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Las manos vacías

José Bergamín - Cruz y Raya, 15 de julio de 1933

José BergamínHay que rectificar el perfil de la República -dijo José Ortega y Gasset-; hay que rectificar su estilo -se ha dicho y repetido por ahí-. ¿El perfil? ¿El estilo? ¿Tuvieron, o tienen, los que han legislado y gobernado, los que legislan y gobiernan la cosa pública en España, durante estos dos últimos años, un estilo? ¿O, más bien, no serían maneras? Muy malas maneras. Maneras, que no estilo. Maneras o manera de gobernar, o de decir y figurarse que se gobierna desgobernando. Manera o maneras de manos: la derecha o la izquierda o las dos juntas; que los hay ahora ambisiniestros como antes los hubo ambidiestros en gobernar o desgobernar; diestros y siniestros, análogamente, en el desgobierno, por el amaneramiento político, teatral o policíaco. Porque esto de las manos, del izquierdismo o derechismo, es cosa de farsa o de fuerza: de teatro o de policía. En definitiva, es cosa personal y, por lo tanto, impropia del gobernante: precisamente porque se apropia, o trata de apropiarse, con ello, la cosa pública, privándola de su auténtica publicidad; que este modo o manera de personalizar o personificar la política por las manos es cosa fea, porque no es más que eso solamente: un modo o manera de apropiarse lo que no es propio: la cosa pública, la república; un modo o manera de querer ganar por la mano: una trampa. La peor manera de robar: porque lo roba todo.

El gobierno, se dirá, sin embargo, el gobernar, ha debido entenderse así: como cosa de manos, siguiendo su metafórica definición original: la del que lleva el timón de la nave. Pero es que hay quienes, hambrientos de poder, toman por timón y por nave el mango y la sartén: y cogiendo la sartén por el mango, como dicen, con las dos manos, diestramente o siniestramente, dan sartenazos a todos lados, a diestra y siniestra: por miedo; por miedo de que se la quieran quitar. Que no hay cosa peor que esta de que las dos manos se junten por el ambidiestrismo o ambisiniestrismo brutal: por el mango de la sartén. Que esto del sartenazo limpio -o, más bien, sucio- es como aquello otro de la mano dura -de los ambidiestros de antes como de los ambisiniestros de ahora-. ¡Vaya manera de gobernar, la de la mano dura! Mano dura, la del almirez: machaca que machaca; que para eso cualquier mano es buena; o las dos: la cosa es machacar. ¡Y dale que te pego! Aunque se acabe por hacer polvo todo. Pues si de aquellos polvos vinieron estos lodos, de estos lodos, o por estos lodos, fueron los resbalones y caídas: las que mancharon innoblemente, a más de ridículamente, hasta a aquellos mismos que parecían más empingorotados en su presumido prestigio personal.

Uno de estos amanerados del izquierdismo solía decir, o repetir de otro, aquello de que en las democracias se debe votar con la mano izquierda para gobernar luego con la derecha. Algo así como lo del toreo: la mano izquierda, dicen, es la de torear; y lo es, porque con la derecha se mata; la derecha es la de matar: aunque al que le falte valor, o pulso, o suerte, se eche fuera o no haga más que pinchar en hueso. Mano izquierda se dice también en España de la suavidad de maneras tramposas, de la habilidad y casi cortesía para el engaño; cosa, por lo visto, de torear; o de escamotear las cosas: juego, también, de manos, de villanía, como el de la farsa. Y es que en España, por lo que se ve -como por lo que no se ve-, también suele decirse, no hay manera de gobernar. ¡Y qué más quisiéramos! Lo malo es que las hay, que las hubo y las sigue habiendo, cada vez peor, cada vez más: manera o maneras de manos, las peores: maneras y no estilos. Manera o maneras, porque el estilo falta: maneras policíacas o teatrales: guiñolescas: manera de enmascarar el vacío de las manos envolviendo los dedos en el trapajo sucio con que, por debajo del camisón guiñolesco, se mueven los muñecos. Que esto del amaneramiento izquierdista o derechista, acaba en camisón de farsa, de guiñol, cuando no en camisa de fuerza, en manicomio. Toda esta manía, o monomanía, o manomanía, o manicomanía izquierdista o derechista, acaba en monomanía persecutoria, porque acaba en maneras de perseguir o de creerse perseguidos, por la izquierda como por la derecha; porque acaba por donde empieza: por el encierro policíaco o médico, por la enajenación patológica de lo racional.

Enfermedad pueril del izquierdismo, llamaba Lenin al maniobrerismo izquierdista, al izquierdismo obrero o maniobrero que termina, y empieza, por la demagogia. Y la demagogia, decía el gran revolucionario, es el peor enemigo de la clase obrera: y lo es, añadía, por la estupidez de su ingenuidad. Pero si el manejo o manera o maniobra izquierdista es ese enfermedad pueril que acaba en demagogia mortal, fundiéndose o confundiéndose con ella, también los manejos o maneras o manipulaciones derechistas son otra enfermedad: la enfermedad senil del derechismo, que empieza por donde acaba: por la parálisis general, más o menos general, progresiva. Y es que si el izquierdismo, o enfermedad pueril del izquierdismo, acaba demagógicamente con la muerte, como creía Lenin: por la estupidez, por el idiotismo, por la pura irracionalidad; el derechismo, la enfermedad senil del derechismo, también acaba mortalmente por irracionalidad, en la locura, en frenesí forzado o forzoso: en manicomio.

A todos lados que hoy miremos, por la derecha como por la izquierda, en esta tan joven y ya tan desgraciada cosa pública, república española, no vemos más que esto: manoteos, grotescos manoteos: teatrales o policíacos, manicómicos y monomaníacos. Es un constante estarle a uno metiendo las manos por los ojos para convencerle, o para que no vea; un meterle las manos por los ojos a las gentes para convencerlas a ciegas, para taparles la verdad. La mano derecha o la izquierda o las dos, que, como decimos, los hay ahora ambisiniestros como antes los hubo ambidiestros en manotear. Es un loco y estúpido pugilato izquierdista y derechista el que vemos manoteando de esa manera, o por esas maneras. Un angustioso manoteo en el vacío, como el de los moribundos, o como el de los recién nacidos: que en eso coincide el que nace con el que muere -la naciente República con la que fué agonizante Monarquía-, coinciden en manotear en el vacío de su propia irracionalidad: en expresarse en el Gobierno, o por el Gobierno, de ese modo o de esa manera: brutalmente instintiva, enteramente irracional. Manos levantadas para el aplauso engañoso o engañado: como para la súplica o la amenaza o el ansia de robar; pero manos, todas, arriba y abajo, vacías. Y esta terrible vacuidad o vanidad, este vacío de todo y, sobre todo, de razón -de razón de Estado: de justicia-, sólo puede colmarlo un estilo, una inteligencia: una política de verdad; sin maneras, ni maniobras, ni manipulaciones escamoteadoras. Si no, la República se nos va a quedar, o se nos va a ir, a todos, de entre las manos: como se fué lo otro, como agua, como arena.

Porque lo peor es que cuando esas manos vacías se juntan, como decimos, por el mango de la sartén o por la mano machacona, por el siniestro ambidiestrismo como por el diestro ambisiniestrismo brutal, se juntan para acabar con todo. Y a esto es a lo que le llaman gobernar: a esto, que es el ¡arriba las manos del policía o del ladrón; que esto es lo que nos trae -esto como lo otro-, lo que nos ha traído el amaneramiento político, los manejos o maniobras que corrompen toda política: la policía, una policía. A esta manera, a estas malas maneras, a este amaneramiento izquierdista -legítimo heredero del otro: del derechista-, le llamó uno de sus representantes más significados, llamándoselo a su manera, a sus malas maneras: una política. ¿Una política? No. Una policía. Una corrupción política de la policía, como una corrupción policíaca de la política. Un ¡manos arriba! para cachear. Que así, hasta la razón es arma prohibida. Porque una política que se corrompe de esa manera, o por esas maneras, se hace policía, mala policía; como una democracia cuando se corrompe de esa manera, o por esas maneras, se hace demagogia, la peor demagogia. Y luego, que ya puestos en este juego del ¡arriba las manos! y del cacheo, es como en el juego infantil de justicias y de ladrones: cuestión de turno, ya que el orden no se determina moralmente por ninguna norma superior de legalidad. Entre justicias y ladrones anda el juego: si no es bobería. Y eso es cuando lo del cacheo se convierte en un cachondeo, como sucedió en las últimas dicta-blanduras del régimen huido; porque, entonces, ya no hay otra manera que valga -o que les valga- más que la de salir a pies; que esta es la manera por la que suelen salir siempre, aun cuando se queden, todos los de las manos: los de la irresponsabilidad pública o popular más pilatesca -aun ante la sangre inocente por ellos vertida-: los irresponsables por su propia irracionalidad o vaciedad o vanidad manoteadora.

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