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Victorias inútiles

José Antonio Primo de Rivera - F.E. núm 2, 11 de enero de 1934

José Antonio Primo de RiveraHace varias tardes, durante la sesión necrológica en recuerdo del señor Maciá, hubo un momento -ya lo sabe todo el mundo- en que al grito de «¡Viva la República!», se pusieron en pie frenéticamente dos terceras partes de los diputados. No lo gritaban en respuesta a ninguna provocación: nadie había proferido expresión alguna contra el régimen; simplemente de un bando de la derecha había salido un «¡Viva España!», que por poco produce un ataque epiléptico al señor ministro de Hacienda. El señor ministro de Hacienda abrió un portillo en el pupitre que separa al hemiciclo del banco azul, avanzó por ese portillo hacia la mesa donde los taquígrafos trabajan y prorrumpió en vítores al régimen. En seguida, como almacén de combustibles al que se pone fuego, todos los republicanos, los socialistas, la esquerra, el señor Gordón Ordax, todos, todos, se entregaron al frenesí republicano: «Viva la República! ¡Viva la República! ¡Viva la República!».

Lo gritaban de modo amenazador, lanzando sobre los bancos donde se sientan los agrarios, Acción Popular, los monárquicos, tradicionalistas, miradas al mismo tiempo sarcásticas y retadoras; en tanto que de lado a lado del salón, de socialistas a radicales, se tendían de nuevo, como hace dos años, voces y ademanes de camaradería.

Nota saliente del espectáculo fue la desaparición de las derechas. Ante aquellos doscientos energúmenos rugientes, los diputados de las derechas, quietos en sus escaños, desaparecieron como una playa bajo el pleamar. Allí ya no había sensiblemente, C.E.D.A., Renovación, ni nada que no fuese, con la alegría agresiva de las primeras horas, la conjunción del 14 de abril.

Y uno se preguntaba: ¿Pero no han triunfado en las elecciones las derechas? ¿No es el señor Gil Robles quien acaudilla el grupo más numeroso de la Cámara? ¡Sí, sí! A quien en aquel momento le hubieran hablado como de cosa inimaginable de un Gobierno del señor Gil Robles, hubiera pensado que le contaban cuentos de fantasmas. La Cámara, hirviente, rugiente, se presentaba al mismo tiempo como fiera, dispuesta a devorar al señor Gil Robles y a los suyos, y como avanzada de otro ejército de fieras preparado en la calle para armar la primera zalabarda del siglo en cuanto las derechas se hicieran con el mando.

Cuando el 12 de abril de 1931 ganó la conjunción republicanosocialista las elecciones municipales, se adueñaron sus jefes, sin más, de los Ministerios e implantaron la República. En cambio, ahora, después del 19 de noviembre de 1933, las derechas no sólo no han sido capaces de incautarse del Poder, sino que ni siquiera se hubieran arriesgado a aceptarlo de las manos idóneas; ni, lo que es menos todavía, se aventuran a ser muy exigentes en el cumplimiento de su programa mínimo electoral: sirva de ejemplo la amnistía.

¿Por qué esa diferencia entre el 1931 y el 1933? Sencillamente, porque la victoria de 1931 fue una victoria revolucionaria y esta de ahora ha sido una victoria electoral. Detrás de los caudillos del 31 había unas masas pujantes, enardecidas con el mito de la forma nueva. Detrás de los caudillos del 33 hay unas maravillosas organizaciones sufragistas, con oficinas a la moderna, ficheros minuciosos y censos ilustrados; hay, también, unas admirables mujeres que han desdeñado burlas y amenazas por cumplir con su deber electoral; pero no hay una fe ardiente ni masas resueltas.

Los que han contribuido al triunfo electoral derechista pueden dividirse en dos grupos: uno formado por los que votaron en favor del renacimiento de antiguas costumbres; los que añoraban los buenos tiempos de los jornales míseros, de las grandes tierras destinadas al ocio de sus dueños y de los cacicatos de horca y cuchillo, y otro grupo formado por los que quisieron votar contra la disolución de España, contra la impiedad y la crueldad del bienio azañista, contra nuestra colonización por las logias y la Internacional de Amsterdam.

El primer grupo no sólo no nos interesa nada, sino que deseamos con todo fervor, con tanto fervor como los más irreducibles revolucionarios de izquierda, verlo raído del mundo.

Pero las gentes del segundo grupo, a las buenas gentes nacionales que esperaron detener una revolución antiespañola con papelitos en urna, tenemos que decirles: para ganar unas elecciones basta poco más que con señoras y ficheros; pero para ganar un pueblo se necesita más que un cómodo ademán de repulsa; hay que tener una fe, una alegría y una fuerza. Sin ellas -que han de ser puras, sin disimulo ni falsificación- las victorias electorales no sirven para más que para deparar a unos cuantos señores el privilegio de viajar de balde mientras las Cortes duran.

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