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FELIPE II: La Monarquía Hispánica

El Mundo, 20 de septiembre de 1998

Fue hijo de Carlos I y de la reina Isabel e Portugal. Amó la música, la caza, la pesca y el coleccionismo. Iba a misa andando y se paraba en la calle a hablar con los niños y ancianos. Como rey de Portugal, culminó la unión peninsular. Su mayor fracaso fue el naufragio de la Armada Invencible.

FELIPE II: La Monarquía HispánicaFelipe II fue hijo del emperador más poderoso de su tiempo y de la reina más hermosa que ha tenido España: Isabel de Portugal.

Nació en Valladolid en 1527, tan delgado y frágil, con la piel tan blanca, los ojos de un azul tan claro y el pelo tan rubio que parecía albino, hijo de la Luna. Ninguno de los razonables temores sobre su salud se cumplieron y se convirtió en un joven de estatura mediana tirando a baja, talle esbelto, andar erguido, hablar pausado, sonrisa blanca, elegante y sencillo en su atuendo, cuidadosísimo de su higiene, con un talante amable, gentil, y un punto de lejanía melancólica. En su cara dominaron de joven los ojos y de viejo, la mirada. Los labios sensuales fueron acuchillándose con el tiempo. No habló cinco idiomas, como su padre: sólo español y portugués con el latín para entenderse. Su educación fue sólo parcialmente buena: en vez de Luis Vives tuvo al cardenal Silícco, en realidad apellidado Guijarro, pero el príncipe, con su amor a los libros, a las artes y a las ciencias, fue forjándose una admirable formación intelectual.

Creó la biblioteca privada más importante del mundo, con voluntad expresa de hacerla accesible a todos. Desde niño amó la música, la caza, la pesca y el coleccionismo. Solitario casi de profesión, quiso ser querido, dentro de lo posible. Su espejo único, fuente de emulación y de inseguridad, fue su padre. El acusadísimo sentido de la responsabilidad que lo dominó durante toda su vida nació de la obediencia al emperador y del escondido afán de superarlo.

Carlos V no pudo legarle el Imperio Alemán como hubiesen querido ambos, pero sí el proyecto en marcha de un imperio atlántico formidable, con España como pieza esencial, instalada en ambas orillas, asomada al Pacífico y guardando las espaldas mediterráneas.

El principal problema heredado fue la división religiosa de Europa, que no pudo remediar Carlos y que se convirtió en el problema esencial de Felipe y de toda Europa. Convertido por destino y convicción en defensor del catolicismo y de Roma frente al protestantismo, fue, curiosamente, el único rey de su tiempo que vestía como un burgués de los que seguían a Calvino. Iba a misa andando; se paraba en la calle a hablar con niños, mendigos o ancianos, y bebía con ellos el agua que le ofrecían.

Identificado absolutamente con su papel de rey y escudo de la fe, trató no obstante de construirse una vida privada, como un rico hombre anónimo. En parte lo consiguió y eso lo volvió muy vulnerable a la Leyenda Negra protestante, que lo presenta como un monstruo sanguinario, porque no es fácil trazar el perfil completo, en lo particular y en lo general, de un rey humano, demasiado humano.

Su condición silenciosa, su reserva, vienen de la madre. Cuando Isabel de Portugal lo traía al mundo mandó bajar la luz de las bujías, se tapó el rostro con un pañuelo y contestó a Leonor de Mascarenhas, que le animaba a gritar para relajarse: «Näo me faleis tal, minha comadre, que eu morrerei, mas näo gritarei». El estilo de Felipe II es, pues, reservado de nacimiento. Huérfano a los 12 años, se acostumbró a controlar sus emociones y extremar su cortesía mientras se preparaba a colaborar con su padre el emperador, que pronto dispuso de un príncipe tan inteligente como discreto. A los 17 años era ya regente efectivo y estaba casado con la jovencísima y gorda María Manuela de Portugal, que murió en el parto del primogénito, Carlos, una maldición de nacimiento.

Una vez embarazada María Manuela, Felipe tuvo su época de juerguista y mujeriego, hasta el punto de alarmar a su padre que le llamó la atención. Las damas que trataba eran las de sus hermanas y acabó enamorándose de verdad de Isabel Osorio, con la que pasó días muy felices en la ciudad de Toro. Fue un gran amor, evidentemente imposible.

Viudo a los 18 años, se paseó por Europa a los 21 y cautivó a todas las cortes: apuesto, culto, distinguido, sensible... En 1554 viajó a Inglaterra para casar con María Tudor, enamorada de él por el soberbio retrato de Moro. Felipe no correspondía a esa pasión, aunque fue muy considerado con su poco agraciada esposa. Los roces de su séquito con la corte inglesa no afectaron nunca al comportamiento del príncipe español que, al parecer, enamoró también a Isabel, la hija de Ana Bolena y futura reina y rival. Los supuestos embarazos de María, bastante mayor y bastante enferma, fueron sólo fruto de la hidropesía y de la histeria.

En 1556, Felipe recibió de su padre la corona de España, clave de sus inmensos dominios. El emperador murió en Yuste en 1558, el mismo año en que Felipe quedaba viudo por segunda vez. Para entonces, ya había conseguido su mayor victoria militar en tierra. San Quintín, aplastando a los franceses. Fruto de un sueño y de esa victoria fue su gran obra personal, cultural, religiosa y política: el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Una joya para albergar muchas joyas, un símbolo religioso en el que tuvieron parte la astrología y la magia, un lugar de paz y apartamiento que para Felipe significó algo parecido a una casa propia.

El gran proyecto atlántico suponía el cerco de Francia ya trazado por Fernando el Católico y la paz con Inglaterra. Por eso, al quedar viudo trató de casarse con Isabel. Sin embargo, la nobleza de Inglaterra no aceptaba un futuro de supeditación a España y la consolidación de Isabel supuso la cancelación de esa boda y su creciente inclinación al protestantismo, que Felipe trató de impedir, así como la excomunión de Isabel por Roma. Inglaterra, la aliada deseable, no le correspondió. Y Felipe e Isabel, que pudieron ser amantes y luego esposos, se hicieron enemigos íntimos, radicales.

Pacificó sus relaciones con Francia por el tratado de Cateau-Cambresis y en 1560 casó con la joven y atractiva Isabel de Valois, destinada en principio a su hijo Carlos. Por entonces, el príncipe era ya un desequilibrado que gustaba de matar animales por verles sufrir; glotón, borrachín y putañero desde la adolescencia y encaprichado de una novia convertida en madrastra.

El matrimonio con Isabel dio paso a la mejor época de su vida, afincado ya en España, con El Escorial en marcha, con dos hijas, Isabel y Catalina, a las que adoraba y una esposa que lo hacía casi feliz. Sólo la creciente locura del príncipe Carlos, al que apenas calmaba la joven reina, le obsesionaba. Por la terrible tradición de locura en la familia temía lo peor y sus temores se cumplieron.

Carlos mataba caballos por verlos desangrarse, le hizo comer a un zapatero unas botas que no le gustaron, se rompió la cabeza persiguiendo a una criada y alternaba grandes comilonas con ayunos delirantes. Finalmente, en 1567 emepó a conspirar con los flamencos rebeldes contra su padre. Después de unos meses de torturada espera, el rey, tras un retiro espiritural, vistió su coraza y al frente de un grupo de guardias prendió al príncipe y lo encerró en el castillo de Arévalo, donde murió unos meses después, anoréxico y loco. Isabel, siempre muy delicada de salud, murió poco después. Aquel maléfico año 68 el rey anunció que, en adelante, vestiría sólo de negro.

Y negra como su Leyenda, se tornó la gobernación de sus reinos, mientras el rey se aburría con su cuarta esposa, Ana de Austria. Lo peor fue la rebelión de los Países Bajos, con hombres que habían sido sus paladines, como Egmont y Montigny, luego Guillermo de Orange, convertidos en enemigos a los que liquidó implacablemente. Ni la represión del duque de Alba, ni la maquinaria atroz del Santo Oficio, ni siquiera la formidable victoria de su hermano bastardo Juan de Austria en Lepanto contra los turcos lo aplacaron. Al contrario, don Juan se convirtió en una obsesión, como figura internacional con aspiraciones regias que Felipe ni podía ni quería contentar.

Su éxito político en los Países Bajos propició un episodio siniestro: el asesinato del secretario Escobedo por orden del secretario del rey, Antonio Pérez. Felipe lo permitió o al menos no lo persiguió, aunque desconocemos por qué preocupaba el rey el chantaje entre dos compinches corruptos: Escobedo y Pérez.

Luego fue Antonio Pérez, muy querido por Felipe II, el que con la intrigante y fascinadora princesa de Eboli, acabó en la cárcel. Pero se fugó a Zaragoza y convirtió un viejo litigio nobiliario y fuerista en verdadera rebelión. No merecía tanto el traidor Pérez, que escapó, ni tan poco el joven Justicia Juan de Lanuza, decapitado injusta e innecesariamente. Más grave, por la conexión exterior, fue la rebelión de los moriscos de las alpujarras; y más caro y humillante el naufragio de la Armada Invencible. Pero desde 1580, como rey de Protugal, Felipe II culminó la unión peninsular y de los dos imperios americanos. En fin, aunque gracias a él son hoy católicas Francia o las Filipinas, aquellas islas lejanas por las que pudo decirse que «en sus dominios no se ponía el sol», su figura yace, desde 1598, en una fría y reservada sombra.

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