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Un año de república, España en franquía

Gregorio Marañón - El Sol», 14 de abril de 1932

Gregorio MarañónGoethe decía de las revoluciones dos cosas que se ajustan estrictamente a la realidad del mundo actual, y, desde luego, a la de España. Una, que cada revolución es siempre la consecuencia de los errores del régimen que la ha precedido. Y otra, que, mientras dura la etapa revolucionaria, es imposible juzgarla con acierto, porque sus inconvenientes se ven demasiado cerca y sus beneficios demasiado lejos. Ambas reflexiones merecen un comentario en este día en que la República española cumple el primer año de su edad.

En torno a la República se trata de perpetuar en España la lucha tradicional, no entre derechas e izquierdas, como ligeramente suele decirse, sino entre energúmenos y hombres sensatos, que son los que hoy se oponen entre sí, cualquiera que sea su filiación. Para el hombre sensato de la derecha o de la izquierda, el cambio de régimen no puede ser tema de bandería personal, sino una fase en el ritmo inexorable de la historia, que ocurrió por encima de la voluntad de nadie, por esas razones profundas que mueven la marcha de las sociedades humanas y que a nosotros sólo nos es dado, unas veces, acelerar o retrasar y en la mayoría de los casos tan sólo contemplar.

Es evidente que un régimen no cambia jamás en las épocas de su prosperidad. La revolución es un estado morboso, y los hombres normales la aceptan cuando es irremediable; pero no la desean nunca. Sólo individuos excepcionales y un tanto locos, como Trotski, pueden hablar de la revolución permanente.

Por eso supone mala fe o ignorancia supina el querer pedir cuentas a la República recién nacida de la situación actual del país, que, en lo que tiene de desorganizada, es herencia de lo antiguo. La República es la consecuencia inevitable de la descomposición y muerte de la Monarquía. Todo lo que hoy se pide aviesamente a la República -equilibro y paz- es lo que había perdido el régimen que la precedió. Cuando el pueblo perdió la esperanza de recobrarlo es cuando votó en las urnas a los candidatos republicanos.

Es necesario insistir mucho sobre esto, aun siendo historia tan elemental y cercana. Siempre que en nuestras investigaciones de Biología nos planteamos, mis amigos y yo, un problema, suelo recomendarles el volver a los textos más simples, a los de la escuela, porque con frecuencia se olvida, a fuerza de darse por sabida, la raíz elemental de lo que nos interesa saber. Y ahora conviene recordar, decimos, que la Monarquía hasta el año 1923 no tuvo apenas enemigos. Los partidos republicanos hacían una oposición amable, rugiendo de vez en cuando, sin asustar a nadie, como las fieras de los circos. El partido socialista avanzaba, seguro de sí mismo y de su porvenir, pero sin ser todavía un factor decisivo en la vida nacional. Los estudiantes apenas se ocupaban de política. Y estos intelectuales, objeto hoy de la iracundia de las derechas, prestaban la colaboración de su trabajo al régimen; tal vez, es cierto, por amor a España más que por sincera convicción, pero con absoluta lealtad. Era cuando los hombres más representativos de la izquierda -Azcárate- declaraban que no había obstáculos tradicionales para el progreso de España; cuando Unamuno entraba en Palacio en compañía de Romanones; cuando en el partido reformista se agrupaban, deseosos de gobernar, los hombres mejor preparados de nuestros medios universitarios, entre ellos el que hoy rige con dotes insuperables de estadista el Gobierno republicano. Entonces fue, bajo el signo de un liberalismo moderno, cuando la Monarquía de la Restauración tuvo (...) su máxima popularidad.

OBSTACULOS

Pero a poco la máquina gubernamental empezó a renquear gravemente. Y no por culpa de ninguna oposición, que no existía. Allá, entre los bastidores del tinglado oficial, estaban escondidos sus propios obstáculos: uno de ellos, tal vez el más grave, el que denunció el político de mayor temple revolucionario de entonces, el que por paradoja, netamente hispánica, ocupaba la jefatura del partido conservador, D. Antonio Maura, cuando, al irse un día, airado, a su casa, dijo señalando a una cortina tras la cual sonaban las espuelas y los sables: «Que gobiernen ésos, que no nos dejan gobernar». Pero acaso en éste como en otros juicios análogos se cometía ese error que tanto conocemos los médicos de confundir un síntoma con la causa de la enfermedad. Porque todo lo que ocurría entonces y lo que ocurrió después no eran más que manifestaciones de un largo proceso revolucionario cuya crisis final se inició en Barcelona el año 1917 y cuyas etapas terminales serían, seis años después, la Dictadura, y ocho más tarde, la República.

El Monarca, vivo de genio y con frecuencia de palabra, no disimulaba su impaciencia ante las dificultades de la política. Y no aludía, ciertamente, a ninguna oposición -porque no la había-, sino a la propia descomposición de sus organismos de gobierno. Lo cierto es que el país llegó a un estado peligroso. Recuerden bien los desmemoriados que el tema de las notas del dictador y el pretexto para el golpe de Estado fue que «España estaba en la ruina», «sin justicia ni seguridad personal» y «en manos de pandillas desaprensivas y a veces delincuentes». Esto último con injusticia notoria. No se olvide que durante seis años el panegírico de Primo de Rivera tenía como motivo central el haber salvado a España del caos y del abismo.

Pronto tendré ocasión de estudiar al pormenor la génesis y las responsabilidades del advenimiento de la Dictadura. Ahora quiero decir que aquel trance fue, como el de la República después, la desembocadura lógica de la muerte de los auténticos mecanismos de gobierno. Es posible que si, en lugar de fomentar y prolongar la Dictadura la Monarquía, hubiera proseguido firmemente por el camino que pareció iniciarse en aquellos años, antes recordados, del signo liberal, el himno de Riego seguiría siendo todavía una música subversiva.

(...) Entonces fue cuando el mismo don Antonio Maura, consultado por el Rey sobre su decisión dictatorial, le escribió la carta, tan exhumada ahora, que nos ha dado a conocer su hijo, el excelente historiador, hoy ausente de España, en la cual, con acento profético, aseguraba que la Dictadura equivaldría, irremisiblemente, al suicidio del régimen monárquico. Maura tenía fama de estar siempre en las nubes, pero, como para siempre a estos hombres idealistas, conocía la realidad española mucho mejor que los que se burlaban de él, al ras de las tertulias de los caciques y de las mesas de los cafés.

Es imposible decir si al general Primo de Rivera, empleando otra táctica que la que empleó, meramente destructiva de las únicas fuerzas del régimen monárquico, le hubiera sido posible anudar el cabo roto del pasado con la vida futura de una Monarquía constitucional. Pero este trance de suprema prestidigitación es lo único que no podía aprenderse en la escuela del señorío andaluz, donde, según propia confesión, había recibido sus lecciones de gobernante. El hecho es que destruyó las muletas monárquicas y no acertó a proporcionar al régimen otras nuevas en que apoyarse, y que consumó el proceso de enquistamiento (...) del régimen dinástico, frente al país. Y así, al terminar los seis años dictatoriales, aquella oposición casi fantástica se había convertido en una fuerza arrolladora, imposible de encarrilar.

Año y medio después la Corona acudía a buscar sus consejeros en la cárcel, entre los hombres mismos que preparaban los futuros decretos del Ministerio republicano. Sólo los ciegos no se dieron cuenta de que aquella tarde la Monarquía había llegado a su fin. Y no vale censurar este acto postrero del régimen, porque lo cierto es que en aquel trance la única opción que tuvo la Monarquía fue este desesperado intento o el reanudar el régimen dictatorial. El último Gobierno del Rey prefirió, noblemente, entregar su suerte a la decisión popular, y hoy hace un año se proclamaba la República por esa voluntad de los españoles, reconocida por el propio Rey al someterse sin resistencia a ella.

Es, pues, inútil discutir vanamente la responsabilidad, en bien o en mal, de los acontecimientos de hoy hace un año; porque los hombres, pigmeos ante el mecanismo gigante de la Historia, no podemos envanecernos de los sucesos felices ni achacarnos más que en mínima parte los que no lo son. Y es particularmente necio el que algunos españoles afectos de esa disposición del espíritu, tan frecuente en la mente humana -sobre todo en los menores de edad-, achaquen a fuerzas míticas -ahora los judíos, los masones, etc.- el origen de sucesos de profunda envergadura social y responsabilidades que son, si son de alguien, exclusivamente suyas.

Ha pasado un año. Como decía el gran poeta, estamos aún, para juzgarle, demasiado dentro de la polvareda, lejos todavía de la perfecta estabilidad. Pero quienes contemplen el panorama de estos doce meses y oteen el futuro de España, sin rencor y sin preocupaciones egoístas, tienen que sentirse transidos de este mismo optimista entusiasmo con que tantos españoles asistimos a la historia actual con los ojos clavados en el porvenir y los oídos cerrados a los augurios de las cornejas. Es cierto que no se han cumplido las promesas de felicidad paradisíaca que algunos insensatos suponían adherida al hecho escueto de sobrevenir la República. Pero era horóscopo de insensatos para otros insensatos. Nosotros, entonces y ahora, no hemos alzado la voz más que para decir que empezaba para los españoles la hora de los deberes más ásperos. Pero también más gratos. Porque ahora somos todos nosotros los que tenemos que hacer la España que antes hacían los gobiernos, mientras los demás ciudadanos sesteaban.

MEGALOMANOS

Los megalómanos se equivocaron. Pero convengamos en que se equivocaron también, con reiteración saludable, las voces siniestras que auguraban el fin de la nación, desde las dos primeras semanas de vida del nuevo régimen. Las elecciones no se celebrarían y se ahogarían en sangre, y se celebraron. Las Cortes no alcanzarían a votar una Constitución y a elegir un presidente. Y la Constitución está votada, y el presidente electo recorre el país español entre aclamaciones. Los Gobiernos serían devorados por el Parlamento y el ambiente popular. Y persiste el mismo que nos trajo el 14 de abril. Los militares se revolverían contra las necesarias reformas del Ejército. Y las han aceptado noblemente. España se desgarraría en regiones independientes. Y el problema del regionalismo está más cerca que nunca de su solución. Desde julio, (...) suspendería sus pagos el Estado. Y el presupuesto está en marcha y el empréstito cubierto. Y así cada día la realidad desmiente un nuevo rumor y una nueva patraña. Y hasta Dios, que ve los pecados de los hombres desde una altura muy superior a la del campanario de la aldea, ha derramado sobre los campos de España la bendición de una cosecha espléndida.

¡Cuánto, cuánto queda por hacer! Pero el trance duro ha pasado ya. Seguirá la inquietud fecunda -no la tristeza- que ha entonado y hecho revivir el pulso desmayado de los españoles. Pero España está ya en franquía, y el timón de su nave, en manos iluminadas y seguras.

La República no puede ser en adelante un tema de controversias pueblerinas. Es un hecho consumado, desagradable para unos, agradable para otros; pero engranado definitivamente en la estructura de la Historia universas.

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