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Discurso sobre el derecho de España a ser una República

José Sánchez Guerra - Al servicio de España. Un manifiesto y un discurso. Madrid, 1930, págs. 85 y ss.

José Sánchez Guerra«... Yo lo he sido en España todo; por haberlo sido todo, estoy aquí y estuve en otras partes. Porque decir lo de que he sido en España todo y añadir de pronto: Está bien, pues ahora no me importa nada de lo que en España pase y busco mi comodidad y mi tranquilidad, ¡ah, eso, no! Eso, a mi juicio, hubiese sido una vileza, y por eso estoy aquí, y por eso estuve en Valencia, y por eso estuve en París (1). Pero yo tengo una gran fuerza, una fuerza muy grande, y es que yo no aspiro a nada. Aspiro a lo que diré dentro de un momento, pero aspiro para mi país, para España. No hay cosa, para un hombre acostumbrado como yo a la lucha parlamentaria, tan agradable, tan eficaz, tan alentadora, como la interrupción, y una que acabo de oír me lleva a recogerla, contestando al par, aunque dudo si será digna de tal honor, cierta hoja verde que ha circulado por ahí. Yo lo he sido todo y lo he debido todo, aparte de Dios, a la libertad, al Parlamento, a la Prensa, a eso, y luego, cuando lo he sido todo, todo, merced a eso, luego he creído equivocadamente sin duda, pero he creído, y alguna vez se me ha dicho con cierta autoridad, que he prestado algunos servicios, cumpliendo mi deber de lealtad a la Monarquía. Recojo la indicación de la hoja verde y afirmo esto, y lo que aquí está dicho, mantenido está por mí. (Risas)

Por eso mi situación es ahora de mucha dificultad. Yo he sido siempre, siempre, y lo he sido como lo soy todo, dando la cara eficazmente, hombre monárquico, constitucional y parlamentario, y dije en dos ocasiones muy solemnes que si me pusieran en el trance de optar entre los apellidos y el nombre, yo, que sé que lo que califica y define a una persona son los apellidos, no vacilaría en quedarme sin el nombre: me quedaría con el apellido, y lo dije al marchar a París, y está en mi nota, y, oídlo bien los que antes aplaudíais: Yo no soy republicano, pero reconozco el derecho que España tiene de serlo, si quiere. (Muy bien. Aplausos.) No lo reconozco ahora, no: esa es la ventaja de quien procede claramente siempre, como yo. Es que siendo la vez primera Ministro de la Gobernación, de Fomento, presidente del Congreso y presidente del Consejo entonces, muchas veces he tenido ocasión de decir en sitios y ante personas en que es difícil decirlo, esto que voy ahora a repetir en público, cuando he oído, sobre todo a algunos de esos aduladores inconscientes que suelen frecuentar los palacios (porque las Monarquías no han caído nunca por los ataques de sus enemigos: han caído muchas veces por sus culpas y por las exageraciones, por las adulaciones y las equivocaciones nefastas de los cortesanos), cuando he oído decir muchas veces: En España no puede haber nunca República, siempre el Ministro, el presidente, ha protestado y ha dicho: ¿Por qué? No digan ustedes eso, que es una insensatez y un agravio al pueblo español. ¿Por qué? Lo he dicho con más autoridad y brío en época reciente, después de la guerra, cuando muchos que se enteraron de ella, como pasa aquí con la Dictadura y con sus andanzas, repetían esto viendo la República en China, la República en Rusia, en Alemania y Austria. ¿Por qué cito a Rusia y a China? Porque allí estaban en las manos de un solo hombre las tres grandes fuerzas que han dirigido siempre la Humanidad: estaban en una misma mano el poder religioso, el poder civil y el poder militar. Y ¿cómo he de dudar yo que el día que España quisiera habría República en España? Y probablemente, si la experiencia sirve de algo, la habría proclamando una cosa esencial e indubitable: la soberanía de la nación y manteniendo el orden. Porque no hay duda en ello: las naciones que no están metalizadas o deshonradas por el egoísmo necesitan, como primera condición, libertad; aquello que llamó Thiers las libertades necesarias; pero necesita, sobre todo, poder desenvolverse en su trabajo, poder vivir. Para eso es indispensable el orden, la tranquilidad, la seguridad personal, y quien habla -hasta ahora no se me ha dicho- que alguien le diga que cuando ha gobernado no ha cuidado de afirmar la dignidad del Poder público, la autoridad y todas esas cosas que son necesarias al desenvolvimiento y la dignidad de una nación.

Yo no soy republicano, pero yo digo que hay una cosa difícil, muy difícil y muy peligrosa en el régimen monárquico y constitucional, y es tomar el papel de jefe de un Gobierno. El que acepta la jefatura de un Gobierno compromete ante el Trono al jurar -yo doy gran importancia al juramento-, compromete su lealtad, su probidad, su honor; pero, en un pacto tácito que allí se establece, recibe en cambio, la seguridad de la lealtad de quien recibe también el juramento, y resulta allí comprometida la probidad y el honor, y es ello un intercambio de confianzas, y yo os digo, os digo que he perdido la confianza en la confianza. (Muy bien, muy bien. Grandes aplausos.)

Yo quiero aclara y fijar de un modo definitivo, definitivo, mi postura personal. (Murmullos.) Quiero seguir guardando todos los respetos que toman su origen en mi propio respeto. Y refugiándome, como antes, en la literatura, afición mía incurable, voy a expresarla, primero, trayendo a vuestra memoria el cuadro famoso de Moreno Carbonero «La conversión del duque de Gandía» y la postura del protagonista, y luego, expresando en ese mismo trance, con palabras de mi paisano el duque de Rivas, en uno de sus hermosísimos romances, las que él pone en los labios del duque, al contemplar el cadáver de Doña Isabel:

No más abrazar el alma
en sol que apagarse puede;
no más servir a señores
que en gusanos se convierten.»


(Ovación delirante, que se prolonga durante varios minutos.) (Texto taquigráfico del discurso pronunciado el 27 de febrero de 1930 en el teatro de la Zarzuela de Madrid)

(1) Se refiere al abortado movimiento subversivo de 1926 y a su destierro

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