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José Ariztimuño «Aitzol» - El Día, 19 de julio de 1931

José Ariztimuño «Aitzol»La iniciación de la campaña social de EL DIA, ha sido un estimulante intensísimo. La opinión guipuzcoana hambreaba el que, con sinceridad y valentía, se acometiera el estudio del problema social, tal como se halla planteado en el País Vasco. Prueba elocuente, las cartas, comunicados y trabajos que, de diversas partes, nos llegan y las visitas, tanto de personas prestigiosas como de obreros honradísimos y conscientes, que al prestarnos su aliento nos ofrecen, sin reservas, su colaboración. Conste nuestra gratitud para todos ellos.

Manifestábamos que la primera y más soberana lección de las últimas elecciones era la innegable preponderancia del izquierdismo en las zonas industriales. En ellas el sano trabajador vasco sufre, en un tiempo reducido, una transformación hondísima tanto en el sentimiento y práctica de su fe religiosa, como en la concepción y psicología de su propio problema racial vasco.

El medio ambiente social lo arrastra hacia la indiferencia religiosa y le anula el sentimiento vasquista. La misión humanitaria del proletariado pretende suplantar la fe; el internacionalismo fraternal de la clase trabajadora debe aniquilar los prejuicios de raza y nacionalidad.

Estos dos ideales los persigue tanto el comunismo como el socialismo, aunque con tácticas diversas. No es el comunismo, hoy por hoy, el peligro inminente que amenaza destruir el edificio social vasco. El comunismo, iluminado por un misticismo revolucionario, predica la libertad de todas las clases sociales, de toda raza oprimida, de todo pueblo sojuzgado para, sobre ellos, levantar un internacionalismo federativo. El comunismo, envuelto en su frenético anhelo revolucionario, persigue con ingenua insistencia la libertad. No es que nosotros veamos en él ni un amigo ni un colaborador, sino que tratamos de situarlo en su posición precisa. Contra él debemos luchar, sin descanso.

El socialismo más ondulante y suave en su actuación, ha conseguido internarse, recientemente en Guipúzcoa. Ha recogido en los pliegues de su organización a la casi totalidad de los obreros extraños al país, y a una minoría, no despreciable, del proletariado vasco. No tenemos datos exactos de los afiliados a la UGT que, para nosotros, es el mismo socialismo, encubierto y simulado. Hoy, precisamente, se reúnen en Donostia los representantes de las Casas del Pueblo de Guipúzcoa, para hacer el recuento definitivo de sus huestes. Es ésta una importante reunión que no puede pasar desapercibida para nadie.

El socialismo, en Euskalerría, es eminentemente antivasco. Nos consta positivamente, aunque sus dirigentes lo oculten discretamente, para no alejar de sus filas a los vascos, que en su programa de acción figura el ir gradualmente destruyendo las características raciales de euzkadi. El socialismo que por su mismo postulado de internacionalidad debía respetar las características y propiedades étnicas y todas las razas, sin pretender destruir aquéllas, ni suplantarlas por las de otros pueblos, aquí, se convierte en arma de exotismo y desvasquización.

El socialismo pretende ser sinónimo de universalismo, de internacionalismo. Obtenida la igualdad de todas las clases sociales, éstas deben hermanarse tan íntima y estrechamente, que bajo el imperio del socialismo desaparecerían para siempre, eternamente, las fronteras de los Estados y los límites de las nacionalidades.

Este ideal concibió y esa finalidad persiguió con empeño infatigable, la Segunda Internacional Socialista: «Probar a los proletarios, así como a los adversarios de su organización, que el internacionalismo no era ninguna utopía y que eso constituía el objetivo fundamental de la Conferencia», escribe Angélica Balabanof, en su libro «Días de lucha». A través de las páginas de esa obra, muchas de ellas de una emotividad intensa, se comprueban los trabajos ímprobos del socialismo europeo para arrancar del corazón del obrero la idea de la patria y suplantarla con el de la internacionalidad proletaria.

Ya, en el ambiente europeo, faltaba la inminencia de la Gran Guerra. El socialismo que, constantemente predicara su credo universal pacifista, se sintió resquebrajarse ante la voz del nacionalismo que resonaba allí en el seno de los corazones proletarios.

Para cuando, por última vez, se reunía la Segunda Internacional en Bruselas, los días 27 y 28 de julio, y a el partido socialista de Alemania había acordado sumarse, con entusiasmo, a la declaración de guerra proclamada por el Imperio. El mismo organismo internacional, corazón y alma del socialismo, «cesó de existir -escribe con amargura Angélica Balabanof- en el mismo instante en que se pronunció por la guerra burguesa, abandonando la idea fundamental de la lucha de clases, sobre la que se edifica toda la comunión socialista internacional». El mismo Plenchanoff, jefe y pontífice máximo del socialismo europeo, desde su risueño albergue suizo, se declaró partidario de la Gran Guerra.

De este hecho trascendental de la historia social contemporánea, fluye una consecuencia irrebatible. La dificultad máxima que, a su paso, halla el socialismo y la que le hiciera a éste fracasar ruidosamente en la primera ocasión ante los ojos del mundo, fue la consciencia racial, el sentimiento nacional de las masas proletarias que, con bélico ardor, se sintieron impulsadas a defender el suelo y los intereses patrios.

Luego, para combatir el socialismo, el arma más poderosa es despertar la conciencia nacional del obrero, es fomentar el sentimiento racial de las clases proletarias. Claro está que al sentar esta proposición, hablamos en el terreno puramente humano. La fe católica es, y será siempre, la que redima al obrero, y, sobre el Evangelio, se asentará únicamente la verdadera paz social.

Esto nos lleva, como de la mano, a manifestar que para contrarrestar y aún vencer, plenamente, la marcha del socialismo en Euskalerría, se impone el iniciar, fomentar y propagar, rápidamente, una gran organización obrera que, aparte de su confesionalidad, sea netamente vasca, con características profundamente raciales y basada sobre el fundamento de nuestra nacionalidad euskaldun.

Mas, por fortuna, nada debemos inventar. Existe ese magnífico organismo confesional y euskaldun: Solidaridad de obreros vascos. El es el único valladar que puede contener el avance del socialismo: es el único que puede vencerlo y desbaratarlo en Euzkadi. Contra el internacionalismo utópico del socialismo, una organización, neta y totalmente vasca.

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