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JULIO CESAR: Del Rubicón al Ebro

El Mundo, 17 de enero de 1999

Nació el año 102 a.C. dentro de una familia de la aristocracia. Cuando llegó a Hispania tenía 33 años. Ejército permanente, colonización, bajos impuestos y derechos municipales, claves de su política.

JULIO CESAR: Del Rubicón al EbroLa primera vez que Cayo Julio César llegó a Hispania tenía 33 años y ante las aguas de la vieja bahía gaditana donde se rendía culto a Hércules-Melqart, el fundador mítico de Iberia, lloró recordando que, a su edad, Alejandro Magno había conquistado el mundo. El, en cambio, acababa de obtener su primer cargo en el cursus honorum, el de cuestor en la Hispania Ulterior y andaba huyendo de sus acreedores y enemigos políticos de Roma. No es que fuera desconocido allí. En realidad, se le conocía demasiado.

Había nacido en el año 102 a.C. dentro de una antigua y noble familia de la aristocracia, pero sus pasos políticos, en la Guerra Social que desde los Gracos arrasaba Roma lo llevaron al partido popular. Una tía suya se había casado con Mario, el gran enemigo de Sila y el Senado; él desposó a una hija de Cinna, el lugarteniente de Mario y cuando Sila le ordenó divorciarse, se negó. Incomprensiblemente, Sila le perdonó la vida aunque advirtió que «había en ese joven muchos Marios».

No tentó más a la suerte y se fue a la guerra de Asia Menor hasta que murió Sila. Vuelto a Roma triunfó entonces como orador, el único capaz de oscurecer al mismísimo Cicerón. En un viaje a Rodas para perfeccionar su retórica fue capturado por unos piratas que, mientras llegaba su rescate, le preguntaban bromeando qué haría al volver a Roma. Respondió que reuniría una flota, atraparía a sus captores y los ahorcaría. Rieron todos. Pero César cumplió su palabra al pie de la letra. Era, pues, un golfo encantador, un intelectual derrochador, excéntrico y populista, un orador político habilísimo. Cuando llegó a Cádiz no era nadie. Pero tal vez allí se dispuso a serlo todo.

A su vuelta a Roma se convierte en el líder indiscutible del partido popular. Humilla al Senado en el año 65 d.C. reponiendo los triunfos y la estatua de Mario. Se asocia con Craso, el hombre más rico de Roma, para abastecer sus arcas. Seguramente participan ambos en la conjura de Catilina contra el Senado y cuando Catón el Joven y, sobre todo, Cicerón acaban con Catilina, debe huir a Asia Menor y conseguir luego, quizá bajo soborno, que le nombren para un cargo en Hispania, pretor en la Ulterior, en el 61.

Su política fue meditada y fulminante, un modelo de la inmediata conquista de las Galias. En lo militar, con tres legiones, emprendió una campaña de saqueo por Lusitania, para reunir fondos, pero también para rehacer la Ruta de la Plata.

No fue una campaña dura, salvo para los galaicos derrotados, y resultó brillantísima en términos económicos. Sobre todo, puso en marcha el programa de su partido, el popular, cediendo tierras a los soldados licenciados y practicando tanto en la Hispania Ulterior (pompeyana) como en la Citerior (sertoriana) una táctica de atracción política casi perfecta. Ejército permanente, colonización sistemática, reducción de impuestos y derechos municipales fueron las cuatro claves de la política de César.

Ese programa, meditado desde su primera estancia en Gades, le valió en Roma el crédito político necesario para formar con Pompeyo y Craso en el año 60 el primer triunvirato. En el 59 fue nombrado cónsul y siguió cultivando su clientela hispana a espaldas de Pompeyo, que tras derrotar a Sertorio consideraba la península Ibérica como una finca indisputable. Tras deshacerse, con viles medios, de Catón y Cicerón, obtuvo el mandato de las Galias Cisalpina y Transalpina por cinco años. Desde allí oteaba la política de Roma y aguardaba el desgaste de Pompeyo y Craso. Derrotó a los helvecios y luego a los germanos. No obstante, sus victorias militares, mezcla de audacia y precisión táctica, le daban una fama arrolladora. En el 54 se hace asignar otros cinco años la gobernación de las Galias y se juega el todo por el todo contra Vercingétorix, último caudillo capaz de unir a los galos contra Roma. Tras su aplastante victoria del 52 y la captura de Vercingétorix, a quien pasea como prueba de su éxito en Roma, tiene ante sí abiertas todas las glorias, incluyendo la literaria por De Bello Gallia y todas las envidias.

En el 53 había muerto su hija Julia, casada con Pompeyo, que era su único lazo de unión. También Craso había perecido asesinado por los partos. En el 50 quedan frente a frente Pompeyo, que ya había sido nombrao Cónsul Perpetuo -casi un monarca- y César, que aspiraba al poder total. En el 49 el Senado le ordena disolver su ejército. Su partido, con Marco Antonio a la cabeza, denuncia al Senado y huye junto a César. Pasa el Rubicón y comienza la penúltima guerra civil, el penúltimo estertor de la República. Tras sus relativos fracasos en Grecia, es de nuevo Hispania quien le da la victoria a César. A punto de ser aniquilado por Afranio en Ilerda (Lérida) , consigue eludir la tenaza de 70.000 hombres y rodearlos en un recodo del Ebro.

La victoria de César sorprendió tanto dentro como fuera de la península. Las bases pompeyanas quedaron cercadas. César buscó entonces el cuerpo a cuerpo con Pompeyo en Farsallia, donde lo aplastó. Y cuando persiguiéndolo llegó hasta Egipto, un eunuco llamado Potino, que había hecho huir a la Corte a la heredera Cleopatra, le ofreció como presente la cabeza de Pompeyo. César apartó la vista con horror. Y era sincero. Enredado en amoríos con Cleopatra, derrotó casi jugando al hijo del legendario Mitridates del Ponto. Farnaces le duró una frase: Vini, vidi, vinci. Pero el hijo mayor del Pompeyo, Cneo, secundado por el pequeño, Sexto, rehizo el bando pompeyano en Hispania y consiguió reunir hasta 11 legiones hispanorromanas, capaces de darle la vuelta a la guerra y acabar con César. Estuvieron a punto de conseguirlo pero en el 45, César los aniquiló en Munda (la actual Montilla).

César trazó entonces los planes de colonización definitiva de Hispania. Reunió una asamblea de municipios en Hispalis y expuso lo que bien sabían todos: las ciudades que, como Corduba, le resistieron, yacían en el polvo tras horrible masacre. En cambio, Lisboa, Tarraco, Cartado Nova, Cástulo y, por supuesto, Cádiz, a cuyos sacerdotes había devuelto el tesoro de Hércules, se convertían en colonias romanas, con rango de ciudadanos para sus habitantes. César, ya dictador vitalicio en Roma, nombró a un Senado en el que por primera vez había tres hispanos: Ticio, Lucio Decidio Saxa y, el primero de todos Lucio Cornelio Balbo. La romanización de Hispania dibujada por Sertorio y que Pompeyo recreó en una vasta red de relaciones políticas alcanzó con César su perfil definitivo, aunque fuera su hijo adoptivo, Augusto, el llamado a convertirlo en realidad. A César, en el 44 a.C., le agardaban ya los Idus de Marzo.

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