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El complejo Sindicalista. ¿Por qué hay tantas huelgas?

Luis Araquistain - El Sol, 21 de julio de 1931

Luis Araquistain¿Qué motivos hay en el fondo de esta erupción de huelgas que le ha brotado a la República española, o, si quiere Unamuno, a la España republicana? Este exantema huelguístico es lo que no acaba de explicarse el observador extranjero, pues si los sindicalistas de la Confederación Nacional del Trabajo abominan, como dicen, tanto de la Monarquía como del comunismo, ¿qué se proponen perturbando directamente la sociedad e indirectamente el Estado republicano? Contestemos a la pregunta inicial, y con ello quedarán contestadas todas las que se relacionen con el sindicalismo español. Los motivos son muchos. Mencionaremos algunos. En primer lugar, yo creo percibir un motivo de resentimiento contra la Unión General de Trabajadores, contra la organización sindical de tendencia socialista. Durante años se la acusó neciamente de ser colaboradora de la Dictadura porque aceptaba la legislación paritaria, cuando en verdad se aprovechó de ella para que los leaders socialistas recorrieran incesantemente el país, en apariencia para difundir entre la clase obrera las ventajas de los Comités paritarios, pero, en realidad, para organizarla y excitarla revolucionariamente contra las instituciones monárquicas.

En la historia de ningún pueblo se hizo jamás una agitación revolucionaria tan cauta y eficaz. El pobre Primo de Rivera no se daba cuenta. Su simplismo político le impedía advertir la tormenta que se forjaba ante sus ojos y bajo sus pies. Al contrario: él, como tantos otros ingenuos o malévolos de la derecha y la izquierda, estaba seguro de la colaboración socialista. El fruto ya se vió el 12 de abril y luego el 28 de junio: los propagandistas de los Comités paritarios, y al socaire de esta institución, conservadora al parecer, convirtieron al republicanismo y al socialismo a la mayor parte de la clase obrera española. No fueron los únicos; sería injusto afirmar otra cosa; pero cuando se estudie la historia íntima y minuciosa de la revolución española, si se hace con inteligencia y objetividad, se verá que la primacía en ese proceso les corresponde a los socialistas, que prefirieron la táctica de la subversión silenciosa a la de la violencia, problemática, tantas veces preparada y tantas veces frustrada, que preconizaban otros.

Entre los detractores de la táctica socialista nadie superaba en acritud y desdén a los sindicalistas. Desorganizados por la Dictadura y dócilmente suspensa toda su táctica de acción directa en las zonas del trabajo y de la revolución, por explicables motivos de prudencia, los sindicalistas esperaban que la Unión General de Trabajadores saliese deshonrada por tantos años de difamación sistemática, y desbaratada, en provecho del anarcosindicalismo, por el fracaso de su táctica sindical y política. Pero el triunfo incuestionable de esa táctica, que dió el golpe de gracia a la Monarquía y ha consolidado inconmoviblemente la República, ha llevado el desconcierto a las filas del sindicalismo. Y le ha envenenado de resentimiento contra una victoria que él, enemigo de todo intervencionismo del Estado, no quiso preparar a la sombra de la organización paritaria, ni, apolítico, contribuyó, o muy escasamente, a sacarla de las urnas, armada de todas armas, como Minerva. Virtualmente, el sindicalismo ha estado ausente de la revolución española, y ahora le acucia un afán de desquite, de afirmación de una personalidad desvaída o aletargada. Este es el motivo más hondo -tal vez subconsciente- que yo creo descubrir en la agitación sindicalista de estos meses de República.

Ese motivo de raíz psicológica se apoya en un hecho económico: en el malestar de la clase obrera española, debido en parte a una causa general: la insuficiencia de los salarios, que figuran entre los más bajos de Europa, en relación con el costo de la vida, que es una de las más caras del mundo; y en parte a una causa circunstancial: la terrible desorganización de la Hacienda pública y privada en que dejó al país la Dictadura, desvalorizada la moneda, sin recursos el Estado y los Municipios, acobardado el capital, disminuido el crédito, excesivamente restrictivos los Bancos. Muchas huelgas están explicadas por ese descontento de origen. Lo absurdo son los procedimientos por que se dirimen, y, en no pocos casos, las condiciones que pretenden dentro del estado actual de las industrias españolas, muchas de ellas a punto de quebrar por las circunstancias especiales del país y por la concurrencia o las innovaciones de la producción extranjera.

Los afiliados a la Unión General de Trabajadores sufren de esta crisis como los demás obreros; pero con un heroísmo civil admirable, anteponen la salud de la República a su interés privado, y esperan la normalización política y económica del país para continuar la lucha de sus reivindicaciones, o la prosiguen, cuando no pueden más, por el instrumento jurídico del arbitraje paritario. Y es que en el obrero socialista o adscrito a las organizaciones de tendencia socialista, el hombre, es decir, el político, está por encima del profesional; el Estado y la sociedad, por encima del sindicato. En el sindicalista típico acontece lo contrario: su sindicato, su interés gremial, está por encima y, si es preciso, contra el Estado y la sociedad. Esta diferencia psicológica tiene, a su vez, muchos motivos y causas. Unos, raciales; otros, culturales; otros, subeconómicos. La tesis del individualismo español, o sea, el antiestatismo español, como generalización, me ha parecido siempre una tontería. Un régimen tan férreamente estatista como el que ha imperado en España durante tantos siglos no se explica sin una anuencia espiritual de la mayoría del pueblo. Y la Monarquía cae, no cuando es más dura y está más articulada, sino cuando se desorganiza y corrompe, cuando deja de ser un gran Estado. Mi opinión es que la mayoría de los españoles quieren, ahora como siempre, un Estado fuerte, lo cual no sólo no excluye la libertad ni la justicia, sino que se condiciona por estos principios; un Estado poderosamente organizado y organizador. Por esto pongo en el socialismo, no sólo mi pensamiento y mi corazón, sino también mi interpretación de la historia de España. Sin menosprecio para los demás partidos, creo que el socialista es el llamado a construir el Estado más acorde con la tradición y la idiosincrasia políticas de los españoles. Ningún pueblo es racialmente tan socialista como España. Pero el tema es demasiado vasto y complejo para detenerme en él ahora y aquí.

Claro que sería pueril negar la existencia de núcleos individualistas, antiestatistas; pero en mi entender son los menos en la totalidad de la nación, y serán menos cada vez, según se eleva el nivel medio de la cultura y del bienestar económico. Porque ni el bruto ni el esclavo pueden comprender el Estado ni sus funciones de integración y coordinación social. La incultura y la miseria anarquizan al hombre. Es natural. Nada más explicable que el sindicalismo español, anarquista, antiestatista, se nutra de aquellas zonas de la clase obrera más incultas y explotadas. En este sentido hay que reconocer la eficacia histórica de ese movimiento: incita a la acción y a la organización, así sea caótica e irresponsable, a las masas primitivas, preparándolas inconscientemente para la etapa superior del socialismo.

Es cierto que algunas profesiones cultas, que hasta ayer pertenecían a la pequeña clase media, se han sumado recientemente en España al sindicalismo; pero eso no contradice mi tesis, porque esa pequeña burguesía, más bien proletariado de camisa limpia, es, políticamente, tan primitivo como los oficios más bajos en la escala cultural y económica. Sindicalmente bisoños, esos grupos noveles reaccionan contra el régimen senil en que hasta ahora han vivido buscando la utopía sindicalista del todo o nada. Ya madurarán. Ya se curarán de la fiebre de su dentición.

Hay también quizá elementos raciales, temperamentos de tribu o cabila rifeña, restos tal vez de las hordas primitivas que hace siglos vinieron a España por el Sur y que ni entonces, en nuestro suelo, ni después, en las regiones africanas o asiáticas, donde aún subsisten, han dado pruebas de la menor capacidad para convivir dentro de un Estado de tipo europeo. Veremos si el nuevo Estado español puede absorberlos, es decir, civilizarlos. Y si no puede, tendrá que aislarlos de la organización nacional, y, eso si, con muchísimo respeto, tratarlos como a menores y, sobre todo, reducirlos a impotencia.

En este rápido examen de los componentes que entran en el sindicalismo español y de los motivos de su agitación no sería justo dejar de aludir a otro que hasta ahora lo ha alentado. Me refiero a ciertos particularismos regionalistas, que, al abominar del Estado monárquico, y con razón, diseminaban en torno, por extensión generalizadora, el desprestigio de toda idea del Estado. Yo creo que en gran parte el sindicalismo catalán, levantino, vasco y gallego se ha alimentado de la pugna política de esas regiones contra el antiguo Estado central. Es curioso observar que en aquellas zonas de España donde no hay regionalismo, apenas hay tampoco sindicalismo. Y estoy convencido de que en el futuro régimen estatutario, si se concierta armoniosamente entre la voluntad de las regiones y la general de la nación, como debe ser, la idea del Estado recobrará todo su prestigio de órgano civilizador, y decaerá la tendencia anarquizante que fomentaba, más o menos inconscientemente, el antiguo regionalismo.

Finalmente, quiero mencionar también otro motivo de la actual agitación sindicalista. Me refiero al aliento y a veces al franco apoyo que las huelgas sindicalistas, han venido recibiendo de no pocos gobernadores civiles de la República, los unos por torpeza o desconocimiento de la organización corporativa del trabajo, y los otros por el deliberado propósito de buscarse en la masa sindicalista, para ellos o para su partido, una clientela política, a pesar de su apoliticismo. Y en algunas provincias, el imperio del sindicalismo sobre el Estado ha sido tan humillante, que sé de una cuyo gobernador circulaba por el territorio de su mando con un salvoconducto de las organizaciones adscritas a la C. N. T. Esperemos que, al cubrir las vacantes de los gobernadores que opten por el cargo de diputado, los nombramientos recaigan en personas más compenetradas con la organización corporativa del trabajo y más sensibles a la dignidad del Poder público.

Pero tampoco esto basta. Los gobernadores, por buena que sea su voluntad y mucha su competencia, no tienen medios legales para evitar las huelgas o reducir su número, si una de las partes se niega a aceptar los procedimientos de conciliación y arbitraje. A esto quería yo llegar; pero lo escrito es ya harto largo, y como queda aún mucho por decir, lo dejaremos para otro día.

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