Federico Jiménez Losantos

Intelectuales Segunda República

Víctor LLano

La Navaja de Ockham

Servicios

Noticas en directo

CATALINA DE ARAGON: Víctima enamorada de Barbazul

El Mundo, 15 de noviembre de 1998

Fue la hija pequeña de los Reyes Católicos. Su matrimonio con Enrique VIII la convirtió en reina de Inglaterra. Rechazó hasta la muerte la petición de divorcio de su esposo, amante de Ana Bolena.

CATALINA DE ARAGON: Víctima enamorada de BarbazulLa hija pequeña de los Reyes Católicos era la que más se parecía a su madre: rubia, de ojos claros, graciosa, inteligente... Era una belleza de tipo inglés, muy en la línea de su bisabuela Catalina de Láncaster, de quien tomó el nombre y que fue quien introdujo la locura en la dinastía de los Trastámara. Fue una joven excelentemente educada, que hablaba y leía en latín. De los cinco hermanos supervivientes, Catalina era sin duda la de mejores prendas intelectuales y morales pero le faltó la ambición política para ser más feliz. Y quizá la razón fue que, como sus hermanas y a ejemplo de su madre, tenía una manía de enamorarse propia de las novelas de caballerías. Catalina, en mayor medida que Juana, representa una variante poco comentada pero quizá la más común del amor cortés, tan novelero: el amor fatal al propio esposo, que ni lo comparte ni lo merece.

Nació en Alcalá de Henares en 1485, ocho días antes de la Nochebuena. A los cinco años contempló la emocionante y vistosa toma de Granada. Allí se quedó a vivir con sus padres, porque Isabel y Fernando siempre consideraron que la capital de la España suya, la de los Reyes Católicos, sólo podía ser la ciudad ganada por ellos para la Cruz. Pasaron los años y un día Catalina tuvo que abandonar los arrayanes y la magia umbría del Generalife y la Alhambra, las calles soleadas de Santa Fe y el perfil soñador de la Torre de la Vela. Su destino era el de completar el designio político de la España recién nacida como potencia universal, en contra y a despecho de Francia, cuyo cerco establecieron los Reyes Católicos con el anillo de cinco bodas: Juan y Juana con los Habsburgo; Isabel y María, con Portugal; Catalina con Inglaterra. El final de tan redondo proyecto fue sin embargo pentafunesto: ni el príncipe Juan llegó a rey de España ni el infante Manuel a heredar España y Portugal. Y la mejor, Catalina, llegó a reina de Inglaterra para vivir en carne propia la ruindad de una Corona, el envilecimiento de un reino, la ruptura de su Iglesia y la miseria de la Razón de Estado, vulgo Política.

Catalina había sido prometida, niña aún, para casarse con su heredero Arturo, a Enrique VII de Inglaterra, fundador de la dinastía de los Tudor. Al cumplir los 15 años, Catalina embarcó hacia Plymouth desde donde emprendió trayecto a caballo hasta Londres. Causó más impresión a su maduro suegro que a su joven y espiritado maridillo, que seguramente nunca conoció mujer. Tras el bodón fueron enviados a Gales, a vivir separados hasta que sus mayores decidieran unirlos, pero a los seis meses una epidemia bautizada como la fiebre del sudor, los postró en cama. Se levantó Catalina pero no Arturo, que la dejó viuda sin haber cumplido los 16.

Fue prometida al nuevo príncipe de Gales, el robusto y alegre Enrique, que sólo tenía 11 años. El propio Enrique VII, al quedar viudo, quiso desposarla. Pero Isabel la Católlica, en una de sus últimas decisiones antes de morir, vetó ese enlace que consideraba turbio y senil. La tacañería de su padre y de su suegro, que se pasaban mutuamente la pelota de su manutención, la hizo perder sus verdes años casi muerta de hambre. Isabel murió en 1504 y Catalina sólo pudo ya confiar en su confesor Diego Fernández. Por fin, en 1509 murió Enrique VII y el nuevo rey, Enrique VIII, mostró su deseo de poseer cuanto antes a la princesa española. Veintitrés años tenía ella y él acababa de cumplir 18.

Fue Catalilna, en los años que le dejaron, una reina adorada por el pueblo y respetada en la corte. Ella en persona cabalgó al frente de las tropas de reserva que derrotaron y dieron muerte al rey de Escocia en 1513. Para entonces Catalina había dado a luz una niña muerta, había visto morir casi recién nacido al heredero del trono y en la guerra sufrió un aborto. Tendría muchos percances en sus embarazos y al final sólo sobreviviría una niña, la futura María Tudor, reina de Inglaterra y de España, muerta sin descendencia.

Su infecundidad le obligó a aceptar los devaneos crecientes de Enrique, que reconoció un hijo bastardo de Bessie Blum y que terminó enamorándose de la hermana pequeña de su amante María Boleyn, la Ana Bolena fatídica. La astuta Ana negó sus favores al rey mientras no fuese libre y éste enloqueció hasta el punto de pensar en el divorcio de Catalina, con el argumento de que había sido antes esposa de su hermano. La treta, urdida por el todopoderoso Wolsey, tendía a lograr la anulación del matrimonio por el Papa, que estaba dispuesto a aceptarlo si la reina lo admitía. Catalina ya no podía esperar de su marido ni respeto ni amor, pero ella sí se los tenía y además guardaba celosamente su dignidad de esposa y de católica. Ningún Papa se atrevería a anular la boda de la hija de los Reyes Católicos.

Una parte de los intelectuales, clérigos y laicos, que como Juan Luis Vives o Tomás Moro había atraído Catalina a su cultísima corte se pusieron de parte de una reina, cuyo encanto y conducta intachable les constaba. En la propia Iglesia de Inglaterra, sometida a las presiones de Wolsey y Cromwell, se fueron creando dos bandos: los que sometían sus principios a la voluntad del rey y los que preferían la obediencia a Dios y al Papa antes que al capricho de Enrique VIII. Poco a poco, empezaron a pagar algunos con su vida. El caso más resonante en toda Europa fue el del canciller Tomás Moro, autor de Utopía, que supo morir por su religión y su reina. El Papa Clemente VII, personaje asabandijado, trató de convencer a Catalina para que aceptase el divorcio a cambio de una fortuna. La reina, asqueada, ni le contestó.

Con el divorcio como obsesión real, Ana Bolena accedió a acostarse con Enrique y quedó embarazada. Hizo entonces decapitar a Wolsey y animó al rey a erigirse en cabeza de una iglesia nacional que le facilitase el divorcio. Pero necesitaban que Catalina se doblegara y ella no lo hizo nunca. La obligaron a vivir en casas cada vez más lóbregas, la presionaron con su hija María, la amenazaron con el juicio por alta traición y con la muerte. Ella aceptó, pero siempre que su martirio fuera público. Los últimos años de Catalina fueron los del envilecimiento del Parlamento inglés, la miseria de su Iglesia y la imposición del terror a manos de Cromwell. Por fin, el 7 de enero de 1536, Catalina murió de dolor o, más probablemente, enveneada por Ana Bolena con la supervisión de Cromwell. Enrique VIII podía ya empezar a ser el auténtico Barbazul de la leyenda. Pero su esposa legítima murió amándole.

Encuesta


©