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JULIAN BESTEIRO: La ética y una cierta estética

El Mundo, 29 de junio de 1997

Fue captado para el partido por Pablo Iglesias, que le profesaba un cariño paternal. Se negó a seguir al Gobierno del PSOE en su huida a Valencia. La última vez que vio a Negrín le dijo: «Le tengo por un agente de los comunistas». Franco fue mezquino con él al terminar la guerra.

JULIAN BESTEIRO: La ética y una cierta estéticaEstaba predestinado a ser el hombre más importante del socialismo en el siglo XX español. Pablo Iglesias, consciente de sus limitaciones intelectuales y, en el fondo, convencido de que tenía que sacar al PSOE del obrerismo elemental en que se desarrolló durante sus primeros años de existencia, así lo tenía decidido. Este catedrático de Lógica, cuya vida familiar es un verdadero culebrón, había sido elegido por el santo laico del marxismo al principio, para sucederle y mejorarlo. Sin duda, Iglesias pensaba en él como el primer presidente socialista, de la República o del gobierno.

Pero Julián Besteiro no fue ni una cosa ni la otra. Después de una existencia entre plácida y azarosa (acompañada siempre de su medio hermano Sebastián Castedo, que llegó a ministro durante la dictadura), después de ser elegido por Madrid como concejal -desde el 18 hasta el 36 sin interrupción-, después de negarse a seguir al Gobierno del PSOE en su huida a Valencia, después de ser perseguido por sus propios compañeros, en especial por Largo Caballero, después de ser el único que, con su siempre fiel Dolores al lado, se mantuvo junto a sus electores en el Madrid de los bombardeos y los paseos, sacando a gente de las checas, salvando la vida de Sebastián y dejando que algunos salvaran la suya, terminó presidiendo la Junta que dio el golpe de Estado contra el Gobierno del socialista Negrín. De ser el hombre más respetado del socialismo español se convirtió en el traidor oficial para la historiografía de izquierdas.

Julián nace en Madrid, junto a la Plaza Mayor, y vive en medio de una serie complicada de intrigas amorosas, dentro de la más absoluta decencia pero también con un punto de picardía galdosiana. Lástima que don Benito no le dedicara a los Besteiro un novelón. Hubiera tratado de dos hermanas gallegas, María y Peregrina, que casan con dos primos, castellano pasado por Galicia el uno. Domingo Castedo, que casa con la mayor, María; y madrileño el otro, José, al que Peregrina viene a buscar a Madrid y caza con la inapreciable ayuda de su hermana. Pero quiso el diablo que murieran, con dos años de diferencia, el marido de Peregrina y la mujer de Domingo y, naturalmente, lo que hizo la hermana menor al poco tiempo fue desposar al viudo de la mayor. Júntanse así los hijos de ambos matrimonios y, dada la fertilidad de entonces, Juana Peregrina aportó al matrimonio cuatro niños vivos de los seis que tuvo, el último de los cuales se llamaba como su padrino, Julián.

El cruce de afectos y relaciones familiares debió resultar demasiado fuerte para el joven Besteiro, porque no se le conocieron nunca veleidades de faldas, entonces admitidas y hasta aplaudidas por la opinión pública si el veleidoso era varón. En cuanto tuvo ocasión de casarse se jubiló como conquistador y dedicó todo su tiempo al estudio y a la política. Pocas biografías, en esto, más aburridas que la suya. Su biografía política es otra cosa. La clave de sus problemas dentro del partido fue su participación activa en la gestación de la dictadura de Primo de Rivera. De la fracasada huelga general de 1917, Besteiro sacó un fruto de inconmovible moderación. Meses antes del golpe de Estado de Primo de Rivera, ya se había reunido éste con Besteiro para garantizarle que, a cambio de un discreto silencio, la UGT se convertiría, tras la persecución de la CNT, en el sindicato decisivo de España. Primo le dio garantías de que no se actuaría contra los anarquistas huérfanos de pistola. Naturalmente, lo que pactó fue con el beneplácito de Pablo Iglesias, Pero ahí fue donde la rivalidad entre los hijos del Fundador se desató y ya no hubo sucesor definitivo ni pacto duradero entre los jóvenes lobos del socialismo español.

Prieto se negó en redondo a aceptar el golpe de Estado. Largo aceptaba el trato, pero a cambio de ser él quien lo gestionara, y en cuanto a Fernando de los Ríos -el «Cristo Moerno», como le llamaban en su Granada natal- tampoco aceptaba que fuera otro catedrático quien administrara la herencia socialista.

Don Julián tuvo que cargar con el sambenito de querer «convertir a los españoles en ingleses», por su afán en transformar al PSOE en un partido semejante al laborista británico. Esa moderación no le impidió escribir uno de los pocos libros teóricos sobre el pensamiento de Marx publicados en España antes de la guerra: Marxismo y Antimarxismo, un verdadero plomazo. Pero como casi nadie había leído a Marx, le permitió mantener su posición de sabio de izquierdas mientras trataba de llevar el partido hacia la derecha. Todos los intentos del respetado pero poco atendido Besteiro se dedicaron a impedir la deriva izquierdista que llevó a la rebelión contra la República en el 34 y a la deriva bolchevique del 36. Su fracaso fue completo. Con la salud quebrantada, vio cómo el partido se le iba de las manos y, después, cómo se dividía entre prietistas y caballeristas, división a muerte, como se pudo ver en Ecija en un mitin de Prieto.

Besteiro no se fue: lo echaron. Sus compañeros le llevaron a puestos de mucha apariencia -como la presidencia de las Cortes- pero poco poder. La guerra le pilló viejo y enfermo. Por encargo de Azaña, pero también por iniciativa propia, trató de llegar a un acuerdo con Franco a través de Inglaterra, aprovechando la coronación de Jorge VI, una misión diplomática cuando la guerra estaba aún empezando y con Largo en el Gobierno, que trató de impedirla sin éxito. Pero entonces, nadie, ni fueran i dentro, quería negociar. El mismo Azaña disimuló su compromiso con él -cosa que no le perdonó nunca- y pronto vio cómo la dictadura negrinista iba devorando a sus dos viejos enemigos: primero, Largo; después, Prieto. Fracasados sus intentos de terminar la guerra por las buenas, horrorizado por los vaivenes de una familia que se debatía entre un ex ministro de primo y un ex propagandista de Marx, Besteiro dio el año 39 un paso decisivo al aceptar la jefatura que le propuso el coronel Casado de la Junta Militar, que depuso al Gobierno Negrín, en la esperanza de acabar con el poder comunista y de poder pactar en condiciones honorables con Franco.

Gracias a un yerno comunista pero no letal, Sebastián pudo huir de Madrid y pasar la guerra en Barcelona, hasta la entrada de las tropas de Franco. Pero Besteiro vivió los tres años de matazón intranquilo por la suerte de su doble familia. Y de la nación. Cuenta uno de sus familiares que la última vez que vio a Negrín le dijo: «Antes de que le cuenten nada, quiero que sepa por mí lo que he dicho en la ejecutiva del PSOE. Le tengo a usted por un agente de los comunistas».

Pero este mismo hombre, capaz de enfrentarse al todopoderoso Negrín y al PCE, fue el que no quiso dejar a sus electores madrileños abandonados a su mala suerte, y supo compartirla, con dignidad extraordinaria, hasta el final.

Para la historia, con mayúscula, queda su imagen, en un sótano del Ministerio de hacienda convertido en improvisado estudio radiofónico, dirigiéndose a los españoles para pedirles el final de tanta sangre en nombre de la Junta de Defensa Nacional. Estaba tan enfermo que, de hecho, pasaba el día acostado en el camastro de un cuartucho vecino, de donde sólo lo sacaban para loas alocuciones radiofónicas mientras duró el combate feroz de comunistas y anticomunistas que realmente dio fin a la Guerra Civil española. El anarquista Mera, el coronel Casado y algunos socialistas como Wenceslao Carrillo, el padre de Santiago, rodeaban a aquel hombre consumido, enteco, febril, aquijotado y angustiado, que supo asumir, en las peores condiciones, el destino de su patria, cuando ya no le quedaba destino ni tenía sitio en su patria, si es que de la patria quitamos la memoria.

Franco fue mezquino con él. El Tribunal Militar no lo condenó a muerte sino a reclusión perpetua, la fórmula de evitar el paredón. Pero en un horrible peregrinar cautivo, un viaje dantesco de cinco días, lo mandaron al penal de Carmona, donde no se daban las mínimas condiciones para que su quebrantada salud resistiera el cautiverio. Consiguió ver a su mujer y hasta darle ánimo, mientras su cuerpo se iba consumiendo y su mente apagando.

Si defectos tuvo, si errores cometió, si no logró nunca su objetivo político, no cabe reprochárselo sino lamentarlo. Pocos hombres de nuestro siglo han dejado una impronta de honradez, un marchamo de seriedad, un fin de vida tan digno como Julián Besteiro en la política nacional. No fue un gran intelectual, no fue un político afortunado, pero gracias a gente como él todavía la ética, entonces simplemente decencia, tiene sentido y significado en el español del siglo XX. Y ello por esa triste imagen inolvidable, por esa estética agónica de su final político. Esa fotografía pobre, en sepia y negro, esa imagen macilente bajo el foco y frente al micrófono pidiendo la paz, es, ni más ni menos, la imagen de la ética cuando vienen mal dadas, cuando ya no hay lugar para otra estética que la de la compasión.

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