ELIA MARIA GONZALEZ-ALVAREZ: Lilí Alvarez

El Mundo, 12 de julio de 1998

Síntesis de elegancia, belleza y distinción como no se ha vuelto a ver en las pistas de tenis. Practicó, además, esquí, patinaje sobre hielo, billar, equitación y automovilismo. Le gustaban las emociones fuertes. Notablemente culta y cultivada, era, también, una feminista convencida.

ELIA MARIA GONZALEZ-ALVAREZ: Lilí AlvarezSi hay una imagen que resume lo mejor de la España que se asomaba al siglo XX con capacidad para todo lo bueno y todo lo nuevo, esa es la de Lilí Alvarez disputando la final del Campeonato de Tenis de Wimbledon en 1926, 1927 o 1928, que las tres disputó aunque no ganara ninguna.

Era una síntesis de elegancia, belleza y distinción como no se ha uelto a ver en las pistas de tenis. Y esa imagen correspondía perfectamente a una de las personalidades más interesantes de nuestra época, una mujer que al morir en Madrid, el 8 de julio de 1998, a los 93 años de edad, cerraba con una media volea sensacional, el que siempre fue su mejor golpe, una vida que siempre entendió como un partido de tenis en el que no valía la pena quedarse en el fondo de la pista.

Elia María González-Alvarez y López-Chicheri nació por casualidad en el Hotel Flora de la ciudad de Roma, el 9 de mayo de 1905. Fue bautizada en San Juan de Letrán, nada menos, y bajo ese signo de cosmopolitismo elegante discurrió la primera parte de su vida.

Por la delicadísima salud de su madre, Lilí pasó los años de su infancia en Suiza, y allí se aficionó a todos los deportes y sobre todas las superficies, desde el esquí sobre nieve al patinaje sobre hielo, desde el tenis o la equitación al billar, que empezó a jugar a los cuatro años, subidita a una silla.

Tenía una constiutción física prodigiosa, al tiempo esbelta y sólida, fibrosa y finísima. Las facciones delicadas y una figura que ni pintada por Rafael de Penagos para las ilustraciones del Blanco y Negro albergaban un carácter férreo y aventurero, una decisión y un valor a toda prueba para emprender cualquier juego. A los 11 años ganó su primer trofeo de patinaje sobre hielo. A los 14, su primer campeonato de tenis. A los 16, la Medalla de Oro de patinaje en Saint-Moritz. Y como además le gustaba divertirse sin renunciar nunca a la competencia, ganó también el campeonato de tango de Alemania.

Pero el deporte para el que reunía mejores condiciones era el tenis. Su progresión fue vertiginosa y, en un primer momento, mundana. Cuando, con 18 años, se trasladó a vivir a la Costa Azul con su familia, era la contrincante más buscada por todas las celebridades de la aristocracia y la política que solían pasar allí los interminables veranos de entonces, especialmente Gustavo V de Suecia, con el que jugaba habitualmente en Cannens.

Lilí buscaba emociones fuertes y le dio también por el automovilismo. Correr y competir eran una misma cosa para ella, así que a los 19 años ganó el Campeonato de Cataluña de Automovilismo. Viendo que ahí no tenía rival se concentró en el tenis y en sólo dos años de práctica se plantó en la final de Winbledon, ayer como hoy el campeonato más imporatnte del mundo. Ese fue el momento en que los españoles y, sobre todo, las jóvenes españolas, se encandilaron con su preciosa figura vestida con camisa de hilo y falda larga, toda de blanco con una cinta muy ancha, aturbantada, en el pelo negro cortado a lo garçon.

Otras veces llevaba la cinta y una rebeca de hilo rojas, siempre sobre el uniforme blanco de rigor, incluidas las medias y los zapatos bajos. Aún estaba más guapa. Y el gesto de concentración era insoportablemente atractivo, tan demoledor como su drive.

Cuando en 1926 disputó su primera final en Wimbledon, contra la inglesa Kathleen Kitty Mac Kane, tuvo el partido en la mano. Había perdido el primer set por 6-2, pero animada por el público, entre el que estaban los reyes de España Alfonso XIII y Victoria Eugenia, le dio la vuelta al marcador, ganó el segundo set y se puso en el tercero y definitivo con cuatro juegos a uno y ventaja de 40-15. Entonces, según decía ella, «se le fue el santo al cielo» y perdió el título que ya casi tenía en el bolsillo.

Lilí siempre recordó aquel partido, pese a su final, como el más bonito de su vida. Quizá porque a pesar del resultado había demostrado que era la mejor. En cambio, en los dos años siguientes, le tocó enfrentarse en la final a la mejor tenista de la época, la estadounidense Helen Willis, que sí era claramente superior a The senorita, como la llamaba siempre la prensa anglosajona. Y es que aquella mujer de veintipocos años presumía de su origen y además exhibía un carácter muy español en las reuniones más encopetadas de la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial.

Se hizo mundialmente célebre una anédota protagonizada por nuestra deportista y el victorioso mariscal francés Foch, que incurrió en la galantería relamida de decirle:

- No me atrevería a proponerle un partido de tenis a esta señorita...

A lo que Lilí respondió, fulminante:

- No se preocupe mariscal. Yo tampoco le declararía a usted la guera.

Y es que The senorita, que ganó en dobles el Roland Garros de 1929, era una feminista convencida, que no pasaba por la condescendencia machista, aunque apreciaba, como persona notablemente culta y cultivada, el talento y el ingenio. Por supuesto, eso le ocasionó a Lilí Alvarez bastantes contrariedades, pero las sobrepasaba fácilmente con el passing-shot de su carácter. No es que se creciese ante la adversiad; es que le gustaba provocarla, para darse el placer de vencerla.

Convertida en una celebridad, se sintió tentada por el periodismo y empezó a escribir para el Daily Mail de Londres. Desde la proclamación de la II República Española en 1931 envió crónicas parlamentarias y políticas, poniendo especial atención a los cambios que tenían lugar en la mujer española.

En 1934, el cambio le ocurrió a ella: se enamoró y se casó con un diplomático y aristócrata francés, el conde la Valdéne, pero su matrimonio corrió la misma suerte trágica de su país. En 1939, después de perder al hijo que esperaba, se separó de su marido para siempre. Nunca se supo qué había ocurrido para que una persona tan religiosa como Lilí rompiera su pareja, pero debió de ser algo muy grave y muy hondo, tan terrible como todo lo que había sucedido en España y empezaba a suceder en todo el mundo. Siempre se negó a escribir sus Memorias, así que el secreto quedó donde seguramente debía quedar: en su almario. Decidió vivir en España en 1941 y siguió practicando deporte, o sea, ganando campeonatos. Lo hizo en automovilismo y en esquí, del que fue campeona española. Pero tuvo un altercado en Candanchú, con los federativos de la época, cuya siniestrez es perfectamente imaginable. Se les ocurrió la brillante idea de dejar esperando a las mujeres mientras esquiaban los hombres y ella los puso de chupa de dómine. La acusaron de «ofensas a España», confundiéndola seguramente con su bigotito. Al poco de expulsarla de la Federación volvieron a admitirla, pero ella ya no quiso competir más y se dedicó al deporte privadamente. Por cierto, hasta su ancianidad.

Comenzó entonces una carrera como escritora de tipo religioso y feminista, mixtura difícil. En 1946 publicó Plenitud. En 1951 dirigió al V Congreso Feminista Hispanoamericano un vibrante discurso: La batalla de la feminidad.

En 1956 salió en Tierra extraña, escrito con gran repercusión en ambientes católicos no oficiales y que inició su serie de libros sobre la espiritualidad seglar y el compromiso con los desfavorecidos. Contaba con la amistad especial de Guillermo Rovisora, un dirigente obrero de la época, y de Tomás Malagón, cura obrero de la HOAC.

Quizás su título más «alegre y rápido», como ella misma definía su tenis, sea Ideario de una beata atípica. Pero también Feminsimo y espiritualidad, El seglarismo y su integridad o La religiosidad masculina y su desdicha. Dedicó al deporte El mito del amateurismo y reflexionó sobre feminidad, deporte y religión en Mi testamento espiriutal, Revivencias, La vida vivida y La gran explicación desde la vida y el deporte, que presentó en público poco antes de su muerte.

En el mundo intelectual, Lilí Alvarez fue como en el deportivo; una excepción. O más precisamente: alguien excepcional.

Tuvo que vivir tantos años para ver el triunfo de Conchita Martínez en Wimbledon, siete décadas después de sus éxitos. Cuando el tenis español volvió a los más alto, en la final de la Copa Davis contra Australia, Lilí viajó a Sidney y escribió para ABC: «En el recinto de "White City".. cuando la banda militar tocaba nuestro himno nacional, se me saltaban las lágrimas y pensaba: ¿qué hay hoy en día que reporte así, abiertamente, manifiestamente, multitudinariamente, más gloria, más alabanza a España, que este juego limpio que todos juegan?». Nadie lo ha jugado mejor que Lilí Alvarez.

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