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La enseñanza, ¿puede ser católica? A favor hablan Gil Robles, Ossorio y Alcalá Zamora. En contra, Galarza

Diario de Sesiones, de 13 de octubre de 1931

El Sr. Domínguez Arévalo: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Domínguez Arévalo: En asunto que como éste afecta a cosa de tanta trascendencia y que roza a la conciencia, a los sentimientos más íntimos, no será extraño que este modesto Diputado navarro quiera salvaguardar su conciencia dejando consignada en el Diario de Sesiones la expresión de un sentimiento íntimo. La manifestación que quiero hacer es la siguiente: que cuando aquí se vote la iniquidad que se va a votar por el sectarismo anticatólico de algunos miembros del Gobierno y de la Cámara y -lo que es más triste- por la pasividad claudicante de los que llamándose católicos permanecen ahí (señalando al banco azul) callados, se habrá abierto un abismo entre el sentimiento católico y la República española. (El Sr. Ministro de la Guerra pide la palabra.) Y aunque a mí esto no me afecta personalmente ni lo siento, porque soy resuelta, fundamental y sustantivamente monárquico... (Rumores.- Un Sr. Diputado:Ya lo sabemos.) Tengo más derecho a decirlo que por cuanto creo representar una opinión: la de que nosotros, como nuestros padres y nuestros abuelos, no han servido jamás más que a los reyes en el destierro y en la desgracia, y esto merece el respeto de todos. (Rumores.- Un Sr. Diputado: Váyase S.S. también con ellos.) Que, pues, registrado mi parecer de que la República española proscribe el sentimiento católico de los españoles. (Nuevos rumores.)

El Sr. Ossorio y Gallardo: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: ¿Para explicar el voto?

El Sr. Ossorio y Gallardo: No; para cuando se llegue a la discusión del artículo.

El Sr. Presidente: Está bien. En realidad ese sería el momento de hacer todas estas manifestaciones.

Hecha la correspondiente pregunta por la Presidencia, no fue tomada en consideración la enmienda del Sr. Carrasco Formiguera.

Se leyó por segunda vez la siguiente enmienda del Sr. Gil Robles:

"Los Diputados que suscriben tienen el honor de formular al artículo 24 la siguiente enmienda:

En la base 5.* se suprimirán las palabras "y la enseñanza".

Palacio del Congreso, a 13 de octubre de 1931. José María Gil Robles.

Pedro Martín.- Ramón Molina.- Lauro Fernández.- Cándido Casanueva.- Joaquín Beunza.- Ramón de la Cuesta. "

El Sr. Presidente: ¿Mantiene S.S. La enmienda?

El Sr. Gil Robles: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Gil Robles: Me hago cargo Sres. Diputados, de las circunstancias en que voy a dirigir la palabra a la Cámara, y por ello podéis tener la seguridad de que seré extraordinariamente breve.

La enmienda que voy a defender, juntamente con la que acaba de apoyar el Sr. Carrasco Formiguera, está formulada directamente al dictamen tal como últimamente ha sido redactada; es, pudiéramos decir, la más genuina de las enmiendas al artículo del dictamen que vamos a votar. Se pide en ella la supresión de las palabras "y la enseñanza" (Rumores.), por entender que esta cortapisa que se ha establecido a la actividad de las Congregaciones y Ordenes religiosas es un precedente de alcance quizá insospechado para todo lo que signifique libertad de enseñanza en la nueva Constitución. Este es un ataque directo que se formula a la libertad de enseñanza. (Un Sr. Diputado: Evidente.) Si es evidente, me vais a permitir que lo razone, porque tengo perfecto derecho a ello. Tengo que defender hoy, y el día de mañana habrá que hacerlo con mayores razones, el principio de la libertad de enseñanza porque entiendo que uno de los más odiosos monopolios que en el mundo puede crearse es el monopolio de las inteligencias, que quiere ejercer el Estado, sustituyendo la acción de aquellos que por derivación directa de la paternidad en el orden moral tienen el derecho a la educación y a la formación de la inteligencia y de la conciencia de sus hijos. (Un Sr. Diputado: Defiende a Deusto.) Defiendo el derecho de los padres, sin importarme las consecuencias. Puedo defender a Deusto y a la escuela atea. Serán los padres los que levarán a sus hijos a donde quieran. Esta es la defensa que hago en nombre de la libertad de enseñanza. (Un Sr. Diputado: Ahora.) No es ahora, porque toda la vida, dedicado a la propaganda, vengo defendiendo el principio de la libertad de enseñanza, que fue menospreciado por los Ministros de la Monarquía y lleva trazas, también, de serlo por los Ministros de la segunda República española. (El Sr. Menéndez (D. Teodomiro): Cada vez más allá. Por encima de todo, el interés del Estado.)

Decía el Sr. Ruiz Funes que la República se había definido como República liberal, y tened en cuenta que el principio que más directamente deriva del liberalismo es el que se refiere a la libertad de conciencia y el monopolio docente del Estado, que comienza a existir en nombre de ese principio de salud pública que defendió el señor Ministro de la Guerra, significa que el Estado se erige en depositario de la verdad objetiva, que es él solo el que la puede hacer llegar a manos del ciudadano. Hoy puede ser el Estado republicano; mañana puede ser comunista; otro día puede ser imperialista, porque tened en cuenta que el principio del monopolio docente del Estado es el principio de los grandes imperialismos en la historia. Napoleón crea un arma colectiva como motor de sus móviles imperialistas en toda la política europea. Hoy Mussolini quiere apoderarse de las conciencias para forjar un instrumento de imperialismo que está llamado a dar muchos días de luto a la nación italiana.

Es decir, que vosotros, al sentar ese principio que va contra la libertad de enseñanza, vais a favor de las tendencias imperialistas del Estado, porque hoy está en vuestras manos, pero mañana podrá ser precedente terrible cuando vaya a otras manos distintas, y entonces no podréis invocar razones doctrinales porque habréis sido vosotros los que pusisteis los jalones del futuro imperialismo de España.

Además tened en cuenta el problema que en estos momentos se va a tratar. ¿Es que estamos tan sobrados de instituciones docentes de toda clase para prohibir la actividad de los que están asumiendo la mayor parte de esta función? Si el Estado tuviera preparada la sustitución de esa función, todavía me parecería lógico el criterio que adoptáis, pero cuando faltan en Madrid escuelas para miles de niños, cuando los institutos no pueden dar cabida a los alumnos, vais a acabar con las instituciones docentes privadas sostenidas por la voluntad de los padres a quienes, repito, corresponde la formación de la conciencia de sus hijos, y vais a lanzar al arroyo a miles de niños que no encontrarán quien les dé la enseñanza que necesitan, ni en los Municipio ni en el Estado. Pues decid claramente que a lo que va la República española es a dar un paso gigantesco en el camino del analfabetismo español.

Y ahora, señores, unas palabras más. En mi intervención, a raíz del discurso del Sr. Ministro de Justicia, yo os decía que si la Constitución que se está votando era, en el punto concreto que nos ocupa, una Constitución persecutoria, nosotros -por mí lo digo y dejo aparte otras interpretaciones de principio-, dentro de un terreno legal, no consideraríamos esa Constitución como nuestra. Pues, señores, yo hoy, cerrando por lo que esta minoría respecta, el debate parlamentario sobre este punto trascendental, tengo que deciros que ese dictamen es tan persecutorio como el anterior, que se convirtió en voto particular del partido socialista; quizá lo sea más, porque contiene elementos que más pérfidamente pueden ir a la consecución del objeto que os proponéis. No hay que disimular los principios; esto es más persecutorio que la misma disolución decretada en bloque. A ella quizá la tendríais miedo, porque, por una parte, podría significar un enorme conflicto sentimental, y por la otra, era un mero principio lírico que no se sabía cuándo podía tener una aplicación práctica. Pero esto sí que se puede tener en nosotros; hemos de lanzarnos a la conciencia católica del país a decirla: el dictamen que se ha aprobado con el voto de unos y la complicidad de otros es un principio netamente persecutorio que los católicos no aceptamos, que no podemos aceptar; y desde este mismo momento nosotros, ante la opinión española, declaramos abierto el nuevo período constituyente, porque de hoy en adelante los católicos españoles no tendremos más bandera de combate que la derogación de la Constitución que aprobéis.(Un Sr. Diputado pronuncia, fuera de los escaños, palabras que no se perciben.) No he oído la interrupción; sería conveniente que se formulara desde el escaño pidiendo la palabra, en lugar de escudarse en el anónimo, detrás de una barrera.

No habréis cumplido la primera función de una Asamblea Constituyente, que es dar una Constitución que a la vez sirva para dar una estabilidad a las instituciones políticas del país. No se la daréis porque un sector inmenso de la opinión española, desde estos momentos, se coloca frente a esa Constitución persecutoria que vosotros vais a aprobar en nombre de una libertad que no empleáis más que para andar por vuestra propia casa. (Rumores.) No os extrañe que hablemos así. (Varios señores Diputados: No, no.- Continúan los rumores.- Varios señores Diputados pronuncian palabras que no se perciben.) Yo no he mandado nunca y, por consiguiente, ese reproche se lo puede dirigir S.S. a quien lo pueda recoger. (Un Sr. Diputado: ¿Y cuando andaba S.S. al lado de Calvo Sotelo?) Yo no he andado al lado de Calvo Sotelo ni de nadie. Puede S.S. demostrarlo y entonces yo lo reconoceré. He prestado una colaboración de técnico a quien me la ha pedido, pero simplemente de técnico y no de político; y no me arrepiento ni me avergüenzo de ello, porque yo, donde me piden una colaboración de técnico, modestamente la doy al servicio de mi patria, sin tener en cuenta quién es el que me la pide.

Voy a decir a SS.SS. otra cosa. Aquí hemos venido nosotros con un propósito leal que desde el primer momento hemos cumplido. A los compañeros de la Comisión de Constitución, buenos amigos todos en particular, les emplazo para que digan si en el seno de esa Comisión no ha habido por nuestra parte una colaboración leal y decidida desde el primer día, dejando muchas veces a salvo convicciones secundarias en bien de la paz de los espíritus, abdicando a veces de sentimientos muy queridos, que dejábamos a un lado por una consideración de bien común. Desde aquí, con un criterio doctrinal perfectamente definido, hemos colaborado con vosotros, que la colaboración lo mismo puede hacerse con aplausos cerrados de la mayoría que con la intervención de oposición cuando está guiada por un buen sentido y por la recta concepción del cumplimiento del deber. Esto es lo que hemos hecho; no podéis decir en ningún momento que os ha faltado nuestra modesta colaboración. ¡Señores, de hoy en adelante, en conciencia, no podemos continuar! Es pequeña la que podemos prestaros; pequeña, por lo que nosotros somos; enorme, por lo que representamos.

Hoy, frente a la Constitución se coloca la España católica; hoy, al margen de vuestras actividades se coloca un núcleo de Diputados que quiso venir en plan de paz; vosotros les declaráis la guerra; vosotros seréis los responsables de la guerra espiritual que se va a desencadenar en España. Nosotros abdicamos toda la responsabilidad en manos de una Cámara que ha votado una Constitución de persecución, y en manos de un Gobierno que, desde la cabecera del banco azul, mejor dicho, desde los escaños de una minoría a la que pertenece el Jefe del Gobierno, pronunció palabras de paz. Nosotros querríamos todavía recogerlas; tememos que ya sea demasiado tarde.

Perdonad señores, que haya sido demasiado extenso. Yo no lo quería; pero tal vez sea el último discurso que pueda pronunciar en esta Cámara. Nada más. (Aplausos en las minorías vasconavarra y agraria.)

El Sr. Presidente: El Sr. Ballester tiene la palabra para explicar su voto en cinco minutos.

El Sr. Ballester: Sres. Diputados, puede que sea éste el último discurso que pronuncie en la Cámara el Sr. Gil Robles, pero no lo será sin que reciban sus palabras de hoy la cumplida contestación, aunque ésta sea por boca de un modesto Diputado como yo, porque es valentía hacer invocaciones a cosas que jamás se han tenido en cuenta, cuando se quieren defender posiciones falsas.

Escuchaba yo días pasados que el Sr. Gil Robles invocaba la Libertad y el Evangelio para defender posiciones de una doctrina que jamás ha tenido en cuenta ni la Libertad ni el Evangelio (Rumores en las minorías vasconavarra y agraria), y en la tarde de hoy, cuando ha querido defender una posición, ha invocado la libertad de enseñanza, que jamás ha tenido en cuenta (Protestas en los vasconavarros y agrarios) quienes se sientan en esos bancos (señalando a los de dichas minorías). ¡Libertad de enseñanza, campaña contra el analfabetismo, vosotros! ¿Qué escuelas representáis vosotros? (Un Sr. Diputado: Muchísimas.) Muchísimas sí, pero en los centros de capitales importantes (Rumores en la minoría vasconavarra), donde vuestra enseñanza puede servir para vuestros fines; pero donde el analfabetismo español tiene verdaderamente su fuente es en las aldeas, en las míseras aldeas y allí no las he visto nunca, jamás. (Un Sr. Diputado de la minoría vasconavarra: Tenemos cien escuelas de barriada en Vizcaya.- El Sr. Picavea: Y en Alava.) Porque queréis la libertad de enseñanza para lo que nosotros no os la queremos dar (Un Sr. Diputado: Para unos y para otros), porque vosotros no buscáis la enseñanza y la educación por lo que ella representa en el sentido de ampliar el horizonte espiritual de los niños, no; la buscáis para gobernar sus conciencias (Protestas en la minoría vasconavarra), para moldearlos vosotros, rompiendo lo que es la virginidad de la infancia en manos vuestras, que habréis de deformarla antes del momento en que el niño pueda tener su espíritu capacitado para orientarse con su propia conciencia (Muy bien en la minoría radical socialista. El Sr. Picavea interrumpe pronunciando palabras que no se perciben y que son recibidas con protestas). La República no quiere entregaros sus hijos. Los niños, que son el valioso tesoro de la República, no caerán en vuestras manos, y para impedirlo, nosotros apoyaremos el dictamen. (Aplausos en la minoría radical socialista.)

El Sr. Gil Robles: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S. S.

El Sr. Gil Robles: Sin deseo ni afán polémico, voy a contestar en breves palabras al Sr. Ballester. (El Sr. Molina pronuncia palabras que no se perciben.)

El Sr. Presidente: Sr. Molina, atienda S.S. al Sr. Gil Robles.

El Sr. Gil Robles: Decía que, sin afán polémico, voy a contestar en breves palabras al señor Ballester, que ha pronunciado un discurso vehemente y que para ser perfecto no le ha faltado más que datos concretos. (Un Sr. Diputado pronuncia palabras que no se perciben.) Probablemente estará el resumen en el índice, pero como no ha dicho el resultado, ha sido incompleto. Y a hora voy a decir al Sr. Ballester una cosa, y es que en Madrid los niños que se educan gratuitamente en las escuelas privadas costeadas por elementos católicos -son cifras perfectamente comprobables que pongo a disposición de la Cámara- son más de sesenta mil. (Un Sr. Diputado: Son setenta mil.) Y voy a decir algo más: que todos esos niños están en las barriadas extremas, en los centros populosos, allí donde no es fácil que llegue el Estado providente con ninguna de las ventajas de la civilización. (Un Sr. Diputado: ¡Llegará, llegará! Otro Sr. Diputado: No llegará la Monarquía; llegará la República.) Yo deseo que llegue; pero mientras llega, ¿qué hacéis con esos niños? Esa es mi pregunta. (Fuertes y prolongados rumores.- El Sr. Presidente agita la campanilla reclamando orden.- Un señor Diputado pronuncia palabras que no se perciben.) Me dice un distinguido compañero que él o sus amigos sostienen mil alumnos en una escuela laica en Santander, y a mí me parece perfectamente. ¿Cómo no lo voy a respetar? Pero pido el mismo respeto... (Un Sr. Diputado: ¡Ahora!) Ahora y siempre. (Grandes y persistentes rumores.) Señor Presidente, yo desearía que me dejaran concluir, porque si no, va a ser bastante más larga la sesión.

El Sr. Presidente: También lo desearía yo, y espero que lo conseguiremos.

El Sr. Gil Robles: Yo rogaría a la minoría socialista que no fuera, si es posible -perdónenme el ruego-, tan rígida en su disciplina, porque esa disciplina que impide, muchas veces, hablar a sus miembros, tiene como consecuencia las interrupciones en tumulto a los que no somos disciplinados. (Grandes rumores.)

Y termino, Sres. Diputados. Los niños que se educan en esas escuelas reciben la instrucción totalmente gratuita, y van a ellas por la libre voluntad de sus padres. (Un Sr. Diputado: Bien caro lo pagan.) Yo tuve la suerte de estudiar en un Colegio religioso, y no ciertamente de los de lujo. Yo me he educado en el Colegio de Padres Salesianos, alternando con los hijos de los pobres. Ahí he aprendido una democracia que difícilmente tienen muchos que la pregonan, y allí he visto que los hijos de los obreros son llevados por sus padres voluntariamente. (Un Sr. Diputado: Porque no había escuelas oficiales.)

Unas palabras. Sres. Diputados, para concluir. No creo que sea buena norma de Gobierno, jamás, destruir por destruir. Hay una norma que debemos aplicar todos en la medida de nuestras fuerzas y desde nuestros respectivos puntos de vista. Quizá lo que para mí es un bien, para vosotros sea un mal; pero en vez de destruir, aplicad siempre esta norma -y con ello concluyo-: "ahogad el mal con la abundancia del bien". Si hay tanta carencia de escuelas, creadlas; si hay tanta presión sobre las conciencias católicas, cread abundancia de escuelas libres, que puedan ser nuestros mayores enemigos. Pero cread escuelas en un plan de competencia y de libertad todas; en un plan de tiranía docente, no; porque, señores, sería triste que el Gobierno de la República española siguiera las huellas de Napoleón y de Mussolini.

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el señor Leizaola. (Grandes protestas y rumores en varios lados de la Cámara.)

Señores Diputados, tengo que decir a la Cámara, que al Sr. Leizaola le asiste el derecho de explicar su voto en cinco minutos; pero no es discreto que esté explicando todos sus votos, porque eso podría constituir un abuso de su propio derecho. Yo espero que el Sr. Leizaola tenga en cuenta esta manifestación que le hago. (Un Sr. Diputado: Va a explicar su cuarto voto.)

El Sr. Leizaola: Es el segundo nada más. (Fuertes rumores, que impiden durante unos instantes que el orador pueda comenzar su discurso.) Señores, este es el canto del cisne de los católicos, porque después de esto, ya no nos queda nada que hacer.

Yo lamento que el Sr. Ballester haya olvidado unas palabras del Evangelio, de San Juan: "La verdad os hará libres." Yo os traigo aquí la verdad con datos y estadísticas, para refutar las acusaciones que se han lanzado contra la Compañía de Jesús.

Además, y esto me interesa mucho, se pretende que nosotros, es decir, el pueblo vasco, que se dice ha estado dominado por las derechas, no ha hecho nada por la cultura. Pues mirad estos datos: "El analfabetismo en España, por Lorenzo Torrubiano, segunda edición, 1926. Regiones por orden de analfabetismo, de menos a más: 1.:, las Vascongadas y Navarra, con el 29 por 100; 2.:, Castilla la Vieja, con el 34,88 por 100...", y sigue hasta el 70 por 100 de analfabetos en provincia cuyo nombre no menciono para no molestar a nadie.

Pero hay más todavía, Sr. Ballester, es decir, que las clases directoras del país vasco, cuya tradición, de cultura queremos nosotros continuar, se han preocupado del analfabetismo, y, como ya dije yo en un folletito de propaganda, vosotros, los que sostenéis la prensa de izquierda, "Crisol", "Heraldo de Madrid", "La Libertad", ¿qué habéis hecho para que disminuyan los analfabetos? El hecho de que nosotros no os leamos, no impide que creemos escuelas y hagamos descender el analfabetismo.

Pero hay todavía más. Yo quería dar ayer al Sr. Cordero una estadística sobre el particular, pero la daré ahora. Hay en España quince provincias que tienen menos del 40 por 100 de analfabetos. Eliminando de esas provincias Madrid y Barcelona, según estos datos que he obtenido en la Biblioteca de esta Cámara, la significación política de los señores Diputados que aquí se sientan es la siguiente: En las provincias de menos de un 40 por 100 de analfabetos -eliminadas Madrid y Barcelona quedan trece provincias-, hay nueve Diputados radicales, once socialistas, nueve Diputados radicales socialistas, tres Diputados federales, cuatro Diputados de la Agrupación al Servicio de la República y treinta y tres Diputados de las minorías derecha republicana, agraria y vasconavarra. ¡Y después decís que nosotros no representamos aquí el interés de la cultura nacional! (Grandes aplausos.)

El Sr. Presidente: ¿Toma la Cámara en consideración la enmienda del Sr. Molina? (Denegaciones.) Queda rechazada.

Como no queda ninguna enmienda, procede conceder la palabra al Sr. Botella, de la Comisión, que la tiene pedida para este momento. (Pausa.) Han solicitado turno en contra, primero, el Sr. Molina; en segundo lugar, el Sr. Guallar, y, por último, el Sr. Alvarez (D. Basilio). Como no hay más que un turno, hablará, en contra, el señor Molina, y en pro, el Sr. Ortega y Gasset. ¿Quiere hacer uso de la palabra el Sr. Molina?

El Sr. Molina: Cedo la palabra al Sr. Ossorio y Gallardo.

El Sr. Presidente: Tiene la palabra el señor Ossorio y Gallardo para consumir un turno en contra.

El Sr. Ossorio y Gallardo: Muy alejado yo de las pasiones tempestuosas que han tenido expresión elocuente durante toda esta larguísima sesión y sin tener tampoco nada nuevo que decir, porque todo lo que yo pienso, ha estado expresado con mejora evidente en los discursos de los Sres. Carrasco Formiguera y Gil Robles, no puedo excusarme la manifestar mi parecer sobre el dictamen que se va a votar, porque he de responder con ello a mi ideología, a mi conciencia y a mi compromiso con las personas que me han votado.

Yo me disponía a votar el dictamen antes de su última redacción, porque no es cierto, a mi juicio, como exageradamente suponen las minorías católicas, que este dictamen sea peor y más extremista que el primero, no: este dictamen, como casi todas las resoluciones que de esta Cámara van saliendo, significa, aunque no nos guste a muchos, un punto de posibilismo, un sentido de realidad, un pensamiento equilibrado. Esa confianza que yo he manifestado muchas veces, y en todas partes, tener en la Cámara, la ratifico hoy, porque no puede cegarme la pasión hasta el punto de creer que es lo mismo llevar a una Constitución la disolución fulminante de todas las Ordenes religiosas que dejar abierto el portillo, para que, con más calma y examen más maduro, se elaboren las leyes en que la vida de las Congregaciones pueda ser regulada. Y como en la Cámara no vivimos -en ninguna Cámara se vive, pero mucho menos en una de este temperamento y de esta situación- para que prevalezca el criterio de grupo, de secta, de dogma, de partido, sino para concertar voluntades, limar aristas, evitar obstáculos y hacer, en cada instante, si no lo bueno, lo menos malo, yo, no muy conforme esencialmente con el cuerpo del dictamen, me disponía a votar; pero el dictamen ha traído tres cosas que alarman -por la moderación que busco en las palabras, no me atrevo a decir siquiera que sublevan-, no ya la conciencia de un católico, sino el sentido de un jurista y de un liberal. Claro que el Sr. Azaña, en su gran discurso de esta tarde, donde el sectario brilló con atractivos y sugestiones que rendían las voluntades, ya tuvo la preocupación de declararnos cesantes a los juristas y a los liberales, poniendo por delante del sentido de la libertad y del Derecho la suprema razón de Estado; pero, siquiera a título de cesante o de profesional de una profesión mandada retirar, diré que en el dictamen me alarman grandemente los tres extremos que han sido objeto de examen: disolución de una Orden religiosa, nacionalización de sus bienes, prohibición a todas de la enseñanza. No se dice qué Orden será disuelta; se habla de las Ordenes que tengan hecho un cuarto voto, aparte de los tres canónicos. No muy ducho yo en la materia, me permito, sin embargo, aconsejar al Gobierno que estudie el caso, porque es posible que con lo de la existencia del cuarto voto se encuentre con alguna grave sorpresa.

Pero el Sr. Ministro de la Guerra, que esta tarde ha tenido su "suaviter in modo, fortiter in re", función belicosa, ya nos ha dicho sin eufemismos que se trata de la Compañía de Jesús. No tengo yo especial devoción por la Compañía de Jesús. Todo el mundo sabe que no soy demasiado clerical. Los señores de ese lado no me pueden aguantar por eso, entre otras razones. Mas yo he de protestar serena, pero enérgicamente, de una política que suprime al adversario, si es que vosotros tenéis por adversario a una Orden religiosa.

Se distingue, a mi juicio, una sociedad civilizada y culta de una sociedad arbitraria y atropelladora, en que en la primera el poder frente al adversario, lucha, combate y le convence o le vence; una sociedad inculta le suprime, le elimina, y a eso, un mediano temperamento de hombre liberal no se puede prestar con facilidad. Porque, no os engañéis, eso es lo que han hecho todos los tiranos: eliminar al adversario, borrarlo, aplastarlo. A Napoleón le estorbaban los abogados; suprimió la orden de los abogados, que luego tuvo que tragar. A Mussolini le estorban las logias; suprime las logias. A Primo de Rivera le estorbaban los adversarios del upetismo, y, alegremente, advirtió un día que nos privaría de la nacionalidad cuando se le antojase. No; eso no puede ser. Sentar ese precedente puede traer consecuencias incalculables y gravísimas. Frente a una obra que estimáis mala, ya se os ha dicho, haced otra cosa mejor: frente a una enseñanza que reputáis vitanda, dominadla con otra excelente; frente a una intromisión en las conciencias, emancipad las conciencias; pero suprimir, hundir al adversario... cuidaos antes de hacerlo, porque otro día os lo pueden hacer a vosotros. (Rumores.) Y ya hemos pasado por los tiempos en que se ha tratado de hacérnoslo a todos.

La cuestión de la enseñanza. Yo siempre, en tono más sereno -porque, además, mi edad me lo recomienda- que el Sr. Gil Robles, y más experto en el oficio de padre, y aun de abuelo, que no sé si el Sr. Gil Robles ha empezado siquiera, os digo que me subleva la tiranía del dios Estado que me arranque los hijos de mi potestad, de mi voluntad, de mi consejo, de mi imperio, sino os desagrada la palabra, para que me los forme un Estado que no sé cuál va a ser. No tendría ningún inconveniente que formasen a mis hijos hombres avanzados como los que se sientan en el banco azul, precisamente los que se sientan en él, y, en cambio me aterraría que, en momento de imperio de una política fascista, me formasen mis hijos para el fascio. Si yo fuera un padre italiano y tuviera que presenciar la lucha entre los religiosos y el poder del fascio y viera que éste me arrebataba a mi hijo contra mi voluntad para inculcarle ideas de tiranía y de barbarie, yo me reputaría absolutamente desgraciado.

Por eso no me hace ninguna gracia que se pase por encima de los padres; pero hay otra cosa, y a ora os habla un Diputado por Madrid, que ha sido Concejal por Madrid y que es, además, madrileño, y de Lavapiés, por si faltase algo: hay en Madrid veinte mil niños sin escuela, según las publicaciones oficiales del Ayuntamiento; veinte mil niños que no tienen dónde guarecerse. Yo recuerdo hace un año haber visto con dolorida sorpresa a la puerta de un grupo escolar que hay en el Puente de Toledo, mejor dicho, en el primer solar de la carretera de Andalucía, una gente como amotinada y la fuerza pública procurando imponer orden. ¿Qué pasa aquí? -pregunté-. ¿Es una revuelta? Me dijeron: No; son las madres, que vienen a matricular a sus hijos en la Escuela municipal; algunas llevan cuarenta horas sentadas en el suelo para tomar la vez. Y cuando ésa es la realidad de mi pueblo, de mi pueblo natal y del pueblo que yo represento, y me advierte la verdad de los hechos que hay veinte mil criaturas sin Escuela, sin pan espiritual, ¿cómo voy a admitir esta alegre improvisación con que vamos a suprimir los escolapios y los salesianos, y los hermanos de la Doctrina cristiana a cuenta de que tuercen la mente y la conciencia de los niños, a la mayor parte de los cuales sólo enseñan a leer, a escribir y las reglas fundamentales de la Aritmética?

¿Se podrán cerrar esas Escuelas cumpliendo lo que se va a votar? Grave cosa. ¿No se podrán cerrar? Ridícula cosa. Antes de votar un precepto constitucional, pensemos en si puede o no puede tener eficacia. ¿Por qué se hace todo esto? No se ofenda nadie, no se moleste nadie, porque el concepto ha salido ya varias veces en la sesión de hoy y ha sido acogido sin protesta, sin duda alguna por convencimiento individual, pero acaso, más que por convencimiento individual, por la presión exterior; y yo no voy a cometer la hipocresía de renegar de la presión exterior, porque todos estamos legítimamente sometidos a una presión exterior; si no representásemos la presión exterior, no seríamos nada, seríamos unos vividores o unos ilusos, o unas gentes a quienes sobraba el tiempo para perderlo. (El Sr. Cordero: Nosotros no nos producimos por presión exterior.)

Yo me alegro mucho, Sr. Cordero, y hasta creo que la conducta de esa minoría en el día de hoy acredita esas palabras; mas no cabe duda de que la presión exterior ha existido. Y respetando yo mucho esa presión, me permito advertir que de ella podemos y debemos ser intérpretes, mas no esclavos, y que al margen del impulso pasional, frecuentemente ciego e improvisador, tenemos nosotros el deber de la reflexión, de la cautela y de la medida, que por algo no somos Diputados de partido, ni Diputados de comarca, ni de distrito, sino Diputados de la nación, para que los conceptos superiores, los conceptos ennoblecedores, los tejidos nobles de nuestra actuación prevalezcan sobre toda otra clase de presiones.

Pero a los que desde fuera creen que aquí se hace poco y que hay partidos que reniegan de sus compromisos o de su ideario, yo me permitiría advertirles una cosa para que se vea cómo este Parlamento está respondiendo a su obligación, especialmente vosotros, los hombres de izquierda, a vuestra obligación de izquierdistas. Cuando vinisteis a esta Cámara había una Constitución en la que sólo figuraba una mera tolerancia de cultos. Pues reunidos aquí se ha acordado: libertad completa de cultos, libertad absoluta de conciencia, separación de la Iglesia y del Estado, sumisión de las Ordenes religiosas, no ya a la ley común, sino a una ley especial más rígida, más rigurosa y más severa que la que existe para ninguna otra Asociación, y como estrambote, todavía se va a entregar el presupuesto del Clero reduciéndolo en el tiempo, y quizá en la cantidad, de un modo considerable.

¿Es esto poco? ¿No era éste vuestro compromiso? Cuando fuimos todos elegidos, ¿se podía esperar en tan breve lapso de tiempo tanta labor de izquierda, ni siquiera la que llevamos realizada? Pues todo esto hecho está, y, además, sin protesta de nadie, o con protestas levísimas. De modo que el avance en la política religiosa es notorio y vosotros podéis tener el orgullo de que no habéis desertado de vuestro deber. Además de eso, este criterio de hostilidad, de persecución que tiene por fondo unas creencias en una Constitución donde el respeto a las creencias se ha puesto por encima de todo, me parece cosa extremada.

Bien me doy cuenta de que quizá no sea ya ocasión de pensarlo; si lo fuera, merecería que lo pensaseis. Porque una política de este tipo tiene, entre otros muchos, dos inconvenientes muy grandes: primero, que los religiosos que salgan de España sean acogidos con cordialidad y quizá con entusiasmo, en otros países que nos desmerecen del nuestro ni en cultura ni en sentido liberal; por ejemplo, en Bélgica, en Francia o en los Estados Unidos, y entonces nos será difícil dar una explicación suficiente del fenómeno, porque si expulsamos a estos religiosos por torpes, ¿cómo los acogen pueblos de gran cultura? Y si los expulsamos porque se han adentrado en nuestro dominio y han esclavizado nuestra libertad, ¿qué idea formarán de nuestra virilidad?

Yo declaro que en mi casa no gobierna ningún fraile, y me parece muy difícil que gobierne jamás. Si salen los frailes de aquí para ser acogidos en otros pueblos, traerá para el nuestro, no quiero decir críticas ni censuras, pero sí comentarios en los cuales brillará una justificada incomprensión de nosotros.

Y después saltará la otra dificultad, que no es esa resistencia a mano armada -perdone que se lo diga, mi respetable amigo el Sr. Pildain- con poca oportunidad, indiscutiblemente, invocada... Córtese la oración y permitidme un inciso: nunca están bien las invocaciones a la violencia, ni a la insurrección, ni a la mano armada, ni a la guerra civil. Suenan mal en labios de los catedráticos de Lógica; suenan peor en labios sacerdotales (El Sr. Pildain: No lo he invocado.) No hay tal guerra civil; no hay tal resistencia a mano armada ¡Qué más querríais! (Señalando al Gobierno.) Ese era un negocio para el Gobierno de la República; que lo aprendan allá, un negocio: primero, porque multiplicaría las adhesiones a vuestro favor, y después, porque tendríais un triunfo bélico, en contadísimas horas.

No es eso; ni guerra civil, ni resistencia a mano armada; es otra cosa más terrible: es la disensión en la vida social, es el rompimiento en la intimidad de los hogares; es la protesta manifiesta o callada; es el enojo, es el desvío; es tener media, por lo menos media, sociedad española vuelta de espaldas a la República; y eso sí que es guerra y de ella tenemos ya sobradas pruebas cuando elementos productores, cuando elementos financieros, cuando elementos profesionales, cuando elementos de letras y de arte dicen, no que combaten a la República ni que aspiran a una restauración desatinada, sino que dicen, sencillamente: la República no me interesa; la República está herida de muerte.

No vayáis por ahí. Aquí estamos algunos hombres que, por no militar en vuestras filas, no pedimos nada, ni esperamos nada, ni queremos nada, empeñados en la empresa de traer a vuestro lado masas de españoles de tipo derechista y conservador, que hoy no están con vosotros y que deben estar, que tienen la obligación de estar, que estarán, como todos estos que no tienen lugar fuera de aquí, sino aquí, combatiendo, como dijo el señor Gil Robles, en el orden de la legalidad, discutiendo, peleando, enfadándose de vez en cuando, pero aquí en el trabajo, al lado de la República. Este es el deber de todos los españoles, y hay que traerlos a vuestro lado, y sostener la República con sus amigos y con sus adversarios, con los que creen en ella y con los indiferentes; todos, todos tenemos que estar con la República, porque sino a todos nos iría muy mal. Pero no cerréis las puertas, no impidáis el acceso, porque cuando esos hombres de buena fe claman por la ayuda, les suelen contestar: pero ¡si no nos quieren, si no nos reciben, si nos desprecian, si nos desdeñan!

No deis pie ni ocasión para ese argumento, hipócrita unas veces, sincero y efectivo otras. Velad por la República, que es de todos y para todos, y, si tenéis todavía ocasión y tiempo, pensad si los términos del dictamen que vamos a aprobar podrían recibir algún trato de contemplación que evitará escenas de hostilidad, de desagrado, de simple enfriamiento, que a la República la harán mal y a España la perjudicarán enormemente. No tengo más que decir. (Aplausos en las minorías vasconavarra y agraria.)

El Sr. Presidente: En pro del dictamen había pedido la palabra el Sr. Ortega y Gasset. La tiene S. S.

El Sr. Ortega y Gasset (D. Eduardo): Señor Presidente, yo me hago cargo de la hora. Cierto que esto supone, como he dicho antes, una coacción de la que yo no soy responsable; pero como por encima de todo en la política hay que hacerse cargo de las circunstancias, yo rogaría al Sr. Presidente, para cohonestar mi derecho a mi deber de expresar mis juicios y opiniones con el estado de la Cámara y la hora, que se me reservase la palabra para el próximo artículo, en el cual podría acaso hacer las mismas manifestaciones que ahora omito.

Sin perjuicio de ello, sí quisiera hacer una observación en explicación de mi voto, y es la siguiente: que aunque yo aspiraba a obtener la resolución radical que esperaba el pueblo español en el asunto religioso de la disolución de todas las órdenes monásticas, no por eso me he de privar de votar aquella parte, pequeña o grande, que se va a conceder en el dictamen de la Comisión, el cual votaré.

El Sr. Presidente: Queda reservada la palabra al Sr. Ortega y Gasset para el artículo próximo.

El Sr. Presidente del Gobierno: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Presidente del Gobierno (Alcalá-Zamora): Mi intervención, breve por la hora, sencilla por mi posición, tranquila por mi temperamento, obligada por mi deber, sin duda le causará alguna extrañeza a la Cámara. Cuando llega un Parlamento -por motivos que no censuro, y todas cuyas explicaciones admito- a un grado de pasión como el que aquí se ha alcanzado, en el fondo y en la forma, un hombre de mi ideario y de mi expresión no tiene ambiente, no significa nada, no representa nada. Yo me someto al juicio de inadaptación sin protesta y acepto el fallo sin medir su alcance.

Menos extrañeza les causará mi intervención a estos amigos que vienen siendo mis compañeros de Gobierno, porque con aquella lealtad absoluta que yo debo a su adhesión, he procurado, ahora como siempre, que jamás iniciativa alguna mía para ellos pueda constituir una sorpresa.

En la explicación de mi voto indico dos motivos que en él no pesan, y alego concisamente dos que lo determinan. Quien habla tanto como yo, abusando de vuestra atención tiene el deber de ser conciso en el día de hoy.

Para nada pesa en mi actitud aquella injusticia patente, por mí aguardada -no creí que fuera tan próxima-, con que, con torpeza indudable y pertinencia más que dudosa, arremetieron contra mí en la tarde de hoy, señaladamente el Sr. Pildain y el Sr. Lammié de Clairac. Estad tranquilos; vuestra gratitud, ni la aguardaba ni la quería. La clientela de vuestras masas no es cantera que yo aborde; no ésa ni otra. A la captación jamás voy; al cumplimiento del deber siempre acudo. Pero esa actitud absolutamente injusta, en mí no influye, por una consideración, entre otras muchas: porque debemos tener serenidad para no pedir que nos hagan justicia aquellos que tampoco la obtienen. Por eso, con todas vuestras iniquidades al tratarme así, yo soy con vosotros tolerante y comprensivo.

La segunda de las aclaraciones que tengo que hacer, como motivo que no pesa para nada en mi actitud, es que quizá entre todos cuantos voten el dictamen tal como queda redactado, entre todos los que lo escribieron o lo inspiraron, no habrá nadie que me gane a mí en ausencia de ligaduras secretas, misteriosas, adeptas inconfesable con la entidad más interesada directamente en el problema que hoy se examina. Ni afectos, ni vínculos, ni lazos de enseñanza, ni relación de interés, ni estímulo extraordinario de simpatía; mi voto es puramente objetivo, sereno, imparcial.

Pero en mi voto pesan dos consideraciones: es una, mi concepto del liberalismo en relación con el interés de la República; es otro un concepto neutro, técnico, profesional si queréis, sobre la dignidad de la Ley y el amparo del Derecho. Yo ya sé que nada más fácil a cualquiera superioridad fría y desdeñosa que permitirse la burla más cruel, la flagelación más sañuda contra el candor del liberalismo; yo, a sabiendas de esa facilidad, a la flagelación me someto, advirtiendo tan sólo que quizá sea ir demasiado deprisa renegar, en nombre de la conveniencia de la República, del liberalismo. Ya no hace falta para implantarla, porque está implantada; todavía es necesario para consolidarla y es indispensable para su paz. Por eso, en nombre de una convicción liberal que no reniega ni teme, mi parecer es contrario al dictamen tal como queda redactado. En nombre de ese criterio liberal exponía yo la ineficacia ante el Estado, ante la ley civil y política, de los votos que suponen renuncia de libertad y merma de ciudadanía. Pero singular criterio, al menos para mí, aquel que, protestando airado en nombre de la libertad contra limitaciones de ella, que tienen un arranque en la voluntad misma, siquiera pueda estar cohibida en el momento y arrepentida más tarde, venga a remediar la injusticia y la disminución de capacidad con una limitación impuesta en el ejercicio de los demás.

La segunda razón de técnica profesional jurídica es ésta: ya sé yo, he vivido lo bastante en el mundo, tengo la experiencia suficiente para no necesitar que nadie me lo advierta, y muchos me lo han advertido desde la pasada tarde, que media una enorme distancia, de intensidad y de tiempo, aunque se fijen plazos, entre la letra del precepto, de implantación difícil, y su efectividad completa; distancia enorme de tiempo, de modo y de eficacia. Pero a mí, no puedo remediarlo, aun dentro del precepto estricto del derecho, la ficción jurídica misma me repugna; para mí, ¡triste horizonte de remedio el de un precepto que necesita la esperanza de su incumplimiento y de los artificios que le eludan! ¡Triste condición la de un derecho que va a tener como garantía la ineficacia, el desuso, la tolerancia, la evasiva y la venda en los ojos! Por las dos razones, por la de criterio liberal y por la de respeto a la dignidad de la ley, seguridad y amparo del Derecho, yo, que hasta las cinco de la tarde hubiera votado el texto que al abrirse la sesión leyó el Sr. Ruiz Funes, después de las transformaciones sucesivas que en la máquina parlamentaria ha ido tomando, y que muchos reputan perfecciones, no puedo votar ese artículo, y voto resueltamente en contra.

¿Trascendencia de este voto? Ninguna, porque el voto es mío. Influjo en los demás, siendo mío, no puede tenerle. Consecuencias de otro orden, fueren las que fueren, por ser mías son pequeñas, y además ni siquiera dependerían de mi voluntad: del juicio de la Cámara, que es soberana, y, a lo sumo, de la representación más autorizada de ello que evidente y estrechamente más me puede envolver a mí. (Aplausos.)

El Sr. Presidente: ¿La Cámara aprueba el artículo 24 de la Constitución con su actual redacción?

Solicitada votación nominal por suficiente número de Sres. Diputados, dijo

El Sr. Galarza: Si se ha de verificar votación nominal, pido la palabra.

El Sr. Presidente: La votación será nominal. El Sr. Galarza tiene la palabra.

El Sr. Galarza: Durante la dilatada discusión del problema que nos tiene congregados hasta la mañana de hoy, sentí muchas veces el deseo de intervenir en ella, siquiera fuese con brevedad; pero perfectamente representada siempre esta minoría, quise ahorraros la molestia de tenerme que escuchar, y no hubiera solicitado la palabra de no pedirse votación nominal para decidir sobre este artículo 24.

Creemos, creo yo, puesto que es mi voto solo el que voy a explicar, que está suficientemente clara la actitud de nuestra minoría; pero tengo yo una posible responsabilidad. Quizá recordéis todos, a pesar de la modestia de mi persona, que fui yo el que me levanté aquí una tarde a decir, en nombre de esta minoría, previa consulta que acababa de hacer a los que nos sentábamos en estos bancos, que nosotros no acudiríamos para tratar de este problema a ninguna reunión de jefes de minorías. Reconozco que ésta es una responsabilidad contraída, por mí en primer término, después por la minoría radicalsocialista. Pero precisamente por ello, yo, particularmente, no ya en nombre de la minoría, tengo que hacer una declaración: y es, que el habernos negado a asistir a cualquiera de esas reuniones, y quizá con ello el haberlas imposibilitado, no quiere decir, en ningún instante, que yo sea de aquellos que creen que los debates de la Cámara deban ser ineficaces; aquí discutimos y debatimos con el ánimo de convencernos, y yo respecto a los que se hayan convencido, como ellos respetarán el que los argumentos de los demás no hayan llevado a nuestro ánimo el convencimiento. Porque, Sres. Diputados, cuando algunas veces deseaba yo pedir la palabra, era para llamar la atención de todos los republicanos y de los socialistas, diciéndoles que no estábamos, por lo menos yo creía que no debíamos estar, en un concurso, en un match de radicalismo, porque eso no sería digno de la Cámara Constituyente, sino que cada cual, con su conciencia y con su pensamiento y sus compromisos, votase lo que creyera que debía votar, sin que la votación pudiera dividirnos a los republicanos, frente a los monárquicos embozados. (Rumores y protestas en la minoría vasconavarra.) No lo han declarado todos; lo han declarado algunos; pero de todos modos, cuando han salido de esas dos minorías (dirigiéndose a la vasconavarra y a la agraria) palabras que parecían demandar armonía, nosotros, no diré que teníamos los oídos sordos, pero sí la conciencia tranquila de no atenderlas, porque sabíamos que aun cuando os hubiéramos entregado, en aras de esa armonía, parte de nuestra ideología, aun cuando hubiéramos cometido esa insigne locura, vosotros habríais sido siempre enemigos de la República, y si no lo sois más declaradamente, es porque no tenéis fuerza para serlo; pero si la tuvierais, aun habiendo hecho nosotros una dejación de nuestros ideales en la Constitución, vosotros pretenderíais derribar la República. (Rumores en la minoría vasconavarra.) Y como tenemos este convencimiento, sabemos que por vosotros no debemos hacer un solo sacrificio, porque sería inútil y además sería peligroso. (Varios Sres. Diputados de la minoría vasconavarra: Ni lo pedimos.) Y en el momento en que llega esta votación, tengo que decir, después de hechas estas afirmaciones de respeto para el voto de los demás republicanos y para el voto de los socialistas, reconociendo yo también particularmente respecto a vosotros los socialistas, que no habéis hecho vuestra propaganda, a través de los tiempos y de la formación de vuestro partido, teniendo como base esencial el problema religioso y clerical, sino teniendo por base otros problemas que os dan perfecta libertad para hacer lo que habéis hecho, yo tengo que decir (no sé lo que harán los demás compañeros), que me abstengo de votar este dictamen. Lo hago así, porque sé que por abstenerme, tanto yo como algunos compañeros de minoría, el dictamen no peligra y nosotros seguimos manteniendo un principio. Si el dictamen peligrara, frente a vosotros (dirigiéndose a la minoría vasconavarra) haríamos el sacrificio de votarlo; como estimamos que no peligra, queremos mantener este principio, porque queremos ser los vigilantes constantes de que eso que vais a aprobar tendrá una eficacia en el Parlamento, y cuando llegue el momento de votar esa Ley, nosotros seguiremos manteniendo que, para salvar la República y para no olvidar la revolución que hemos hecho, es preciso que se disuelvan todas las Ordenes religiosas.

El Sr. Presidente: ¿Insisten SS.SS. en que la votación del artículo 24 sea nominal? (Afirmaciones.) Se procede a la votación nominal.

Verificada en esta forma, quedó aprobado el artículo 24 por 178 votos contra 59, según aparece en la siguiente lista...

(La aprobación del artículo es acogida con aplausos en varios lados de la Cámara y en las tribunas, oyéndose reiterados vivas a la República, a los que contestan los Diputados de la minoría vasconavarra con vivas a La Libertad. Prodúcese gran confusión. Un grupo numeroso de Diputados se dirige hacia los escaños de la minoría vasconavarra, y el señor Leizaola es objeto de una agresión personal: El Sr. Presidente reclama insistentemente orden, sin poder dominar durante largo rato el tumulto. Restablecido el orden, dijo)

El Sr. Presidente: Sres. Diputados, es preciso cuidar de que la sesión termine dignamente. Todas las minorías están bajo el amparo del Parlamento, y de ningún modo se puede permitir que en medio de las manifestaciones de entusiasmo y por violentas que sean las pasiones, se produzcan agresiones entre los Sres. Diputados de una y otra fracción. Deben todos mantenerse serenos, y si algún Sr. Diputado, en momentos de violencia, quizás disculpables por el cansancio, ha recibido algún agravio, que se dirija al Presidente, que yo he de procurar que ese agravio se borre, y si alguien hubiera incurrido en un acto que no podamos admitir, la sanción de la Cámara sabrá imponer el debido correctivo. (Aplausos.- El Sr. Leizaola pretende hacer uso de la palabra.) Sr. Leizaola, yo comprendo que S.S. No puede tener ahora la necesaria serenidad. Aplace su intervención.

El Sr. Leizaola: Tengo toda la serenidad necesaria para decir que no he abierto la boca y he recibido un puñetazo.

El Sr. Presidente: Sr. Leizaola, diríjase su señoría a mí. Yo le ruego que no pronuncia una palabra más, y que una vez levantada la sesión tenga la bondad de pasar por mi despacho."

Eran las siete y treinta y cinco minutos de la mañana del día 14.

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