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ANTONIO ORDOÑEZ: El mito de la escuela rondeña

El Mundo, 27 de diciembre de 1998

Nació el 16 de febrero de 1932 y murió el pasado 19 de diciembre. Hemingway fue su amigo y «biógrafo». Estoqueó a 2.000 toros. Para muchos es el mejor torero de la segunda mitad del siglo XX.

ANTONIO ORDOÑEZ: El mito de la escuela rondeñaCuando el padre de Antonio Ordóñez debutó en Madrid, el crítico Gregorio Corrochano tituló su crónica con sencillez ática: Es de Ronda y se llama Cayetano. Nacía así, con el mismo estilo literario que se glosaban en la plaza, un torero mítico, Cayetano Ordóñez El Niño de la Palma, y se consolidaba otro mito mucho más duradero: el de la Escuela de Ronda, supuesta antítesis de la de Sevilla y que proclama dos virtudes capitales: la naturalidad en el ruedo y la hondura en la ejecución clásica de las suertes.

Si bien se mira, se trata de las virtudes especialmente apreciadas por el público de Madrid, el más exigente, pero con la concesión a Andalucía, Sevilla aparte, de la cuna y la norma del arte taurino. El clasicismo con el pellizco del arte, es la técnica de Despeñaperros p'arriba con el sentimiento de Despeñaperros p'abajo, Pedro Romero y Antonio Fuentes frente a Pepe Hillo, el padre auténtico de la Tauromaquia sin mitología escolar.

Además de Corrochano, tuvo Cayetano Ordóñez un publicista de excepción en Ernest Hemingway, gran frecuentador de plazas y toreros aunque sujeto reñido con la verdad y arbitrario aficionado, que lo canonizó en Fiesta y lo crucificó en Muerte en la Tarde.

Heredó el capricho del prepotentado el guapo hijo de Cayetano, tercero de sus cinco toreros. Antonio Ordóñez, que también disfrutó la chundarata propagandística de Hemingway en la serie de reportajes para la revista Life publicada en 1959 con el título El verano sangriento.

Se trataba de glosar la rivalidad real de Ordóñez con su cuñado Luis Miguel Dominguín, pero el relato taurino era tan poco respetuoso con la verdad como su novela ¿Por quién doblan las campanas? con la realidad de nuestra Guerra Civil. Sirvió para acuñar una popularidad extrataurina que, a la larga, pudo perjudicar a Ordóñez y difuminar su figura de torero soberbio, casi tan vanidoso aunque menos poderoso que Luis Miguel.

Para muchos aficionados, Antonio ha sido el mejor torero de la segunda mitad del silo XX. Para los que creen en la Escuela Rondeña, el mejor de todos los tiempos, la síntesis de José y Juan, del apolíneo Joselito y el dionisíaco, agonístico Belmonte, con quien está más emparentado. Pero Ordóñez no fue un torero episódico: mil corridas y dos mil toros estoqueados en 25 años de alternativa lo convierten objetivamente en uno de los más grandes de la Historia.

En cuanto al arte, para los que le vieron torear, el mejor de una portentosa generación de artistas: Antoñete, Manolo Vázquez, Curro Romero... Compitió ventajosamente en los años 50 y 60. Aparte de Luis Miguel, con Julio Aparicio o Paco Camino, clásicos y exquisitos. Y tuvo el detalle de negarse a torear con El Cordobés. Gesto de artista.

Nació el 16 de febrero de 1932, en Ronda (Málaga). Fue a la escuela de las Esclavas de Ronda, donde acreditó buenas cualidades para el fútbol. Pero su padre le tenía fe como torero y en Sevilla le llevaba el carretón hasta la Venta de Abao, donde se hizo becerrista. Su carrera como novillero-prodigio la hizo al lado y casi a la sombra de uno de los grandes de su generación: Manolo Vázquez, el pequeño de otra dinastía taurina en la que destacó el elegantísimo Pepe Luis. Pero Antonio Ordóñez no tenía rival cuando le echaba ganas. El 28 de junio de 1951 tomó la alternativa en Madrid junto a la pareja de moda: Julio Aparicio y Miguel Báez Litri.

Pero cuando Antonio triunfó en Madrid, después de Manolo Vázquez, los eclipsó a todos. Su único gran rival en el ruedo fue «Dominguín», otro niño prodigio, torero de dinastía, temperamento casi inhumano en el ruedo y ambición comparable, si no superior, a la del rondeño.

Durante la década de los años 50, la rivalidad con su cuñado -se casó con Carmina González Lucas en 1954- fue una mina para los empresarios y para los aficionados. El verano del 59, marcado por las cornadas e inmortalizado por Hemingway, no fue el único de ardiente competencia ni tampoco el único de graves percances. No se matan dos mil toros sin cicatrices. Y Ordóñez, que cuando se decidía a torear de verdad no tenía rival, recibía en esas ocasiones gravísimas cornadas. Una en Tijuana, el año 1962, lo retiró por primera vez.

Antes, y al igual que a su padre, Gregorio Corrochano le había dedicado una crónica magistral en Blanco y Negro por la que, para algunos, fue su mejor faena. Era el San Isidro de 1960, el toro era un atanasio y se lo brindó al entonces Príncipe de España Juan Carlos de Borbón. Corrochano la tituló Una faena de Príncipe y en ella ponderaba sobre todo, la hondura de las verónicas, el lance más distintivo, armonioso y majestuoso del repertorio de Ordóñez, y la delicadísima cadencia de los muletazos con la derecha, incluidos los redondos, que manejaba mejor que la izquierda.

Siempre se llevó mal con la izquierda, en los toros y en la política, y como con la izquierda se mata, no fue gran matador. Adquirió el vicio o la ventaja de citar a recibir y dejar una estocada baja en lo que Cañabete llamó «el rincón de Ordóñez».

Pero en el volapié se notaba más la fechoría y la gente aprendió a silbarlo. Se le perdonaba el paso atrás en las verónicas, cuando lo daba, y su desconfianza con la zurda, por lo bien que componía la figura, sin forzar la suerte ni perder cierto aroma, cierto estilo indefinible y como añejo de andarles a los toros que suele llamarse Escuela Rondeña. Pero si en el futuro alguien quiere explicar en qué consiste el toreo rondeño tendrá que decir Ordóñez.

De su primer matrimonio tuvo Ordóñez dos hijas. La mayor se casó con el infortunado Paquirri y uno de sus hijos, Francisco Rivera Ordóñez, educado con Antonio, siguió la carrera familiar, con popularidad elefantiásica. Tras la retirada del 62, Antonio Ordóñez, protagonizó una reaparición clamorosa en el 64, pero ya no pudo volver a comienzos de los 80. Viudo en el 84, se casó con Pilar Lezcano en el 85 y disfrutó de una madurez apacible y campera, dedicado a su ganadería y a la plaza de toros de Ronda, en la que organizaba la corrida goyesca. En la finca de San Cayetano guardó en un pozo, bajo los tilos, las cenizas del gran amigo y aficionado Orson Welles.

El Gobierno Aznar le otorgó la Medalla de Oro de las Bellas Artes. Se supo entonces que padecía cáncer. No pudo asistir a la boda de su nieto Francisco con la hija de la duquesa de Alba y toda España supo que se iba. El sábado 19 de diciembre de 1998 murió en Sevilla.

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