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Llamémosle hache

José Bergamín - Cruz y Raya, 15 de noviembre de 1933

José BergamínLa revolución en entredicho y la contrarrevolución en entreacto

Suele achacarse a los abogados el que en el ejercicio profesional de sus demandas y cuando informan de ellas ante el tribunal juzgador, alteran, voluntaria o involuntariamente, la verdad de los hechos. De aquí, el que esto que llaman la verdad de los hechos, suela aducirse en trance de defensa o acusación y aun fuera de trámite cerrado del régimen jurídico, siempre que se interpretan hechos -los que sean- por decidores o dicharacheros más o menos abogadescos. Y esto sucede, sobre todo, en las peripecias políticas, cuando el trecho que hay del decir al hacer, del dicho al hecho, como el del hacer al decir, el del hecho al dicho, por mucho que sea, se quiere saltar con el trampolín de un discurso, o de unas frases: con unas palabras, en suma - en resta-, unas palabras, buenas o malas, que son decires o son dichos, en definitiva, cuando no desdecires o desdichados entredichos para quien las dice. Porque lo que le pone en entredicho al decidor o dicharachero de la política es precisamente ese trecho que él quiere o trata de saltarse: el trecho de sus hechos a sus dichos, de su hacer a su decir o de su deshacer a su desdecirse: de sus más deshechos decires a sus hechos más desdichados. Pues si lo que importa de los hechos, como pensaba Goethe, no es su verdad, sino su significación, no hay desdicha mayor que la de deshacerlos primero para desdecirlos después; lo cual resulta, a fin de cuentas, que es verificar su insignificancia.

No por falsos, sino por insignificantes, han dejado deshecha y desdichada, con sus hechos como con sus dichos, a la llamada revolución -que apenas, ¡y a qué duras penas!, si ha sido hasta ahora algo más de una sedición sedicente revolucionaria -los hombres que desde el Gobierno antes, y después desde fuera de él, trataron y tratan de ampararse con su nombre. «Que no se diga -dicen- que no la hicimos buena.» «¡Y vaya si la hicieron buena!» «Que no se diga -dicen- que se haga como ahora la decimos y la haremos o la volveremos a hacer, deshaciéndonos o desdiciéndonos, si fuera preciso, cuantas veces lo sea; que hacemos como que decimos y decimos lo que no hemos hecho para salvar el entredicho en que nos ponen los hechos que no podemos ni decir y los dichos que nos hicieron desdecirnos.» Ni que decir tiene que la revolución está con ellos: en entredicho; como la han puesto. La revolución en entredicho: la revolución interdictada; en trecho o en trance de hacer y de decir lo que ellos más quisieron: si lo quisieron. ¡Y qué más quisieran que saberlo! Saber lo que hacen y lo que dicen, lo que hicieron o que dijeron: saber lo que quieren cuando dicen que hacen, o hacen como que dicen; la revolución. ¡La revolución! Palabra que un demagogo de éstos, ex gobernante, hacía llamear en sus discursos como una antorcha, un luminar de abanderado. ¡La antorcha, el luminar de la revolución! ¡La revolución con antorcha! ¡Apaga y vámonos! Porque si ésta es una cuestión de gusto, como éste dijo, ¿a quién le va a gustar esa pintura? Que eso no es pintar como querer; es todo lo contrario: es más bien despintar lo que no se quiere o no se puede ver ni en pintura. Y es que no se sabe querer o que no se quiere saber lo que se pinta cuando se pintan las cosas de ese modo, de esa manera. Una revolución que ni puntada: porque ni la verdad ni el significado de los hechos pueden ser esos de tan zurda o siniestra manera figurados o desfigurados. ¡Si se les ve la antorcha! Ni ésos, ni los otros, los de los otros: los de la contra o anti revolución. Los de los más diestros o adiestrados en las peores trampas, tapujos y chapucerías.

Desfigurar una revolución, como pensaba Trotski, es deshacerla y es desdecirla. O es, sencillamente, desacreditarla: porque el crédito de una revolución es imaginativo. Una revolución vive de lo que se figura que es el pueblo cuando un pueblo vive de lo que se figura que es el pueblo cuando un pueblo vive de lo que se figura que es la revolución. Pero ¿de qué revolución, de qué figura de revolución se trata? ¿De la de la antorcha? ¿La de la incurable, por lo visto -como por lo no visto-, quemazón demagógica? Porque de eso ya tuvimos bastante. ¿O es de otra, no ya hecha y deshecha o dicha y desdichada, sino ni dicha ni hecha, ni siquiera figurada? ¿Y quién se la figura? ¿Los del entredicho: los sediciosos y sedicentes revolucionarios que desdiciéndose con sus propios hechos y deshaciéndose de sus mismos dichos, al amparo de esa palabra, se desacreditaron, desacreditándolo? ¿O los otros, sus corroborativos por la réplica de la anti o contra revolución: del intermedio bufo del antimarxismo? ¿O es otra cosa, la revolución, y hay que empezar de nuevo? ¿O es que no hay, en definitiva, revolución que valga?

Llamémosle hache. La letra que al escritor y ex gobernante demagógico de la revolución en entredicho, al literato Azaña, le faltaba: la hache de hacer lo que se dice -lo que se dice hacer- para poder decir lo que se hizo: decirlo y que se hiciera. Que aunque es cuestión de letra, no de espíritu, lo es de letra viva o verdadera, de forma, de formalidad: la del entredicho o interdicto revolucionario. De justicia y no de gramática. Porque, a veces, por querer huir de una forma o formalidad, se cae en otra. Y de la justicia a la gramática no hay más que un paso. Por eso, aquel Azaña literal, o literario, por cumplir su crédito de escritor excelente, que lo es a lo Valera, a lo gramático, se gramatizó en lo político: para no tener que justificarse. Se pardeó de gramático por no querer oscurecerse de jurista. Y lo gramatizaba todo, pardeándolo. Que en la política todas las gramáticas son pardas: todos los gramáticos se hacen pardos. Por trasnochados. Se hacen gatos trasnochadores para poder tener, como ellos, lo menos siete vidas que les garanticen las caídas. Y el paracaídas gramatical de la letra muerta no les salva ya ni a los gatos. Que el caer o ponerse en entredicho es peligroso por muy gato y muy pardo y muy vivo y muy gramático que se sea.

¿La revolución en entredicho? Y la contrarrevolución en entreacto.

Pues contra esta revolución entre dicha y hecha, contra estos malhechores de la sedición revolucionaria, vienen ahora los maldicientes en correspondiente y corroborativa actitud de contra o anti; y son los más deshechos y contrahechos, los más desdichados de todos; son aquellos mismos que, en un principio, fueron sus verdaderos causantes, sus agentes provocadores. Vuelven con antifaz carnavalesco a ver si pueden arrimar el ascua a su sardina, que es aquella misma sardina que entre todos habían pescado y matado y otros enterrado en una callejera carnavalada primaveral, cuando ella sola se había muerto. La sardina espinosísima y podridísima de un monarquismo restaurado y, por ende, falsificado. ¡La verdad de los hechos! Y su significación. Que ni por el escarmiento, ¡tan merecido!, les ha sucedido el aviso. Ni de escarmentados ni de avisados tuvieron, los unos y los otros, los unos por los otros, que dejar de barrer la casa. Y en esto han coincidido, los unos y los otros, en barrer para dentro. Levantando esta sucia polvareda que nos asfixia. En eso coinciden, unos y otros, en acabar por donde empiezan: que es por hacerlo polvo todo. Demagógicamente.

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